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19 de febrero de 2016

ESCUELAS DE FÚTBOL Jugadores y entrenadores, las dos caras de una misma moneda


José Antonio Luengo

Las reflexiones que se detallan a continuación son fruto de la experiencia, del conocimiento y de la responsabilidad de desarrollar un puesto en la estructura del Club que, entre otras cosas, utiliza la observación como herramienta esencial de su trabajo. Pero no representan LA VERDAD. En absoluto. Se trata de aproximaciones conceptuales y prácticas, ideas y, en algún caso, sugerencias de naturaleza general. Profundamente alejadas unas y otras del fundamentalismo, de la crítica destructiva y del juicio sin más.

Algunos de vosotros, según empezáis a leer estas líneas introductorias, empezaréis a rumiar, y es entendible, alguna de estas ideas en vuestras mentes. Puede que penséis: “esto va para mí”, o “el mismo rollo de siempre”, o “lo voy a leer, pero vaya, yo sé cómo tengo que hacer las cosas…” Entenderé que sea así. Otros, muchos, me consta, leeréis estas ideas con curiosidad e interés, intentando incorporar alguna de ellas a vuestra reflexión personal sobre cómo mejorar en vuestro trabajo. Pero no solo.

En fin, así las cosas, inicio mi argumentación. Lo haré seleccionando las consideraciones que entiendo más relevantes, dando por entendido que comprendéis que se trata de una priorización. Y que hay otras muchas cosas al respecto de las relaciones entre entrenadores y sus jugadores que podrían expresarse.

