10 de junio de 2017

La muerte y los centros educativos (2)

José Antonio Luengo


No es que me asuste la muerte. 
Es tan sólo que no quiero estar allí cuando suceda”. Woody Allen (1935)


Los centros educativos hemos de incorporar la pedagogía de la muerte entre los contenidos a trabajar en nuestras aulas. La muerte está demasiado cerca de cada uno de nosotros, en nuestras propias vidas, en los medios de comunicación, en el innumerable conjunto de imágenes que jalonan cada programa de noticias; se encuentra en el cine, en los dibujos animados. La hallamos, por supuesto, en las series que nuestros hijos e hijas, que nuestro alumnado, consume en sus tablet y ordenadores personales a través de los servicios de streaming. Está en todas partes. Pero apenas hablamos de ella, nos preparamos para ella; apenas intentamos comprenderla, interpretarla como fenómenos, como experiencia personal, social, cultural, religiosa... Simplemente nos acompaña. Y nos altera, claro. Más o menos nos altera. Pero en general, poco. Porque a pesar de la interminable lista de experiencias en las que la muerte es cruel y contumaz protagonista de lo que nos rodea, acabamos simplemente tratándola como noticia, como lo que pasa, a veces cerca, muy cerca de nosotros, pero, sobre todo, como lo que les pasa a otros. Casi siempre lejos, en ocasiones, muy lejos. Y, al final, el resultado, es que casi parece que no ocurre, que no impacta, que no tiene consecuencias... Imágenes que van y vienen, activan por unos instantes, nuestra atención. Y volamos, mentalmente; nos desplazamos, cognitiva, emocionalmente. Y transitamos fugazmente otros mundos, otros rostros, otros cuerpos. A veces inertes, exánimes. Marcados por la muerte a su lado.



Otras veces, simple y llanamente, sin vida. Y volvemos, normalmente a nuestro confort, con cierta rapidez; a ese estado de seguridad que te hace presenciar la tragedia desde el otro lado de la pantalla, impresionarte, según las circunstancias y recuperar el equilibrio, alterado por unos instantes, en el momento en que otra noticia, menos desgarradora o inquietante, inunda nuestras pantallas, y, con ello, también nuestra mente. Y nuestras emociones. Y todo suele acabar con un sobresalto, tal vez, un remordimiento; un recuerdo, un resquemor, o desasosiego, o pena. Incluso con una duda. La muerte está demasiado presente sin embargo, más allá de las imágenes que trufan las pantallas; está a nuestro alrededor. Normalmente muy cerca. Y seguimos mirando hacia otro lado, en la medida que podemos, siempre que, eso, podemos.

No somos ajenos a ella. Simplemente, nos interesa mantenerla, claro, lejos. Sin más reflexión, como un una suerte de rito de tocar madera, tres veces a poder ser. cercano también al mantra infantil de esto es casa... Y es lógico que queramos tenerla lejos, muy lejos, de nuestra vidas, de nuestra gente. Y de nuestra mente. No pensar, no pensar... Y tocar madera. Pero la escuela, los centros educativos no podemos dejar pasar página sin más. hemos de afrontar el reto de incorporar esta reflexión, la reflexión sobre la muerte, con distinto gradiente, por supuesto, e intensidad. Dependiendo de la edad de nuestros alumnos y alumnas, de su capacidad para capturar cognitiva y emocionalmente el mundo que le rodea, las relaciones entre sus elementos. Y las consecuencias de éstas. La idea pasa, debe pasar por vehicular la reflexión sosegada y planificada, y, con ello, el crecimiento sensible, la comprensión del poliédrico fenómeno y sus múltiples caras. Y su comprensión como un proceso más de la vida que vivimos cada día. 


Somos conscientes de cómo la muerte es cada vez más observable, y visible, en el corazón de la vida de nuestros centros educativos. Los medios de comunicación exponen, en ocasiones, con excesos, la relación de no pocas comunidades educativas con experiencias ligadas a la muerte. De familiares, profesores, y, por supuesto, alumnos y alumnas. Víctimas especialmente vulnerables. 

