11 de octubre de 2013

Los destacados




Los destacados
José Antonio Luengo





En la vida uno se encuentra, de vez en cuando con personas que, nada más verlos, casi escucharlos, uno siente que son especiales. Que son desatacados. Que destacan por sus valores, por su manera de relacionarse, ser y estar con los demás. Que destacan por como miran, como tratan. A los demás. A los que conocen y a los que no. Se le identifica casi por cómo andan. Por lo que trasmiten con su sonrisa, con sus palabras, con su capacidad para decirte, solo con una mirada, que existes, que eres importante, que sabe quién eres. Y aunque no sepa cómo (cómo eres), se pone en situación casi enseguida, inmediatamente. Sin darte cuenta. Necesita poco. Estar un rato contigo, escucharte, leer tus labios. Te ve, ve tu interior, lo que sale y quiere salir, lo que vive alojado casi sin que sepamos que está, que vive ahí. 

En la vida, a veces, uno tiene la fortuna de encontrarse con personas destacadas. Se le identifica bien. Cuando hablan y también cuando guardan silencio y simplemente están. Notamos que sobresalen. Pero por su bondad. Por su capacidad para enganchar, para sumar, unir, construir. Y lo hacen acariciando, con suavidad. Su voz suena casi débil, como si no quisiera casi sonar. La opinión, su opinión,  surge tranquila, sencilla, humilde, discreta. Casi sienten rubor al expresarla. Y resaltan la duda, la incertidumbre. La infalibilidad les da pavor, se escapan de ella. La arrogancia les entristece. Simplemente se van, o se callan. Están y miran pero ya no están. Se han ido, con la mente, y con el corazón. Y, por supuesto, con el alma. Se han marchado. Aunque su cuerpo, su rostro y mirada estén todavía ahí.

Su presencia se hace notar. Pero es su capacidad para escuchar lo que llama la atención. Y encontrar el lado bueno de aquéllos con quien comparte rato, espacio, conversación, comida, café o paseo. Viven, casi, de modo vicario, de la felicidad de los demás, de sus buenas sensaciones, de verles reír, sentir, asentir, vibrar, hablar, expresar, saltar. Saltar de alegría… Viven, casi, de la alegría de aquéllos con los que camina. Y para ella. Porque quieren. Porque aman. Por su bondad. Y tranquilidad. Por la tranquilidad que dan, que trasmiten.

A veces uno encuentra a personas que dan paz. Que te hacen sentir en paz. Que hacen que tus preocupaciones sean menos preocupaciones. Que tus cuitas, menos cuitas; tus penas, menos penas. Su mirada captura tus intenciones, reduce la tensión, conduce la energía. Tu energía. Que quiere salir, impulsarte, encontrar la salida, escapar del dolor. Y están ahí. Su presencia, su mirada cómplice, cariñosa. Su bondad. En cada gesto, en cada silencio, en cada cuidada palabra. Saben que saben pero piensan que saben poco. Y están convencidos de ello. Y respiran y trasmiten humildad. Hasta cuando la duda, esa duda que adoran, no aparece; en sus palabras. En su discurso. Y ahí, en ese momento, suelen darse cuenta. De que probablemente no tengan razón. Al menos, no toda. Y tienden a parar, a callar. A retirar la posible certeza de lo dicho. A matizar, y advertir. Es solo una opinión. Nacida y crecida de la sabiduría de muchos. Nunca de ellos. Y admiten que se equivocan con frecuencia. Y hoy, aquí y ahora, puede ser uno de esos momentos.

Hay personas que destacan. Precisamente, por no destacar. Por caminar silenciosas, por huir del ruido, de la aseveración concluyente. Incontestable. Por incomodarse con la petulancia. Propia o de otros. Les repugna si caen, ellos mismos, en ella. Se miran y sienten vergüenza. De sí mismos. Y procuran aprender. Sobre todo de sus propios errores. De sus equivocaciones. Porque los errores, cuando son de los demás, casi ni existen. Todos tienen su explicación. Y con ella, y hasta sin ella, el abrazo cálido de comprensión, casi de mimo. De confianza y complicidad. De esos que dicen: “estoy aquí, a tu lado, sobre todo, ahora, cuando piensas que no mereces nada…” Y no es verdad. Porque nunca es eso verdad. Eso de que no mereces nada. Especialmente cuando te equivocas.

Porque el error, cuando es de otro, es el germen de crecimiento, de quien lo comete. Y acompañar y querer, ahí, en ese momento, es lo pertinente. Para ellos, los destacados. Lo que vale. Lo que ayuda. Lo que cuida. Porque los otros son, siempre, los más importantes.

Esos son los destacados. Te dan paz. Calladamente. Humildemente. Solo ves bondad. Y, claro, eso lo es todo. Y te hacen sentir que todo, todo, merece la pena. Ven lo mejor que hay en ti. Y lo muestran orgullosos. Y nos hacen, al menos, por momentos, verlo. Y sentirlo. Y, también, sentirnos orgullosos de ello. 

Encontrarlos, a veces, es cuestión de suerte. O no. Hay que mirar y acercarnos. Yo he tenido esa suerte. Y es especial.



4 comentarios:

  1. Precioso texto, José Antonio. Me ha emocionado una vez más. Y yo también creo que he tenido mucha suerte en esta vida de conocer gente de este tipo que has dibujado tan acertadamente. Es una autentica gozada que todavia haya gente en el mundo como la que has descrito. Saludos.

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  2. Sus miradas casi enamoran. Y es mágico saber que están a tu lado!

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  3. Hay personas que son lo que tú dices en este articulo, pero sólo con los niños. Con nadie más. No importa que sean altos, bajos, guapos o feos. No es que destaquen, nadie se da cuenta de esa cualidad, pero los niños en seguida sienten esas cosas de las que hablas cuando están con esas personas y se sienten de alguna manera felices. ¿Por qué sólo con los niños?

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  4. Creo que tienes mucha razón, José Antonio. Es una buena reflexión. Tal vez porque no hayan dejado de ser, realmente, nunca niños. Y vivan esos momentos como espacios mágicos...

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