27 de abril de 2014

Cuando te sonríe la vida...

Cuando te sonríe la vida.

José Antonio Luengo


Se trata de una expresión usada. La vida te ha sonreído, decimos a veces. Y sonreímos al decirlo. Se trata de un juego en bucle. Un experiencia de guiño y sonrojo. De magia y constatación. De que algo, de modo especial, ha ido bien, va bien, o va a ir bien. Muy bien. Es un hecho, no una simple percepción. Ni sensación. Es algo tangible, atado, fijado. No es gaseoso ni volátil. No. Se ve, se siente vivo. Palpitando. Como el corazón, el tuyo o el mío, que palpita al notar eso. Que la vida te ha sonreído.

Es también una metáfora. La figura expresiva y expresada de un momento, de un día. De una vez. O de un vida entera.  Es el retrato de un espectáculo personal. La instantánea de que algo ha cambiado. Y mucho. La sensación de que flotamos, de que floto, de que flotas… Es la referencia a una evidencia. Una evidencia que nos traslada a alguna nube. En lo personal, en el trabajo, en el amor. En cualquier célula del tejido que sostiene nuestras almas. Y nuestras vidas. Nuestra experiencia y relaciones, sueños y pensamientos, certezas e incertidumbres, movimientos y tropiezos.

Puede tener que ver con la suerte. Si es que la suerte existe. Que creo que sí. Aunque también se busca, se trabaja, se abraza. Con el tesón, la ilusión, el esfuerzo, la sonrisa y el coraje.  Puede tener que ver con la suerte. La que nos sorprende una mañana y nos despierta con un beso. Y un abrazo. La que nos lleva el desayuno a la cama, ése, el que nos gusta además. Esto es también una metáfora, claro. Porque esa suerte de la que hablo no es una persona. Sino, más bien, un estado de ánimo. Que te hace oler a azahar sin pasar junto a un naranjo en flor. Un estado. Eso es. Un estado que permite ver de otro modo la vida. Escuchar donde nadie es capaz de oír nada. Ver donde nadie ve, besar a quien nadie es capaz de besar. Dar un abrazo y no terminar nunca de hacerlo. Fundidos los cuerpos como si estuvieran hechos para eso. Casi para ese abrazo. Ese abrazo interminable. De ojos que se cierran. De olores y sensaciones que te inundan. Los sentidos. Todos. Todos a la vez.

El caso es que, a veces, igual sin saber por qué, la vida te sonríe. Y la suerte te ilumina. Se desbordan tus lágrimas. Tu cuerpo se agita,  y el corazón, siempre inquieto, explota. Y el alma se conmueve. Y mueve. Lo mueve todo. Y se mueve también. Hasta el infinito, y más allá. Todo lo que somos se torna suave, delicado, sedoso. Y poderoso al mismo tiempo. Y vuela. Se escapa, a mil sitios. Y en mil sitios explota. De bienestar. De ilusión. La luz anega tus entrañas. Y los ojos, tus ojos, disparan destellos incandescentes. De esa luz interior que te desborda. Y de mil emociones. Todo parece haberse colocado para saludarte y darte los buenos días. Acompañarte, y decirte: eres tú, y me importas. Mucho me importas. A veces la vida te sonríe. Y en ese momento, en ese instante, ese día, eres quien siempre deseaste ser. Y sientes como siempre quisiste sentir. Y eso, vaya, no es cualquier cosa.

El secreto tal vez sea mirar bien. Y mejor. Porque la vida, a muchos de nosotros, nos sonríe mucho más de lo que somos capaces de percibir. Cada día nos sonríe. Mucho más. Muchas más veces. Nos sonríe cada mañana cuando nos hace ver que merece la pena estar aquí, con quien estamos, con quien compartimos cada momento. Esos a los que acariciamos. O podemos acariciar. A los que besamos. O podemos besar. Esos a los que amamos, o podemos amar. A los que abrazamos, o podemos abrazar. Esos con quien compartimos el trabajo, o podemos compartirlo. Esos, amigos y amigas, a quienes conocemos, casi, como a nosotros mismos. O a los que podemos conocer. Porque la vida nos sonríe, o puede sonreír a cada momento. Hay que identificarlo, sentirlo, pero, sobre todo, quererlo, estar por ello. Ponerlo en valor. Abrirse a ello. No volveremos a vivir ni un solo momento de los que hemos vivido hasta el momento presente. Y merecería la pena saborearlos más. Desperdiciar algo así es como de locos. De desnortados.


Hemos amado. Y amamos. Luego la vida nos sonríe. Nos da lo mejor que tiene. La esencia de la vida. Querer y sentirse querido. Cada abrazo, cada beso, cada conversación mantenida. Cada mirada. Cada caricia. Cada gesto de amor, cariño o delicadeza. La  mirada que nos dice: aquí estoy. Y que atesora, en este instante, todo lo que hemos vivido juntos. La imagen definitiva. Un autorretrato inagotable. Las mejores palabras, los días tristes, incluso; mi mano en tu rodilla. O tu rodilla y la mía soldadas. Deseando su contacto siempre; y que el tiempo se detenga. El beso en tu abdomen, en la comisura de tu boca. Curar tu herida. Secar tus lágrimas. Sentir que me comprendías. Escucharte. Escucharme. Quererte. Y enfadarme. Eso también. Calmarte, calmarme. Sonreír en el camino. Golpear con el pié las hojas caídas en otoño. Y hacerlas moverse. A tu alrededor. Cobrando vida otra vez. Y verte ir un día. O irme. O ninguna de estas cosas. Al final todo es lo mismo. Porque el amor fue. Y esa experiencia marca. Te quiero para siempre. La vida me sonríe. Te sonríe. Nos sonríe.


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