  1. No habría entrenadores si no hubiera jugadores que quisieran y pudieran aprender. Esto parece una perogrullada pero es necesario insistir en ello. En incorporar en nuestras reflexiones al diseñar, pero sobre todo al desarrollar nuestra tarea. A mis alumnos de la Facultad de Formación del Profesorado les insisto en esta idea. Los importantes, siempre, son ellos, los alumnos. Por y para ellos estoy donde estoy. No existe objetivo más mágico que conquistar sus mentes y su afecto. Consiguiendo esto, su confianza y respeto desde nuestro respeto, desde nuestro modelo de comportamiento conseguiremos que amen lo que están haciendo. Más de lo que podían amarlo al empezar a hacerlo. La ternura, el buen trato, la confianza, son instrumentos esenciales en la tarea educativa. Y no lo olvidéis, aquí la tarea educativa es esencial. Y es esencial, por tanto, tratar bien, estimular, apoyar, animar, incentivar, reforzar. Como lo es por supuesto corregir, o, incluso, reprochar las cosas que no se hacen del todo correctamente.
  2. Pero pensemos un poco más. Ningún niño quiere fallar. Ningún niño quiere equivocarse, fallar un penalti o cometer un error que nos cueste un gol en contra. Ningún niño quiere ubicarse mal en el campo o hacer mal una cobertura táctica. O un control del balón. Ningún niño quiere que la pelota salga hacia el córner cuando quería meterla entre los tres palos. ¿Qué quiero expresar exactamente? Lo diré de otro modo. ¿Cómo reaccionamos nosotros, los adultos, cuando nos equivocamos y nuestro jefe o responsable reprocha vehementemente nuestro error? ¿Y cómo nos sentimos cuando, además, lo hace delante de nuestros compañeros? ¿Y qué pasa por nuestra mente cuando además suelta algún improperio o alguna palabra malsonante como guinda de la bronca? En las escuelas de fútbol, pero puedo perfectamente hablar también del trabajo con chicos de 15, 16 o 17 años, el resultado de nuestra manera de reaccionar al error es determinante. Crea o destruye vínculos. Crea o destroza la confianza. No basta con preguntarle a los chicos luego si se han sentido bien o mal. ¿Creemos de verdad que nos van a decir cómo se han sentido realmente? Si creemos eso, me da que tenemos que pensar un poco más.
  3. No estoy hablando de lo que pasa en un momento puntual del partido o del entrenamiento. Momentos así los tenemos todos y son naturales. Hablo de una manera de estar en el campo acompañando y dirigiendo a nuestros jugadores. ¿Creemos de verdad que la mejor manera de enseñar es teledirigir cada acción de nuestros jugadores? ¿Lo creemos? ¿Creemos que recorrer nuestra banda, desde la posición del portero hasta el más allá ayuda verdaderamente a crecer a nuestros jugadores? Creo que no. Es mi opinión. ¿Dónde queda la espontaneidad, dónde la confianza y la creatividad…? Pensemos que desde fuera se observa todo, o casi todo. Y desde dentro del propio campo. Somos modelos. No lo olvidemos. Y los resultados que debemos buscar no son solo los nuestros, cosa que es natural, sino especialmente los del crecimiento de nuestros jugadores. Y su compromiso con la actitud, la lucha, la concentración, el grupo, la tarea…
  1. Hay una excepción a esta regla. El comportamiento negligente, la falta de ganas, la ausencia de actitud. En ese escenario el reproche está justificado. Pero también con cierta discreción. Aprovechando nuestros paseos por la banda (que no son reglamentarios), o los descansos. O simplemente cambiando al jugador y dándole la charla los más discretamente que podamos. Y con educación. ¿Puede un entrenador enfadarse? Claro que sí. Porque somos humanos. Pero mantener el respeto y las buenas formas es elemental. Y  la máxima discreción. Absolutamente. Y no solo por la imagen que podamos dar a nuestros jugadores o a quien vive el partido como espectador. Sino porque es nuestra obligación. Y porque podemos crecer en nuestra labor.
  1. El resultado de la escucha, de la comprensión, de las palabras de ánimo tras el error, de las palabras y muestras de confianza después de un fallo, incluso clamoroso, es, no lo dudéis, algo así como: mi entrenador cree en mí, me apoya aunque me haya equivocado, merece la pena estar aquí, voy a levantarme… El resultado, el efecto es sumar, no restar. Abrumar a reproches genera miedo, desconfianza. Y las ejecuciones se ven afectadas. SIEMPRE NEGATIVAMENTE. Los efectos, por el contrario de las palabras de aliento después de un error es la confianza, la autoestima, las ganas de corregir la equivocación y seguir peleando, seguir, sumando. No es suficiente que hagamos esto en el descanso. Hay que hacerlo en todo momento.
  2. Sí, lo sé, y es cierto, en la tarea de entrenar en una escuela de fútbol existe además otra derivada, otro ingrediente fundamental. Generar capacidad y habilidades para competir. Esto en la educación reglada no entra, ni se contempla, afortunadamente. Pero sí en las escuelas de fútbol. Vayamos, pues con la segunda consideración.
  3. En la definición del término competitividad aparecen las ideas de rival, conseguir un fin, pelear o pugnar por algo, o ir contra algo o alguien… es necesario que huyamos, claramente, de la consideración de la agresividad como utillaje básico de nuestro trabajo. Es más bien la intensidad, la concentración, la actitud, la lucha y esfuerzo permanentes, la solidaridad con los compañeros o el aislarse de las gradas y estar a lo que hay que estar lo que hemos de estimular y hacer crecer en los entrenamientos. Estar a todas y a todo. Seguir las instrucciones, apoyar al compañero que falla, hablar, comunicarse. Incesantemente. Ese es el conjunto de herramientas que han de crecer en la mente, y también en el corazón de nuestros jugadores. Y la elegancia. Y la humildad.
  4. Perder es necesario; pero no suficiente. Saber perder es imprescindible.  Caerse y levantarse. Doblar la rodilla y levantar la cabeza, y erguirse. Esta es la secuencia lógica, el engranaje que nos hace más grandes, más poderosos, más y mejor dispuestos para afrontar las muchas cosas que seguirán explotando delante de nuestros ojos, en nuestra vida.
  5. El mundo del fútbol y su imagen está cargado de malos ejemplos. De chulería, de arrogancia, de egoísmo. Lejos. Muy lejos tenemos que estar de ese escenario. Y lo que hacemos y cómo lo hacemos, lo que decimos y cómo lo decimos es sustancial. SUSTANCIAL.
  6. El resultado de nuestras experiencias forma parte de nuestro propio crecimiento. Ni perdemos ni ganamos. Crecemos. Y experimentamos. Y vivimos. La respuesta es la flexibilidad, la capacidad para entender, para doblarse en conexión a las inclemencias que oscurecen y turban nuestra existencia. Porque todo es temporal. No existe experiencia más edificante que levantar la cabeza ante una situación comprometida, afrontar el reto, ponerle cara, hacerle frente. Y actuar. Hacer, moverse. Nada permanece estable, ni la victoria, ni el éxito (especialmente éstos), ni el dolor o la sensación de fracaso. Las claves de nuestra vida están en nuestra capacidad para actuar, para modificar aquello que es preciso ajustar, despreciar lo que nos anula y reduce, asir intensamente lo que nos da valor, coraje y energía. Podemos buscar lo que sea inmutable y seguro, pero no tendremos éxito. 

