24 de febrero de 2014

Las cuatro paredes


Las cuatro paredes…
José Antonio Luengo



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Jueves, 20 de febrero
La Bocacalle

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Los abusos sexuales a menores de edad siguen siendo unos grandes desconocidos. Desgraciadamente. No porque falten ciencia doctrina, teoría o práctica. No porque se ignore qué son, a qué obedecen, cómo se producen, cuánto duelen…  Cuáles son sus efectos. Y cuánto impregnan. Cuánto se introducen en los tejidos, en la carne misma, en la mente y el alma de quien los padece.

Son unos desconocidos, aún. Desgraciadamente, insisto. Por lo que se ocultan, por lo que se tapan, por lo que se ignoran. Por lo mucho que se mira hacia otro lado. Escudados en hipócritas dudas, o peor, en deleznables y bastardos intereses, la sociedad, y sus individuos, siguen, seguimos, siendo cómplices del oprobio, de la afrenta de las afrentas. Justificando lo injustificable, cargando, incluso, contra quien sufre, contra quien denuncia, contra quien se duele y explica, por fin, a cara descubierta, que no puede más. Que le ayuden a acabar con esa tragedia que la acecha cada segundo, cada instante de su vida. Y que no se disolverá. Y quien es víctima se acaba convirtiendo en instigador del execrable hecho. En el fondo se encuentra, con ojos malévolos y encendidos, el más espeluznante machismo. Lacerante. Con ojos encendidos de impulso irrefrenable. De capacidad para hacer sufrir. Y culpar a quien sufre de su propio dolor.

Lo último en tendencias de ocultamiento anida en los límites definibles y tangibles de un despacho. Las cuatro paredes. Las cuatro paredes de un despacho profesional. Donde se vierten los más malolientes desperdicios del comportamiento humano. Y, también, donde se tiene la obligación no solo de escuchar. Sino de proteger. Defender. Protegidos por códigos como el secreto profesional somos capaces de enrojecer de silencio. De callada respuesta. Apelando a principios jurídicos razonables, nos permitimos cerrar el cajón con el sufrimiento dentro. Sin pensar, o pensando, que es peor, en las consecuencias de la inacción. Con quien conoces y ha depositado en ti su dolor y, no lo olvidemos, con quien aun sigue ahí sin hablar, expuesto o expuesta al insondable quebrantamiento de lo más sagrado que atesoramos. Nuestra libertad. Nuestra dignidad. Lo sagrado de nuestro cuerpo. Y de nuestra alma, unida a él de manera inseparable. Huidizos y esquivos, buscamos el rincón para eludir responsabilidades también sagradas. Salvaguardar al más débil. A quien no sabe ya hacia dónde mirar para encontrar un espacio de paz y sosiego.

Escondidos en las miserias humanas más despreciables, los abusos sexuales a niños, niñas y adolescentes representan la faz más siniestra de la experiencia humana. Y, claro, de algunos que aun se llaman seres humanos. La cara ominosa y cruel del perpetrador, del delincuente voraz, mezquino. Y, por supuesto, de quienes sabiendo, callan. Su conciencia les dirá en breve muchas cosas. Y no solo su conciencia. Atrás quedan las mil experiencias sórdidas vividas por pequeños, por niños y niñas; por adolescentes.  Vidas quebradas durante mucho tiempo. Quebrada su confianza en el amor, en el abrazo, en el cariño, en la lealtad; y en el respeto.

En cuatro paredes se produjo el dolor. En cuatro paredes se relató. En cuatro paredes se quedó. Con su asqueroso hedor. Y terribles consecuencias.




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