Los atentados del 11 de marzo de 2004 supusieron un punto de cambio (por lo impredecible de la tragedia y por su expansividad y desproporción) en la concepción que el tratamiento de la muerte debe tener en los centros educativos. En este caso, por la necesidad de dar respuesta a insondables consecuencias que la pérdida de vidas supuso en el colectivo de niños y niñas madrileños, en especial de una zona señera de nuestra ciudad. La muerte está muy cerca de nuestros niños y niñas. En sus casas, en su mundo. Ligada a sus mascotas, a las capturas de la realidad que les proporcionan los dibujos animados o las series de televisión, como hemos dicho. A las experiencias, también, por supuesto, de familiares mayores, con gran implicación afectiva en muchas ocasiones, que les van dejando. Y no obviemos las situaciones sobrevenidas que ocurren a su alrededor.

Compañeros de la clase o del colegio que enferman gravemente, situaciones sobrevenidas como consecuencia de accidentes de tráfico, o situaciones de las que últimamente tenemos conocimiento por el tratamiento que determinadas tragedias tienen en los medios de comunicación, representan evidencias de que hemos de tomarnos en serio este trabajo preventivo. hacer pedagogía de la muerte no es una novedad. Y no faltan herramientas, instrumentos y documentación con soporte científico tasado y contrastado. Debemos actuar. Y desde las primeras edades. Con sensibilidad y criterio. Y recorrido.







8 de junio de 2017

La muerte y los centros educativos (1)

José Antonio Luengo



Esta tarde hacía calor. Las dos de la tarde. Entraba en el Colegio Nuestra Señora del Recuerdo de Madrid y preguntaba en conserjería por la Jefa de Estudios del colegio. Unos minutos después estaría delante de más de cien profesores y profesoras del centro. El motivo, reflexionar sobre el papel del profesorado y de los centros educativos en situaciones en que la muerte golpea con crueldad al corazón mismo de una comunidad educativa. Y lo destroza, en un instante. 

En unos minutos íbamos a profundizar en los fenómenos personales, sociales y culturales, entre otros, que bañan al ser humano cuando ha de enfrentarse a lo incomprensible. A lo inesperado. De manera brusca, violenta. Aprovechando de manera cruel, incluso, un momento singular en la vida de un grupo de chicos y chicas de Bachillerato, superado el inquietante escenario de los exámenes finales, cercanos ya a la prueba de las pruebas. Esa que parece marcar tu vida y carga de inquietud y desasosiego el horizonte de sus sueños...  Chicos y chicas, deseosos de parar máquinas, y no pensar demasiado en los exámenes que les esperaban unas semanas después, tuvieron que enfrentarse a la trágica muerte de dos compañeros, Belén y José. Compañeros del alma. De risas y tristezas. Compañeros de corazón. Del corazón que une, suelda, captura vidas. Y las funde para siempre.

Tuvieron que enfrentarse a la muerte, tal vez en el peor momento. Mirarla de cerca. Tocarla. Sentir su aliento frío y despiadado. Y sentir que algo en su interior moría para siempre. En el mismo instante en que se detenía la vida de dos amigos del alma, y del corazón, Con quienes hasta hace nada, unos instantes casi, se abrazaban. Expresando su compromiso por seguir. Seguir creciendo. Y vivir.

Hoy, esta tarde he tenido el profundo privilegio de conocer a ese claustro de profesores y profesoras. Y hablar de lo que sabemos sobre la muerte. De lo que hemos aprendido. De su impacto en la infancia. En la adolescencia. Y, en general, en cualquier momento de nuestra vida. Hablar de su huella. Y del punto de inflexión que viene a suponer en la existencia de quien se topa con ella, más o menos de cerca, de sus ominosos tentáculos. Y hablar del papel que ejercemos, o hemos de ejercer en los centros educativos. Con criterio, profesionalidad y orden. Hablar de nuestra responsabilidad y capacidad de respuesta. Y, de especial importancia, del intenso y hondo deber de prevenir. De abordar la muerte como contenido. De capturar la educación para la muerte como ámbito didáctico. Atender su realidad, su presencia en la vida de todos nosotros desde que tenemos edad para interpretar, aun siendo aún muy niños, la vida de quienes nos cuidan, protegen y abrazan; de los que nos rodean y acompañan. De todos los que forman parte del mundo que cada día se despliega ante nuestra inocente e inexperta mirada.