2 de noviembre de 2015

Las chicas y el fútbol

José Antonio Luengo

Niñas jugando al fútbol. Por fin las federaciones de fútbol van asimilando que ya toca, que no puede seguir entorpeciéndose la incorporación de las niñas y chicas a este deporte. Jugando, hoy, contra un equipo de chicos en una liga organizada. Ya era hora. 

Nada le es regalado a la mujer. Cada paso que ha tenido que dar en la vida le ha costado siempre lo infinito si comparamos lo que ha supuesto para el género masculino.

No hay más que verlas en el campo. 10 añitos más o menos. Ni un mal gesto. Disciplinadas, ordenadas y listas. Compañeras. Juegan porque verdaderamente les va algo en su vida en ello. Luchando en algún caso, seguro, con la mirada atónita de padres o abuelos al oír y ver sus deseos. No están ahí porque es lo que toca, como pasa con muchos niños. Están porque lo desean con toda su alma a pesar de que no encuentran facilidades. Harán MEJOR este deporte. Sobre todo por su carácter, su manera de entender el deporte y también la vida.



Bienvenidas. Es cierto, las vemos cada vez más. Pero esto no ha hecho más que empezar. Fuera la chulería y la arrogancia que se ve ordinariamente en el fútbol. Bienvenidas a este deporte con letras mayúsculas.


19 de octubre de 2015

Ya nadie pone en duda la Psicología Deportiva

En los últimos tiempos algunos deportistas de alto nivel han reconocido, a través de los medios de comunicación, la mejora cualitativa que el entrenamiento psicológico les ha proporcionado a la hora de mejorar su rendimiento. Específicamente, el psicólogo de la Actividad Física y el Deporte es un profesional cuya labor se desarrolla en cinco ámbitos académicos o profesionales: deporte de base e iniciación temprana, deporte y ejercicio de ocio y tiempo libre, deporte y ejercicio en poblaciones especiales, Psicología de las organizaciones deportivas y deporte de rendimiento.

Aunque aún queda mucho trabajo por hacer, las III Jornadas Nacionales de Psicología del Deporte celebradas en Madrid los pasados días 26 y 27 de junio, han servido para corroborar el incremento del reconocimiento profesional y social que esta disciplina está adquiriendo paulatinamente en nuestro país. Un hecho que se debe, especialmente, a la buena praxis llevada a cabo en los últimos años por los psicólogos de esta área.



