José
Antonio Luengo
Me acabo de apretar
un plato de paella de las que hacen historia. La paella
recién comida ¿es pasado o presente? Es pasado porque está sometida a jugos gástricos
desde hace un buen rato (la siesta ha debido hacer el resto). Pero, sin
embargo, está muy presente. En la foto que he hecho de ella a medio vaciar, en
la mente y el recuerdo, en el regusto que se te queda a pesar del cepillado de
los dientes… Está presente. Y lo estará hoy, seguro, porque hablaremos de ella,
de quien la hizo, del sabor a leña, del pollo que la completaba… Está presente,
e inmortalizada con la foto.
Presente, pasado, futuro?
Los que vivimos la época de Barrio Sésamo, bien como
niños, bien como padres novatos, sabemos identificar bien lo fácil que se nos
hacía comprender capturar las nociones cromáticas, espaciales, temporales… Los
tamaños o las diferentes naturalezas de las superficies. Esto está cerca. Ahora estamos lejos. Esta manzana es grande. Ahora
estoy dentro. Tú estás fuera. Todos
dentro, todos fuera, ahora arriba, ahora abajo… Así se expresaban los
muñecos de Barrio Sésamo. Y, fuéramos niños o menos niños, observábamos atentos
la sencillez con la que pueden explicarse las cosas y, respirábamos hondo
porque éramos conscientes del orden del mundo, de nuestro mundo. Y también,
ojo, de lo relativo que es todo. La idea de la perspectiva es una de las más
nociones más complejas en el descubrimiento del mundo. Pero es esencial. La perspectiva
da visiones del mundo diferentes. Y, lo mejor, nunca lo peor, todas válidas. Y
veraces. Todo es relativo, vaya.
Depende del cristal con que se mire… Pero es verdad que
el antes, el hoy, el cerca, el más o el suave, cobran sentido si existe un
después, un ayer o un mañana, un lejos,
uno menos o un áspero. Son las cosas que
tiene la vida. Todo suele tener su contrario. Y nos movemos de uno a otro sin
solución de continuidad. Hoy estoy bien, mañana regular. Hoy me levanto antes,
mañana después. Hoy quiero mucho, mañana… quién sabe! Hoy me quieren mucho.
Mañana… menos. Bueno, no. Quién sabe! A veces todo un lío, hay que reconocerlo.
Nosotros, los adultos, hablamos mucho del tiempo. Sobre
todo cuando va acumulándose en nuestras espaldas, como el cansancio tras una
larga carrera. Lo notas al terminarla, luego te duchas, descansas y… hasta la
próxima. El cansancio se acumula en tus músculos, tus huesos, tus arterias.
Pero también te hace más fuerte, más resistente. Es lo que tiene madurar. Te
pierdes cosas pero las que vives, si no te da un mal, son mil veces mejores.
Pero es verdad que se acumula. Y un día te dice. Amigo, hasta aquí hemos
llegado. Y te vas. Unas veces pronto, otras, tarde. Lo ideal es no irse nunca.
Y nunca te vas si tienes pasado, si te lo has currado, si has vivido. Si has
ayudado a vivir. Si te recuerdan. Con cariño. Solo si te recuerdan con cariño.
Si te recuerdan con ira, te has ido Para siempre. No estás. No vale. Nada.
Utilizando las nociones que nos proporciona el tiempo,
podemos hablar de nuestro pasado, del presente que vivimos y del futuro que nos
espera. Y es difícil cuestionar esta forma de parcelar la realidad, nuestra
realidad, la que hemos sido, somos, y, cabe la posibilidad, seremos. Además,
por qué tenemos que cuestionar todo. Esto es fácil de entender. Vivimos
(pasado), vivimos (presente) y viviremos, claro. Un poco al menos.
No me parece demasiado justo que se hable mal del pasado.
O que se le ningunee, apelando a nuestra capacidad para hacer presente y, sobre
todo futuro. Está bien. Me parece bien. Creo en esa manera de ver las cosas.
Pero nunca a costa de abandonar en un rincón inhóspito nuestro pasado, nuestros recuerdos, lo que fuimos y por qué
fuimos, cómo fuimos, incluso cómo pudimos ser. A mí me gusta el pasado, pero no
hablo de mi pasado personal. En él hay cosas que me gustan y otras que no. Pero
me han configurado como soy. Con sus luces, pocas, y sombre, bastantes, seguro.