Hoy, esta tarde, me han vuelto a temblar las piernas. Una vez más. Y van... Temblaban mis piernas mientras ponía, seguro, en torpes y trémulas palabras, los pensamientos, sentimientos, emociones y vivencias de quien ha vivido la compleja experiencia de intentar acompañar, y, en la medida de lo posible y de lo que sabemos, ayudar a centros educativos, profesores, chicos y chicas, padres y madres en situaciones de esta naturaleza... Y he podido trasmitir también mis inseguridades, claro; y las certezas. Y el compromiso de estar al lado de quien sufre, de manera repentina, el dolor de del adiós. En ocasiones, del cruel e implacable adiós. De quien formaba parte, también, de lo que somos cada uno de nosotros. Porque somos, también, con los otros. A su lado. A su lado.

Gracias, profesores y profesoras por vuestro trabajo. Por cómo afrontasteis lo incomprensible; por vuestro cariño y valor. Por vuestro compromiso, siempre, con lo más bello de la educación. La mirada sincera. Y transparente. La mirada de sus ojos. Los ojos de nuestros alumnos. La comprensión y cercanía. El afecto y la ternura.

16 de mayo de 2017

En el Colegio Español "Maria Moliner", de Andorra

Trabajo sobre convivencia y prevención del acoso escolar en el Colegio Español "María Moliner" de Andorra.
15 y 16 de mayo de 2017



11 de mayo de 2017

'Por 13 razones': la serie sobre el suicidio juvenil divide a los expertos

El Mundo
11 de mayo de 2017

Es importante destacar la influencia que tiene en los jóvenes este tipo de series. Por ello es necesario la intervención de los adultos. Ver una película sin más en la que se hable de acoso escolar o suicidio, explica Luengo, o leer un libro o ir al teatro, contribuyen a visibilizar un fenómeno que es trágico, pero se necesita un contexto. "Desde el punto de vista de contenidos, Por 13 razones me parece buena pero es una serie para ver con adultos, porque con ellos se trabaja mejor su contenido. Permite que el adolescente pueda reflexionar y canalizar de forma adecuada esa digestión emocional. Poder consultar y poder resolver y debatir todas sus dudas con referentes como pueden ser sus padres o profesores", explica Luengo... Leer más (.../...)


33 Concurso ONCE contra el acoso escolar: Somos diferentes, no indiferentes

33 Concurso Escolar de la ONCE y su Fundación. Bajo el lema “Somos diferentes, no indiferentes. Activistas contra el acoso”. Es la mayor movilización de estudiantes contra el acoso, coordinados por 3.600 profesores de 2.200 centros educativos. Leer más (.../...)



30 de abril de 2017

Suicidio y adolescencia: hablar, informar, prevenir y detectar, pero ¿cómo?

José Antonio Luengo


¿Tenemos que visibilizar de una vez el suicidio en nuestra sociedad? Según la Organización Mundial de la Salud, el suicidio se puede producir durante toda la vida y es la segunda causa principal de muerte entre los 15-29 años en todo el mundo. En el mundo se registran más de 800.000 muertes por suicidio al año.  Las tasas de suicidio son especialmente elevadas entre los grupos vulnerables que sufren discriminación, como refugiados, inmigrantes, población LGBTi, población reclusa, etc. Sin obviar, por supuesto, las situaciones derivadas del acoso entre iguales. Las muertes por suicidio bajaron en 2015 hasta los 3.602 fallecidos en nuestro país (frente a los 3910 de 2014), un 7,9% menos que el año anterior, pero todavía duplican, por ejemplo, el número de fallecimientos por accidente de tráfico.

Pero ¿qué pasa con nuestros adolescentes? Según los datos del INE, teniendo en cuenta los últimos tres años de los que se dispone de información (2012-2015), 201 niños y adolescentes, entre 10 y 19 años, decidieron quitarse la vida. Datos que resultan escalofriantes y que ponen de manifiesto que seguimos fallando. Los datos desagregados dan cuenta de que 9, 10 y 8 niños de entre 10 y 14 años y 57, 59 y 58, de entre 15 y 19 años se suicidaron en los años 2013, 2014 y 2015 respectivamente. Pese a las cifras, y el profundo impacto que provoca el fenómeno, el estigma social y el miedo al efecto contagio siguen haciendo del suicidio un contenido tabú.