4 de diciembre de 2014

Deporte y violencia. Dos no pelean si uno no quiere... El ejemplo de los padres

Dos no pelean si uno no quiere…
José Antonio Luengo



El ejemplo de  padres y madres como espectadores

La violencia existe entre nosotros. No solo en los telediarios o en los periódicos. Existe en nuestras vidas, a nuestro paso, casi a diario. La vemos y a veces la sentimos. En nuestras propias carnes. Está tan presente entre nosotros que, en ocasiones, tendemos a sentir que no es violencia. Nos hemos habituado a ella. Insultos, vejaciones, miradas de desprecio, mofas… Esto también es violencia. De la variedad más deleznable y agresiva. Se mete en nuestra mente y, claro, nos parece que no es nada. Es algo así como lo que hay. Y hemos de acostumbrarnos. Miramos o nos miran con ira cuando vamos en el coche, gritamos a quien consideramos que no está haciendo algo bien, pensando incluso que lo hace a propósito. Para incordiarnos. Lo hacemos o nos lo hacen. Comentarios hirientes, agresivos, malhumorados. Descalificaciones…

Sí, esto también es violencia. Y de la peor calaña. De la que parece que no es, que no existe. Que no pasa nada con ella, que no tiene consecuencias. Pero no es así. Y el mundo del fútbol es un escenario ideal para su germinación y desarrollo. Se despliega con una facilidad que asusta. Pero, claro, no pasa nada, dicen. Son cosas de este deporte. Que bobada más grande. Qué tontería, por favor. La violencia es una lacra que mina nuestra vida, la hace pesada, gris, fea, maloliente.

Insultos en la grada, al árbitro, a los jugadores del equipo contrario, a los aficionados que no son de los nuestros. Y nos reímos. Jubilosos. Somos unos valientes. ¡Que les den!, pensamos. O decimos. Y lo hacemos a las claras. Comentando la jugada luego mientras nos tomamos una cerveza con los nuestros. Y mientras, nuestros hijos, los que juegan, los niños que crecen mirándonos e imitándonos, observan el espectáculo. Sufriéndolo, más bien. Sorprendidos, algunos asustados. ¿O es que pensamos que niños de 10, 11 o 14 años han dejado de ser niños? Que se vayan curtiendo, dicen algunos.  ¿En qué artes? ¿En la ordinariez? ¿En el descaro hiriente?

A veces, solo a veces, el insulto y la ofensa son la antesala de la otra violencia, la física. Vuelan las descalificaciones, los recuerdos a las santas madres, los gestos ofensivos. Y con ellos, al final, se pasa a las manos. Allí, en la grada. O bajamos al campo. Es igual. ¿Qué más da que nuestros hijos estén en el campo y nos vean? Así aprenden… Pero ¿qué clase de hediondo ejemplo estamos dando? ¿Dónde queda la responsabilidad que como adultos, y, claro, como padres tenemos para con la educación de nuestros hijos? Lo que queda es el espectáculo lamentable, la degradante experiencia de ver a padres y madres, aficionados de dos equipos diferentes, dándose golpes, empujándose, agrediéndose. Con la mirada de odio marcada a fuego. Con la ira en cada célula de nuestro cuerpo. Manando como el pus en una herida infectada.

A veces pasa, más de lo que quisiéramos; en nuestros campos de juego, en nuestros campos de deporte. Al otro lado del campo, ya terminado el partido. En las gradas. O durante el mismo. O en el campo. O en ambos sitios. Los jugadores y, en ocasiones, la batalla de los adultos. La expresión de la violencia. Para nuestra vergüenza.

Todo tiene su impacto. Y asistiremos a sus consecuencias. Los resultados de estas cosas nunca son buenos. Nunca. Solo si reflexionamos, corregimos y pedimos perdón podremos subsanar algunas de las consecuencias negativas del ejemplo y la clase magistral impartida a nuestros hijos, o a los hijos de nuestros amigos. Mientras estos practican deporte… Podemos equivocarnos, pero reconozcamos el error y pidamos perdón. A los chicos en primer lugar.

La violencia debe ser erradicada de nuestra piel, de nuestro pensamiento. Antes de criticar con desprecio y superioridad lo que pasa o les pasa a otros. Porque dos no pelean si uno no quiere.

24 de septiembre de 2014

Esto no es como empieza, sino como acaba: competiciones deportivas.

