11 de enero de 2016

Los sueños, el nuevo año y la pirámide de Maslow




José Antonio Luengo

La llegada del nuevo año suele traer consigo muchos deseos entrecruzados. Deseos que entre unos y otros nos lanzamos, casi frenéticamente, aprovechando que el año cambia y se nos va entre los dedos el que teníamos. Lo digo, sobre todo, porque entre los dedos parece que discurre la vida entre conversaciones y grupos de WhatsApp.

Deseos y más deseos que expresamos a nuestro alrededor, muchas veces de modo poco personal, todo hay que decirlo. En otras ocasiones, cuidando y madurando lo que decimos y le decimos a personas singulares, a las que queremos decir algo especial. Porque las consideramos, a ellas, también especiales.

Deseos y más deseos que sueñen recoger el término sueño de modo frecuente. Que se cumplan tus sueños… Este suele ser un deseo habitual. Que tus sueños se hagan realidad. Que se cumplan y, consecuentemente, que seas feliz… Tú y todos los tuyos.  Palabras con la mejor de las intenciones. Referencias a un futuro mejor, a corto y medio plazo al menos.

Lo cierto es que los sueños, en ese escenario, hacen referencia a anhelos, a deseos, a objetivos, a propósitos. Es decir, a proyectos que las personas deseamos ver cumplidos y cumplir así con expectativas que un día nos pusimos en el horizonte de nuestro andar cotidiano por la vida que tenemos. No se hace referencia, claro, a los sueños que aparecen mientras dormimos y que, en no pocas ocasiones, se dan en forma de pesadillas. Esas que nos despiertan sobresaltados y sudorosos. Aunque también, todo hay que decirlo, también soñamos con cosas y situaciones que firmaríamos sin dudar para que se dieran con frecuencia, con más frecuencia, pero en la vida real.

Pero los sueños que señalamos en nuestras buenas intenciones se refieren a otras cosas normalmente. Curiosamente sin saber siempre muy bien cuáles son o pueden ser los que el receptor de nuestro mensaje atesora en su mente y corazón. Es un deseo en genérico, abierto a mil opciones. Las que tú sientas y desees… Y estos deseos se reciben bien, con una sonrisa en la boca y un pellizquito en el corazón. Primero porque se acuerdan de nosotros y, también, por supuesto, porque apelan a logros por conseguir, objetivos que cumplir. En nuestras vidas. Deseos e intenciones, que deben hacernos pensar, lógicamente, en necesidades que vemos cumplidas o queremos ver cumplidas en el futuro.

En 1943, el psicólogo Abraham Maslow formuló en su Teoría sobre la motivación humana una visión jerárquica de las necesidades humanas, argumentando que según se van satisfaciendo las necesidades más básicas (las fisiológicas y las de seguridad), los seres humanos desarrollamos necesidades y deseos más elevados (de afiliación, reconocimiento y de autorrealización, por ejemplo). El planteamiento de Maslow dibujaba una secuencia aparentemente lógica en el que unas cosas parecían llevar a otras.   Algo así como lo que pretende argumentar la expresión latina Primum vivere, deinde philosophare, esto es, primero vivir, después filosofar. Desde esta perspectiva, si no disponemos de determinados mimbres básicos y esenciales en nuestras vidas, poco habría que opinar sobre miras y objetivos más elevados. No obstante, incluso una visión tan ordenada de nuestros andamios mentales y emocionales (y también de los materiales, por supuesto) no es incompatible con la flexibilidad que la propia teoría señaló en su desarrollo. Porque las necesidades más elevadas no surgen siempre y en todo caso en la medida en que las más bajas van siendo satisfechas. La experiencia así nos lo muestra día a día. Personas que poco tienen en lo material y son capaces de iluminar cada momento de quienes vivimos a su alrededor. Con la sonrisa, con su manera de estar y ver el mundo, con su generosidad, incluso. Pero, claro, esto es muy fácil decirlo. Hay que vivirlo. Y estar ahí… Por eso es comprensible entender que, con frecuencia, apelemos más bien a la prudencia en nuestra manera de enfocar los deseos y anhelos. pensando en lo que ya tenemos, e invocando también el dicho virgencita, virgencita, que me quede como esté… Como temiendo desear demasiado no vaya a torcerse y colapsar lo que en la actualidad sostiene nuestras vidas.

La gradación propuesta por Maslow configura en cualquier caso un entendible proceso, flexible, por supuesto, pero razonable en su exposición. Un proceso que funciona, seguramente como vasos comunicantes, comunicando nuestros espacios, nuestras necesidades y permitiendo la conexión profunda entre unas y otras, la permeable influencia en forma de estado de ánimo, maneras de ver las cosas, lectura de la realidad.

En cualquier caso, los deseos invocan objetivos, metas más o menos importantes. Que satisfacen necesidades, alimentan, según se van cumpliendo, nuestras almas y nos permiten sentirnos  más a gusto con nosotros mismos, más enchufados, tal vez más realizados. Y, en fin, ya sabemos cómo funcionan los círculos, tanto viciosos como virtuosos. Basta un paso en falso, un tropiezo, una caída, para que surjan dudas que no hubieran aparecido si hubiéramos podido acertar, mantenernos erguidos y estables. Y basta poco, a veces una simple sonrisa de alguien cercano, un halago sencillo, un saludo sin más, para que sintamos que las cosas van y pueden ir mejor.

Vasos comunicantes. Las felicitaciones con las que deseamos que se cumplan los sueños que atesoran en su alma aquellos a quienes estimamos no son simples brindis al sol, sino más bien deseos de hacer pensar a quien nos dirigimos en aquellas cosas que pueden situarle cerca de muchos pequeños buenos momentos, probablemente los que nos ubican en eso que llamamos felicidad. Y esto, afortunadamente, es algo muy personal. Pero, en el fondo, ya lo decían nuestros mayores, salud, dinero y amor. Que es otra forma de concebir, a lo simple, la señalada pirámide de nuestro amigo Maslow.

Y todo ello sin perjuicio de la manida expresión cuidado con los deseos, que a veces, a veces, se cumplen…

Pero este es otro asunto. O no. Depende.


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