La relación entre el suicidio y los trastornos mentales (en particular los trastornos relacionados con la depresión y el consumo de alcohol) está bien documentada en los países más desarrollados, si bien muchos suicidios ocurren de forma impulsiva en momentos de crisis que pueden afectar a la capacidad de hacer frente a situaciones especialmente dolorosas y estresantes. Los adolescentes experimentan en su vida cotidiana fuertes sentimientos de estrés, confusión, dudas sobre sí mismos y otros miedos e inquietudes. Les influye especialmente el grupo, su posición y papel en él. Sentirse apreciado, incluido, tenido en consideración, valorado. O no, claro. Para algunos adolescentes, el suicidio, pensar en él como un modo de quitarse de en medio y dejar de sufrir aparenta ser una vía de escape a sus problemas y al estrés. En el caso de los jóvenes y adolescentes, la literatura científica coincide al señalar como posibles factores de riesgo de conducta suicida sufrir una enfermedad crónica dolorosa, un trastorno psicológico que no necesariamente ha sido diagnosticado, una tentativa previa de suicidio, y variables concretas de personalidad, como un carácter impulsivo con falta de control de las emociones y la alta carga de estrés emocional que padecen. Otra de las causas en auge durante los últimos años es el acoso entre iguales (Navarro-Gómez, 2017).

¿Tenemos que visibilizar el suicidio? ¿Hemos de hacer patente ante la sociedad la necesidad de abordar definitivamente la prevención de este fenómeno tan cruel y en creciente evolución? Parece evidente que sí. Hemos de hacerlo, con tino, con esmero, de forma adecuada, sin escándalos ni exabruptos mediáticos y con prudencia. Pero hemos de hacerlo. Entre otras cosas, porque no parece que vayamos a ningún lado si no lo hacemos. Llevamos mucho tiempo ocultando la realidad o haciendo visible sus características en forma de detalle sobre su prevalencia e incidencia en días específicosPero, ¿cómo hemos de hacerlo? Desde luego no con el silencio y la ocultación del fenómeno. El temor al efecto contagio es un clásico en este contexto. Pero tampoco con movimientos ni acciones puramente sensacionalistas. Se precisa información y recursos profesionales adecuados, pautada, medida. Desarrollada por profesionales y en entornos donde puedan controlarse todas las variables de implementación e impacto. Sensibilizar a golpe de noticia, de acontecimiento puntual o de simples guarismos en una gráfica supone rascar simplemente la superficie del proceso. Y entraña, además no pocos riesgos. Hablar de modo adecuado del suicidio, controlando qué, cómo, dónde, a quién y para qué se hace. Los medios de comunicación son relevantes en este proceso. Pero han de trabajar con criterio profesional. Y adecuadamente orientado. No basta con dar noticias. Éstas deben estar muy contrastadas. Y medidas. Destaca en estos días, por ejemplo, la noticia sobre el fenómeno de la ballena azul, el supuesto juego el vinculado a suicidios y lesiones de menores. Es curiosa la vinculación de este juego con la temática de una película relativamente reciente, Nerve (2016), una visión crítica del fenómeno de los juegos on-line, la popularidad instantánea en redes sociales y los reality shows. 

Y hemos de ser cuidadosos, por supuesto, con la programación de películas o series de televisión que aborden este fenómeno sin ningún tipo de control adulto; de su visualización, gestión racional y emocional por parte del adolescente que las ve, y de sus consecuencias. ¿Vale todo? Es evidente que no. Hablamos de contenidos de alta sensibilidad que requieren de contextos adecuados para la reflexión educativa. Peligrosos sin la adecuada supervisión.

Hemos de ser prudentes con qué decimos a los niños, asimismo, en los planes desarrollados en los centros educativos para sensibilizar sobre el fenómeno del acoso entre iguales. Llevo insistiendo desde hace mucho tiempo en una idea: no debemos abordar sin más, con algún comentario al hilo de un par de diapositivas, el fenómeno del suicidio de niños y adolescentes (normalmente en el contexto de programas para la información y sensibilización sobre el acoso escolar) en la etapa de educación primaria. Incluso cabe esta observación para el trabajo con el alumnado de los primeros años de educación secundaria. ¿Sabemos realmente el impacto que provoca en ellos? ¿Conocemos quiénes son y cómo pueden estar leyendo (uno, alguno, ¿todo el grupo?) lo que les contamos? Incluso, ¿sabemos todo lo que hay que saber sobre aquello que les contamos y sobre la noticia que ordinariamente ilustra la explicación? Este no es un tema pequeño…

La depresión y la ideación y tendencias suicidas son desórdenes mentales que se pueden tratar. Y deben tratarse. Hay que trabajar con esmero y recursos por detectar, reconocer y diagnosticar la presencia de esas situaciones tanto en niños como en adolescentes y deben desarrollarse planes de tratamiento apropiados.