Esto no es como empieza, sino como acaba: competiciones deportivas.
José Antonio Luengo

Publicado en Web del Getafe C.F.




En la actividad deportiva, y, en general, en cualquier actividad de medio o largo recorrido que tenga que ver con nuestra vida, todos hemos experimentado que una cosa es cómo empezamos y otra, en no pocas ocasiones cómo termina. Nos preparamos, miramos hacia un lado y hacia el otro, inspiramos profundamente y nos decimos “allá voy, que sea lo que Dios quiera…”

Lo correcto, lo lógico y razonable es prepararse bien, orientar bien la mirada, escuchar lo que suena a nuestro alrededor, interpretar las muy nombradas sensaciones, y lanzarse. Empezar a andar, sabiendo que el camino suele ser largo, que surgen imponderables, circunstancias no esperadas. Mirar al final del camino, anticipadamente, es un error. Imperdonable. Que suele pasar factura. Suele funcionar mejor la estrategia  del paso corto, el paso a paso, peldaño a peldaño, el “partido a partido” al que tanto partido ha sabido sacar un entrenador, un grupo humano y un equipo de fútbol por todos bien conocido.

Empezar no es fácil, no suele serlo. Nunca se está del todo preparado para iniciar los procesos. En el mejor de los casos, tenemos la sensación de que hemos hecho lo que teníamos que hacer, que hemos dispuesto los mimbres esenciales para no solo no pasar apuros sino, y esto es importante, conseguir nuestros objetivos, los retos que dan marca y valor a nuestra empresa. Del tipo que sea. Pero solemos empezar, dar los primeros pasos; notamos cómo nuestros músculos van adquiriendo el calor y tono adecuado para trazar las líneas que deseamos trazar, ir de aquí para allá como estaba previsto. Nos lanzamos y confiamos en nuestra preparación y, claro, en nuestra intuición y también preparación para dar respuesta a las incomodidades, a los tropiezos y caídas, a los sinsabores de avanzar a una velocidad menor de la prevista. Tiramos hacia adelante sabiendo que es lo que queremos o, al menos, lo que debemos hacer. Aunque observemos cómo se tuercen determinadas líneas maestras que definimos en su día como reglas de oro para el éxito en el trayecto. Y, sobre todo, en el final del mismo.

En el deporte de competición uno no sale solo de la línea de salida. Más bien al contrario, se ve acompañado por otros participantes en la travesía. Otros que han buscado el estado de preparación óptimo para llegar bien al final de la misma. Incluso a costa de empezar con menos intensidad y fuerzas. Sabedores de lo largo que es el camino y de la necesidad de secuenciar adecuadamente el paso, y encontrar la óptima competencia en los momentos en que se entiende va a empezar a venderse el pescado…

Salimos, empezamos, todos juntos. Miramos a nuestros lados en la línea de salida y vemos legionarios que, en sus equipos o clubs, van dar la vida por competir, por seguir en las adversidades, continuar, levantarse tras las caídas y llegar a lo máximo. Conseguir la meta que se han trazado, que han dibujado en función de varios parámetros, entre los que se encuentran, claro, los mimbres con los que cuentan, el talento y calidad de los integrantes del grupo.

Solo uno alcanzará la meta máxima, a saber, llegar el primero. Y, por tanto, situar como fracaso no conseguir ese objetivo puede ser el principio del fin para la mayoría de los participantes en la carrera. Una carrea auténticamente de obstáculos, en el que las lesiones, la falta de cohesión del grupo, la pérdida de identidad de éste, el entrar en depresión tras los primeros resultados negativos y el mirar demasiado lejos, no centrándose en la responsabilidad que tenemos en cada entrenamiento y en cada segundo de cualquier partido que disputamos.