Lo importante es que el pasado es lo único real. Porque
el presente se convierte en pasado en le momento en que lo estás viviendo,
segundo a segundo. Y el futuro, pues eso. Es un futurible. El pasado reciente
lo recordamos más, claro, está más cercano. No tenemos que completarlo con
nuestras cosas, aunque, a veces, sí. Saben los neurocientíficos que en torno al
cincuenta por ciento de lo que recordamos de nuestro pasado lejano es, casi,
pura invención. Inventos que nos convienen, rellenos con los que completamos un
pasado que, en toda su totalidad, es imposible acumular, capturar, integrar. Y
eso, me parece también, está muy bien. ¿Por qué tenemos que quedarnos con lo
peor? Bastantes cosas malas nos ocurren para que, además, organicemos nuestro
pasado con mojones de tristeza. Aquí una
tristeza, en esta linde, otra… Uy!, mira, allá otro dolor! No. En absoluto.
¡Qué aburrido!
El pasado nos sirve. Y tenemos que revisarlo. El reciente
y el lejano. Todo nos explica por qué. Por qué hacemos. Y, lo que es más
interesante, nos puede explicar qué hacer. Y por qué hacer! Esta es la senda.
El pasado se nos graba. Se nos grabaron los olores, sensaciones muy estables
que despiertan nuestra imaginación y capacidad para recordar. Se nos grabaron los
sabores, menos estables, más ligados a lo que ponían ante nuestros ojos y gaznates
nuestras abuelas y madres. Fantásticos. Difícil de repetir. Por no decir
imposible. Tal vez aquellos sabores sin aderezos; la manzana o membrillos
recién cogidos del árbol (recuerdo las manzanas ácidas en la huerta de mis
tíos, en Alsasua), los melocotones del verano, en Logroño…Sí es más posible,
sin embargo, con los olores. Permanecen más porque son más neutros. La hierba
segada, el olor a mar, la mañana temprano, en el campo, las casas cerca del
ganado, la noche en los pueblos de la montaña… Los ingredientes son los mismos.
Siempre. No pasa igual con las recetas. Una pizca más de sal y, zas, ya no es
igual. El pasado nos sirve. El estable y el menos estable.
Porque el presente se convierte en pasado ya, ya se ha
convertido, y el futuro como tal no existe. Solo es una posibilidad. Una
posibilidad que va convirtiéndose en acto en la medida en que se convierte en
presente y éste, en un pis pás ya es
pasado. Menudo lío, o no. Las cosas son así. Y así muestran cómo es de
relevante y significativo en nuestras vidas.
Soy de los que creo en el pasado. Priorizando el
presente, el aquí y ahora. Claro, un aquí y ahora que serán pasado reciente según
se saborean. O se aborrecen. Y ese presente que se convierte en pasado como
alma que lleva el diablo, no es sino el andamio en el que se construye nuestro
futuro. Ladrillos de emoción, de sensaciones, palabras, ideas, llantos,
tristezas, sonrisas y carcajadas.
La educación de nuestros pequeños no es otra cosa que
ayudarles a construir un pasado desde el que puedan impulsarse, firmemente
agarrados a la pértiga que le
catapultará más allá de cada presente, más allá del inalcanzable futuro. Los
adultos sabemos mucho de esto. Porque tenemos muchos pasado, muchos pasados. Y
sabemos de qué estamos hablando. Del poder de recordar sin ira, con cariño, con
afecto, con humildad…
La tarea de los adultos no es, no puede ser, subirles a
un caballo ganador, sin más. Porque,
a pesar de que los vemos (a los caballos), no existen. Sabemos mucho de ello
los adultos. Como sabemos del valor del esfuerzo, de la capacidad para
renovarse cada día, del dolor en la rodilla cuando tropiezas y te caes. Sabemos
también del chorro de adrenalina ante las dificultades. Y no sé si sabemos
mucho de esto pero, deberíamos. Sabemos mucho, o no, del poder que inspira el
hacer las cosas uno mismo, sentirse útil, ser valorado, querido, respetado. Y
también educado, en el buen y amplio sentido de la palabra. Ayudarles a
construir un pasado de valor, coraje y sencillez.
La paella ha caído. Del todo. Pero aún es presente.
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