Y necesitamos adecuados programas para la prevención de la depresión y de la conducta suicida en el adolescente. El plan europeo que promueve que los servicios sanitarios hagan un seguimiento estrecho de las depresiones ha demostrado su eficacia para prevenir intentos de suicidio hasta un 30%. Este programa, aplicado en Sabadell de forma pionera en España, empezó a funcionar en Cataluña en el año 2005. Los resultados no se han hecho esperar. Podemos encontrar una excelente revisión de programas para la implementación en centros escolares de en el artículo de Bustamante y Florenzano (2013).

Necesitamos mayor y más rápida accesibilidad a los servicios de salud mental infanto-juvenil. Necesitamos profesionales formados. Necesitamos en los centros de prevención en los centros educativos; de detección y, en su caso, derivación de cuadros depresivos. Necesitamos mejorar significativamente los procedimientos y formatos de coordinación entre salud mental y profesorado. Nos estamos jugando mucho en ello. Las posibilidades reales de detección, derivación, y tratamiento de situaciones de esta naturaleza están a años luz de lo que deberíamos poder afrontar en un país como el nuestro.





Por 13 razones: la serie que habla del suicidio por acoso escolar

25 de abril de 2017
El periódico La Razón analiza el fenómeno que está detrás de la serie

21 de abril de 2017

Acoso entre iguales (17): lo que nos dicen los chicos y las chicas (algunas píldoras más)

Seguimos intentando descifrar cómo afrontar el fenómeno de la violencia entre iguales, qué camino escoger, o mejor, qué caminos recorrer, cómo evaluar lo que pasa, cómo mejorar la detección de las situaciones, qué hacer cuando las detectamos... Y cómo seguir cada proceso. Para tener la seguridad de que todo ha mejorado. Sensible, notablemente.
Cada vez sabemos más cosas. Y lo sabemos por lo que nos cuentan los chicos y las chicas. Víctimas,verdugos y, sobre todo, espectadores. Saben mucho y nos lo dicen a la cara. Pero no siempre quieren decirnos lo que ven, sienten e interpretan. O nos dicen algo en lo que no creen mucho en realidad. Especialmente, cuando hay mucha gente escuchando. Es necesario escucharles a solas, o en grupos pequeños, con tiempo por delante. Con pocas preguntas. Dejándoles hablar. Con espontaneidad. dándoles el peso de la reflexión.

Algunas de estas cosas, podemos reproducirlas, de modo literal, de modo sencillo: 10 píldoras más...

  • “Hay profes con los que da gusto estar, dar clase. Sonríen siempre al entrar en el aula. Nos sentimos cómodos, se preocupan por nosotros. Y son flexibles. En esos profes es posible confiar más. Y contarles lo que sentimos o vemos”. 
  • “Hay profes que pasan algún rato con nosotros en los recreos, que nos preguntan qué tal va todo, que se paran con nosotros en los pasillos y charlan, nos cuentan y preguntan cosas. Con ellos estamos más seguros.” 
  • “Todos sabemos que el profesor que trata bien a los que más dificultades tienen, a los que menos hablan y participan (los frikis, raritos o pringaos) hace que todos nos sintamos mejor, más aceptados, protegidos…” 
  • “En las clases suele haber grupos muy diferentes. Cada uno hace lo que puede por estar bien, y verse dentro de alguno de ellos. En el grupo, aunque sea pequeño, te sientes protegido. Y te sientes mejor, claro. 
  • “A veces es mejor pasar desapercibido, no hacerse notar. Y que te dejen en paz los que mandan…” 
  • “No hacemos demasiado por acoger a los compañeros que no se integran. Porque no pueden, o no saben. A veces es difícil entrar en algún grupo.” 
  • “Cuando algún chico o chica que lo está pasando mal recibe ayuda de otros compañeros mayores del instituto es cuando mejor funcionan las cosas. Es más fácil que le dejen en paz los que le machacan…” 
  • “Algunos profes ayudan mucho. Porque preguntan, se interesan, insisten. Se les ve preocupados. A veces, tenemos que decirles… profeeee que todo está ya bien… Estos son de los nuestros…” 
  • “Hay chicos o chicas deficientes que lo pasan mal porque casi nadie les hace mucho caso. En lo personal. Nos relacionamos poco con ellos y aunque aparentemente nadie se meta con ellos o se les trate mal… no lo pasan bien.” 
  • “A todos nos gusta que alguien se acerque donde estamos y hable con nosotros. Que nos llamen por nuestro nombre y nos tengan en cuenta para las cosas que se hacen o se van a hacer. A todos nos gusta estar con otros bien y no ser siempre nosotros los acoplaos.” 
Para seguir pensando...