El secreto es, por supuesto, que cada equipo establezca sus objetivos con sentido común y criterio razonable. Para el 90% de los clubs que inician una temporada, dependiendo de las categorías y deportes, el norte, el objetivo, no será llegar a la meta en primer lugar. Más bien puede ser quedar entre los cinco primeros, o, incluso, mantenerse en la categoría. Porque pesan mucho las herramientas con las que cuentan unos y otros equipos diferencialmente. La cantidad y calidad de la plantilla, el presupuesto, el apoyo de las aficiones…

Pero ahí también está el éxito dibujado. Por tanto, es imprescindible fijar bien los objetivos, situar adecuadamente los posibles inconvenientes que puedan ir surgiendo, marcar bien los tiempos de evolución del equipo. Y, sobre todo, no dejarse llevar por las ansiedades cuando no se empieza del todo bien. El secreto en las carreras largas es no mirar demasiado al frente. Analizar lo que va pasando. Con honestidad. Modificar sin miedos lo que no está funcionando. Y pensar que uno alcanza su particular éxito mirando y mimando cada entrenamiento, cada jugada. Cada partido.  Los corredores de maratón lo saben bien: paso corto, análisis de la activación, capacidad para distanciarse y descargar la ansiedad, y mirar la distancia que tengo que recorrer en los próximos dos o tres pasos. No mucho más.

No todo acaba como empieza. O, a veces, sí. Depende de muchas cosas. Pero evitar el nerviosismo e ir paso a paso, cuidando el grupo y los mimbres con los que se cuenta es absolutamente imprescindible. Cuando uno hace lo que tiene que hacer en cada minúscula secuencia del trayecto, al final las cosas suelen salir bien.


20 de febrero de 2014

Psicología deportiva, motivando desde reflexión en la escuela de fútbol



Psicología deportiva, motivando desde reflexión en la escuela de fútbol
José Antonio Luengo

Publicado en la Revista del Getafe CF, febrero, 2014




El Getafe C.F. viene desarrollando con los jugadores de su escuela una serie de sesiones con las que busca entrenar las destrezas psicológicas para mejorar el rendimiento. “El objetivo es acercar a niños y a los entrenadores a la reflexión de lo que pasa por la mente del futbolista cuando está entrenando o jugando”, resume a la perfección el Psicólogo José Antonio Luengo, que días antes había invitado a los padres de otro alevín, en este caso el C, a que siguieran desde atrás las charla. “Buscamos que los chicos se puedan reconocer mejor a sí mismos y los entrenadores lo incorporen progresivamente a su rutina de trabajo diario”.

Estas sesiones no son fruto de un día ni de la improvisación, sino del diseño de un proyecto planificado “sin sesiones largas, incorporando de manera natural este elemento básico”, dice el psicólogo, ligado a la escuela desde su creación, y prosigue hablando de su trato cercano con los chicos. “Les conozco porque estoy frecuentemente viéndoles entrenar. Hay entrenadores que antes de un partido importante me han pedido que vaya a contarles alguna cosa a sus jugadores”. Precisamente de esa necesidad e interés de los formadores nace este proyecto. “Pretendemos llevar ese tono informal a un espacio de reflexión donde se pueda hacer un trabajo de formación mucho más coherente”.








7 de agosto de 2012

Violencia en el deporte



LA VIOLENCIA EN EL DEPORTE Y, ESPECIALMENTE, EN EL FÚTBOL
La importancia de las escuelas deportivas

José Antonio Luengo


La violencia, desgraciadamente, forma parte de nuestra sociedad, como forma parte, también desgraciadamente, del ser humano. En la medida en que aquélla adquiere notas significativas, bien  cuantitativa, bien “expresivamente” (naturaleza e intensidad de sus manifestaciones), la preocupación se hace sustantiva y especialmente “explosiva”.

Suele decirse que la violencia se incrementa y afianza como indeseable protagonista en nuestros contextos cotidianos de convivencia: el propio hogar, las calles, las escuelas, algunos espectáculos deportivos... Parece que la influencia de determinados “contravalores”, como la competitividad excesiva, la búsqueda irrefrenable del éxito y el poder o el individualismo, adquiere pesos y cargas de inoculación en las mentes y corazones de las gentes muy por encima de lo observado con los valores propios de una sociedad democrática y asentada en el Estado de Derecho.

