20 de agosto de 2012

El pasado, el presente y las cosas de la vida


El pasado, las cosas de la vida y la educación

José Antonio Luengo

Me acabo de apretar un plato de paella de las que hacen historia. La paella recién comida ¿es pasado o presente? Es pasado porque está sometida a jugos gástricos desde hace un buen rato (la siesta ha debido hacer el resto). Pero, sin embargo, está muy presente. En la foto que he hecho de ella a medio vaciar, en la mente y el recuerdo, en el regusto que se te queda a pesar del cepillado de los dientes… Está presente. Y lo estará hoy, seguro, porque hablaremos de ella, de quien la hizo, del sabor a leña, del pollo que la completaba… Está presente, e inmortalizada con la foto. Presente, pasado, futuro?

En la vida todo es relativo, dicen. Y si hablamos del tiempo, mucho más. Notablemente más. Solemos dividir en partes nuestras vidas. Clasificar nos ayuda a comprender las cosas. Uno de los avances más sustantivos en el desarrollo del niño es, sin lugar a dudas, el momento en que empieza a comprender los conceptos que nos permiten categorizar y ordenar las cosas, sus cualidades, su naturaleza, la situación respecto a un determinado lugar en el espacio, o en el tiempo, ya lo he dicho. 

Los que vivimos la época de Barrio Sésamo, bien como niños, bien como padres novatos, sabemos identificar bien lo fácil que se nos hacía comprender capturar las nociones cromáticas, espaciales, temporales… Los tamaños o las diferentes naturalezas de las superficies. Esto está cerca. Ahora estamos lejos. Esta manzana es grande. Ahora estoy dentro. Tú estás fuera. Todos dentro, todos fuera, ahora arriba, ahora abajo… Así se expresaban los muñecos de Barrio Sésamo. Y, fuéramos niños o menos niños, observábamos atentos la sencillez con la que pueden explicarse las cosas y, respirábamos hondo porque éramos conscientes del orden del mundo, de nuestro mundo. Y también, ojo, de lo relativo que es todo. La idea de la perspectiva es una de las más nociones más complejas en el descubrimiento del mundo. Pero es esencial. La perspectiva da visiones del mundo diferentes. Y, lo mejor, nunca lo peor, todas válidas. Y veraces. Todo es relativo, vaya.

Depende del cristal con que se mire… Pero es verdad que el antes, el hoy, el cerca, el más o el suave, cobran sentido si existe un después, un ayer o un  mañana, un lejos, uno menos o un  áspero. Son las cosas que tiene la vida. Todo suele tener su contrario. Y nos movemos de uno a otro sin solución de continuidad. Hoy estoy bien, mañana regular. Hoy me levanto antes, mañana después. Hoy quiero mucho, mañana… quién sabe! Hoy me quieren mucho. Mañana… menos. Bueno, no. Quién sabe! A veces todo un lío, hay que reconocerlo. 

Nosotros, los adultos, hablamos mucho del tiempo. Sobre todo cuando va acumulándose en nuestras espaldas, como el cansancio tras una larga carrera. Lo notas al terminarla, luego te duchas, descansas y… hasta la próxima. El cansancio se acumula en tus músculos, tus huesos, tus arterias. Pero también te hace más fuerte, más resistente. Es lo que tiene madurar. Te pierdes cosas pero las que vives, si no te da un mal, son mil veces mejores. Pero es verdad que se acumula. Y un día te dice. Amigo, hasta aquí hemos llegado. Y te vas. Unas veces pronto, otras, tarde. Lo ideal es no irse nunca. Y nunca te vas si tienes pasado, si te lo has currado, si has vivido. Si has ayudado a vivir. Si te recuerdan. Con cariño. Solo si te recuerdan con cariño. Si te recuerdan con ira, te has ido Para siempre. No estás. No vale. Nada.

Utilizando las nociones que nos proporciona el tiempo, podemos hablar de nuestro pasado, del presente que vivimos y del futuro que nos espera. Y es difícil cuestionar esta forma de parcelar la realidad, nuestra realidad, la que hemos sido, somos, y, cabe la posibilidad, seremos. Además, por qué tenemos que cuestionar todo. Esto es fácil de entender. Vivimos (pasado), vivimos (presente) y viviremos, claro. Un poco al menos. 

No me parece demasiado justo que se hable mal del pasado. O que se le ningunee, apelando a nuestra capacidad para hacer presente y, sobre todo futuro. Está bien. Me parece bien. Creo en esa manera de ver las cosas. Pero nunca a costa de abandonar en un rincón inhóspito nuestro pasado,  nuestros recuerdos, lo que fuimos y por qué fuimos, cómo fuimos, incluso cómo pudimos ser. A mí me gusta el pasado, pero no hablo de mi pasado personal. En él hay cosas que me gustan y otras que no. Pero me han configurado como soy. Con sus luces, pocas, y sombre, bastantes, seguro. 