25 de marzo de 2017

Acoso entre iguales (16): lo que nos dicen los chicos. 10 píldoras

Cada vez sabemos más cosas sobre el denominado acoso escolar, sobre qué y cómo hacer para frenarlo, reducirlo, mandarlo a las esquinas, a los rincones. Que sea casi un recuerdo...



Cada vez sabemos más cosas. Y lo sabemos por lo que nos cuentan los chicos y las chicas. Víctimas, verdugos y, sobre todo, espectadores. Saben mucho y nos lo dicen a la cara. Pero no siempre quieren decirnos lo que ven, sienten e interpretan. O nos dicen algo en lo que no creen mucho en realidad. Especialmente, cuando hay mucha gente escuchando. Es necesario escucharles a solas, o en grupos pequeños, con tiempo por delante. Con pocas preguntas. Dejándoles hablar. Con espontaneidad. dándoles el peso de la reflexión. 

Algunas de estas cosas, podemos reproducirlas, de modo literal, de modo sencillo: 10 píldoras.
  • "Cuando nos preguntáis sobre esto del acoso, no siempre decimos lo que sentimos o pensamos. A veces, muchas veces, mejor, decimos lo que queréis oír. Y así, podemos seguir a lo nuestro con cierta tranquilidad."
  • "Las charlas y esas cosas que nos dais no tienen tanta influencia como pensáis. Lo siento pero es así". No creo que cambiéis muchas cosas diciéndonos lo que tenemos que hacer. O hablándonos tanto de lo que nos puede pasar si hacemos esto o aquello...
  • "Existe una cultura de no meterse, de no entrar. De no meternos en líos. Y muchas veces seguimos lo que nos decís los padres en casa... esos consejos que nos dais. Por eso no entramos como nos pedís..."
  • "A veces es por miedo a que nos caiga alguna a nosotros; por miedo a señalarnos. A que se nos considere unos pringaos. Porque el que lo hace corre el riesgo de ser considerado un friki."
  • "Lo normal es que no guste en clase cómo se comportan algunos... Pero suelen ser los jefes del rollo, esos a los que vosotros llamáis populares. Pero son más que eso. Es muy duro meterse en ese tema porque pueden caerte por todos los lados..." Y no siempre confiamos que lo que se haga en el centro nos vaya a proteger. Luego quedan las miradas, las amenazas con la mirada, las risas, la calle..."
  • "Nos pedís que seamos valientes. Que hablemos. Que digamos si algo que nos hace algún compañero nos nos gusta.Pero, luego, ¿qué? A veces, acabamos dándonos la mano después de alguna movida y que algún profe intervenga. Pero lo que queda luego no siempre es fácil. Porque no siempre paran las cosas. Y al final solemos decir que estamos mejor y no es así."
  • "Nos decís que seamos valientes. Pero los profes tenéis que serlo también. Y más que nosotros. Cuando un profe se implica desde el principio la cosa es distinta. Le crees y confías en él."
  • Los profes valientes son los que nos escuchan, los que se enrollan con nosotros y nos preguntan cómo estamos. Y nos damos cuenta de que lo hacen de verdad. Que les interesa."
  • "A veces no hace falta decir o contar nada a nadie porque algunos compañeros sí defienden al chico que lo pasa mal. Y cuando alguno lo hace es más fácil unirse. ¿Pero quién es el primero que se atreve?"
  • "Los alumnos mayores que son mediadores y ayudan, esos sí que ayudan. Y cuantos más haya en un centro, mejor."




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