Probablemente, la generación de nuevos y más floridos brotes de violencia en nuestra sociedad representen la germinación de llamativos efectos indeseables de los ritmos y cadencias con que aquélla tiene que hacer frente a los sensibles y notables cambios que se producen en sus sistemas de organización, autorregulación y autocontrol. Una sociedad que destila estrés, genera comportamientos indeseables e “improductivos”, tales como la violencia, la intolerancia o la insolidaridad, pero profundamente resistentes a sus “enemigos” naturales, a saber, la escucha, el acuerdo, la empatía, el respeto, la tranquilidad, el sosiego, la tolerancia y, por supuesto, la paz.

Los espectáculos deportivos, como un entorno más en el que se producen relaciones entre personas y grupos de personas, se están viendo negativamente influenciados por la creciente ola de desasosiego colectivo que parece invadirnos. La pregunta que tenemos que hacernos es si, además de entorno fácilmente influenciable, el evento deportivo y especialmente el fútbol representa en sí mismo un contexto favorecedor de modos y maneras de ver e interpretar las cosas ciertamente violentos.

No nos estamos refiriendo exclusivamente a lo que ocurre en los estadios  de primera o segunda división. Es cierto que las manifestaciones de violencia que concurren en acontecimientos de amplia cobertura y marcada influencia mediática provocan impactos de gran relevancia y preocupación social. No obstante, debemos mirar también hacia otros contextos, ordinariamente menos conocidos y, especialmente, menos tratados por los medios de comunicación. Otros lugares y espacios donde concurren comportamientos violentos, tal vez menos significados que los observados en los acontecimientos públicos antes citados, tal vez menos “explosivos” o llamativos, pero sin duda, germen de visiones y perspectivas intolerantes e insolidarias. Observemos también qué pasa en el desarrollo de las competiciones de las categorías inferiores: niños de 10, 12, 15 ó 17 años inmersos en entornos indudablemente deportivos, si bien “marcados” por notas de identidad de actividad “cuasiprofesional”: competitividad, gestos y modelos de comportamiento de entrenadores, modelos de “apoyo” de las aficiones (fundamentalmente padres, madres y familiares). La TV nos deja de vez en cuando terribles “píldoras” en imagen de comportamientos violentos de aficionados con los árbitros, jugadores u otros aficionados.

En la presentación y representación social del fútbol prima el mito del éxito en combinación con las pasiones locales, que si no se satisfacen, dan lugar a frustración y focos de crispación.

Es importante no confundir excepción con norma. Es cierto. Los excesos de interpretaciones (en el tiempo y en su magnitud) de los hechos y las valoraciones de hechos acontecidos en una competición (jugadas conflictivas, agresiones no observadas por el árbitro, comportamiento de las aficiones...) no ayudan a atemperar la tensión y crear climas más sosegados. Sin embargo, lamentablemente, el comportamiento de un buen número de aficionados y de otros integrantes del entorno futbolístico muestra un escenario preocupante.

Resulta especialmente preocupante la “invasividad” conque opera y se manifiesta el fenómeno de la violencia (y especialmente de sus más serviles y ruines sicarios: la intolerancia, la vil competitividad y la insolidaridad) en entornos de desarrollo de nuestros menores. 

Las escuelas de fútbol han de configurarse como contextos para el desarrollo integral de los pequeños deportistas. Es en estos espacios donde han de cuajar el desarrollo de iniciativas, propuesta y medidas de prevención de los comportamientos hasta ahora citados. Es en estos contextos donde han de germinar modos y manera saludables de ver, percibir e interpretar la actividad deportiva “con” iguales, el gusto por compartir, el placer de divertirse jugando, el ejercicio de la solidaridad y el humanismo en sus más explícitas manifestaciones: disfrutar del juego, saber ganar, saber perder, apoyar, ayudar, perdonar, escuchar y entender a los demás, aceptar el liderazgo de los entrenadores, entender al juez (árbitro) del juego, mejorar, crecer, sonreir ante la adversidad; en definitiva, entrar y salir del campo de juego con “la cabeza alta”, con el orgullo de haber desarrollado saludablemente una actividad deportiva “con” otros, con iguales a quien necesito y de los que formo parte. Hacer amigos y construir una imagen personal solidaria y respetuosa con los demás.