Me gusta el pasado porque explica nuestro hoy y, si lo gestionamos bien (me refiero a pensar, con criterio, en nuestro pasado), no solo explicará nuestro futuro sino que le dará sentido. Y lo hará mejor. Más lúcido. Y, si cabe, más feliz. Creo, incluso. El pasado, lo que verdaderamente recordamos de él, puede ser mejor o peor, más o menos agradable. Lo mejor es que, normalmente, solemos recordar las cosas que nos hicieron más felices. Y arrinconamos las que nos hirieron… No todas, pero sí, probablemente, sus momentos más amargos. Freud explicó bien cómo nos defendemos de nuestros fantasmas. Y no recordar determinadas cosas es un mecanismo de defensa que nos permite sacar, a veces, la cabeza. No todos piensan como yo. Seguramente me equivoque, pero prefiero pensar así.

Lo importante es que el pasado es lo único real. Porque el presente se convierte en pasado en le momento en que lo estás viviendo, segundo a segundo. Y el futuro, pues eso. Es un futurible. El pasado reciente lo recordamos más, claro, está más cercano. No tenemos que completarlo con nuestras cosas, aunque, a veces, sí. Saben los neurocientíficos que en torno al cincuenta por ciento de lo que recordamos de nuestro pasado lejano es, casi, pura invención. Inventos que nos convienen, rellenos con los que completamos un pasado que, en toda su totalidad, es imposible acumular, capturar, integrar. Y eso, me parece también, está muy bien. ¿Por qué tenemos que quedarnos con lo peor? Bastantes cosas malas nos ocurren para que, además, organicemos nuestro pasado con mojones de tristeza. Aquí una tristeza, en esta linde, otra… Uy!, mira, allá otro dolor! No. En absoluto. ¡Qué aburrido! 

El pasado nos sirve. Y tenemos que revisarlo. El reciente y el lejano. Todo nos explica por qué. Por qué hacemos. Y, lo que es más interesante, nos puede explicar qué hacer. Y por qué hacer! Esta es la senda. El pasado se nos graba. Se nos grabaron los olores, sensaciones muy estables que despiertan nuestra imaginación y capacidad para recordar. Se nos grabaron los sabores, menos estables, más ligados a lo que ponían ante nuestros ojos y gaznates nuestras abuelas y madres. Fantásticos. Difícil de repetir. Por no decir imposible. Tal vez aquellos sabores sin aderezos; la manzana o membrillos recién cogidos del árbol (recuerdo las manzanas ácidas en la huerta de mis tíos, en Alsasua), los melocotones del verano, en Logroño…Sí es más posible, sin embargo, con los olores. Permanecen más porque son más neutros. La hierba segada, el olor a mar, la mañana temprano, en el campo, las casas cerca del ganado, la noche en los pueblos de la montaña… Los ingredientes son los mismos. Siempre. No pasa igual con las recetas. Una pizca más de sal y, zas, ya no es igual. El pasado nos sirve. El estable y el menos estable.

Porque el presente se convierte en pasado ya, ya se ha convertido, y el futuro como tal no existe. Solo es una posibilidad. Una posibilidad que va convirtiéndose en acto en la medida en que se convierte en presente y éste, en un pis pás ya es pasado. Menudo lío, o no. Las cosas son así. Y así muestran cómo es de relevante y significativo en nuestras vidas.
Soy de los que creo en el pasado. Priorizando el presente, el aquí y ahora. Claro, un aquí y ahora que serán pasado reciente según se saborean. O se aborrecen. Y ese presente que se convierte en pasado como alma que lleva el diablo, no es sino el andamio en el que se construye nuestro futuro. Ladrillos de emoción, de sensaciones, palabras, ideas, llantos, tristezas, sonrisas y carcajadas.

La educación de nuestros pequeños no es otra cosa que ayudarles a construir un pasado desde el que puedan impulsarse, firmemente agarrados a la pértiga que le catapultará más allá de cada presente, más allá del inalcanzable futuro. Los adultos sabemos mucho de esto. Porque tenemos muchos pasado, muchos pasados. Y sabemos de qué estamos hablando. Del poder de recordar sin ira, con cariño, con afecto, con humildad…

La tarea de los adultos no es, no puede ser, subirles a un caballo ganador, sin más. Porque, a pesar de que los vemos (a los caballos), no existen. Sabemos mucho de ello los adultos. Como sabemos del valor del esfuerzo, de la capacidad para renovarse cada día, del dolor en la rodilla cuando tropiezas y te caes. Sabemos también del chorro de adrenalina ante las dificultades. Y no sé si sabemos mucho de esto pero, deberíamos. Sabemos mucho, o no, del poder que inspira el hacer las cosas uno mismo, sentirse útil, ser valorado, querido, respetado. Y también educado, en el buen y amplio sentido de la palabra. Ayudarles a construir un pasado de valor, coraje y sencillez.

La paella ha caído. Del todo. Pero aún es presente.

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