12 de marzo de 2013

Niños pequeños


Niños pequeños
José Antonio Luengo


No sabemos muy bien cómo lo hacen. Pero inspiran tanta ternura que uno, al verles, siente y percibe, de manera incombustible, el valor de la vida. El corazón de la vida. El alma de la vida. Al verlos. Al presenciar sus movimientos, sus miradas, qué hacen y cuándo; y por qué lo hacen. Crecen absorbiendo, bebiendo, capturando lo que surge, lo que le proponemos, pero, también, o sobre todo, aquello que específicamente sobresalta su mirada. Porque sí. Sin influencias externas. Aquello que impresiona sus sentidos y estimula la comprensión de las cosas, del mundo circundante.

Su cerebro explota, a cada instante, en un flujo permanente de idas y venidas, de estímulos que saltan a su alrededor; que enredan y modifican su mente. En un mar de ilusiones, expectativas, tesoros, magos y descubrimientos. Crecen descubriendo, amando lo que tocan. Y las veces en que pueden tocarlo. Dejándolo caer, empujándolo, saboreando su esencia. Miran y escuchan,.Se dan la vuelta y observan. Miran de frente. Sin miedos. Sin parar. Todo sonido tiene un significado. Como un movimiento, un suspiro, una mirada, un llanto, una sonrisa; un timbre que suena, un perro que ladra. Una mariposa que aletea ante sus ojitos.

Sus manos inexpertas no llegan. No llegan a capturar físicamente lo que surge a su paso. Pero sí sus ojos. Y su mente. Mentes inquietas que todo lo quieren tocar, ver, sentir, acariciar. Un mundo para ser tocado, investigado, supervisado. ¿A qué sabe? ¿Cómo suena? ¿Se rompe? ¿Qué es? ¿Para qué sirve? 

Todo sirve para todo. De ello se encarga su capacidad para representar, para jugar. Desde lo simbólico. Protagonizando la vida, sus objetos, las personas, las acciones y los hechos. También los sentimientos y las emociones. Y el movimiento. Claro, el movimiento. Aprenden a vivir, viviendo. Experimentando, indagando el porqué de las cosas. Y buscan inquietos. Inquietos viviendo, pensando, haciendo y sintiendo.


No paran. Pero ¿cómo podrían parar? Si el mundo es un territorio a ser conquistado, cogido, pesado, besado, tirado, oído, sentido. Hasta entendido. Un mundo que se encuentran y que llegan a cambiar. Cada vez que se mueven y hacen. Casi con su mirada. A toda velocidad. Disfrutando. Ejerciendo la vida. En su sentido más amplio y verdadero. Pisar, chapotear, saltar, agitar y sentir. Siempre sentir. Sin sentir no se crece. No se madura. Si no se siente, la mente no va, no marcha.


Poco a poco, su mundo cambia. Poco a poco todo cambia. Y ellos cambian. No siempre para bien. Menos tiempo para ser libre. Todo es más lento, más previsible. ¿Más aburrido? A su alrededor crece, imparablemente, la conciencia. Cierta conciencia. De las cosas, de lo que se puede y debe hacer. Cabe pensar que es lógico. Pero perder la ilusión es trágico. Abandonar la creatividad, la imaginación. A golpe de receta, de canon, de esquema preconcebido (por otros, por el mundo adulto, claro). Perder la imaginación es el fin. La capacidad para emocionarse y ascender. Al mundo de los sueños. De la espontaneidad y mirada clara. Donde la emoción mueve nuestro corazón. Donde todo puede volver a sorprendernos. Para siempre.







No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Seguidores