Las escuelas de fútbol han de contribuir a trasmitir el lado más amable de la actividad deportiva y, por qué no, de la competición. Ganar o perder un partido, un torneo o una competición han de suponer un permanente ejercicio psicológico y social en el progresivo crecimiento y maduración del individuo. Muchos jugadores profesionales dan permanente ejemplo de esta circunstancia. Estos son los modelos a mostrar,  a divulgar a través de los medios.

Las escuelas de fútbol deben estructurarse como entornos adecuadamente profesionalizados. Titulación y reciclaje de los entrenadores, estabilidad de los servicios médicos y de rehabilitación y, de manera singular, presencia del psicólogo deportivo. Estamos hablando de la importancia de generar orden, criterio, coherencia, orientación y proyecto. Estamos hablando de constituir formatos de atención niños y jóvenes “desde” y “por” la educación. Estamos hablando de cuidar, de mimar especialmente la formación y reciclaje de los entrenadores; atender el lado más educativo y de modelado de su labor. Estamos hablando de tramar un contexto de trabajo en el que (1) formar grupos, (2) atender a las individualidades, (3) responder a los posibles conflictos interpersonales y (4) generar modelos adecuados de comunicación, supongan ejes nucleares de la planificación de cada equipo y de la propia Escuela.

Nada de lo expresado tendría sentido, o más bien poco, todo hay que decirlo, si no se implicase a los padres, madres y familiares en este proyecto, en este modelo de hacer y estar en el deporte y, en general, en la vida. Padres, madres y familiares son elementos sustantivos del proceso al que estamos haciendo referencia. La labor del psicólogo en esta faceta es fundamental: generar contextos de debate y diálogo sobre la importancia de cuidar los ritmos de desarrollo, las necesidades de descanso de niños y jóvenes, la importancia del rendimiento escolar, la relativización del éxito, la necesidad de trasmitir modelos de comportamientos pacíficos y empáticos...

Todo lo escrito sobre las escuelas de fútbol no debe considerarse incompatible con el legítimo objetivo de “construir” cantera, de “crear” buenos futbolistas. La hipótesis de esta Institución es que, probablemente, los mejores futbolistas aglutinan las virtudes y habilidades antes señaladas como imprescindibles en el discurso educativo de las  Escuelas.







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Consultor independiente en materia de infancia y adolescencia (sept. 2026). Catedrático de Enseñanza Secundaria: especialidad de Orientación Educativa. Vicepresidente primero del Consejo General de la Psicología de España. Ha sido Decano-Presidente del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid desde 2021 a 2025. Licenciado en Psicología. Psicólogo Sanitario y experto en Psicología Educativa y Psicología de la actividad física y del deporte (Acreditación del Consejo General de la Psicología de España). Desde octubre de 2002 a junio de 2012, ocupó los cargos de Secretario General y Jefe del Gabinete Técnico del Defensor del Menor en la CM. Ha sido profesor asociado de la Facultad de Educación de la UCM y de la UCJC. Es profesor invitado en diversas Universidades. Durante tres años ha sido el coordinador del equipo de apoyo socioemocional de la Unidad de Convivencia de la Subdirección General de Inspección Educativa de la CM. Desde septiembre de 2024 ha sido el coordinador de la Unidad de Formación e Investigación del Instituto Superior Madrileño de Innovación Educativa (ISMIE) de la Consejería de Educación, Ciencia y Universidades de la Comunidad de Madrid. Twitter: @jaluengolatorre

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