16 de noviembre de 2014

A veces un recuerdo

A veces un recuerdo
José Antonio Luengo


A veces te asalta un recuerdo. Como te sobrevienen las dudas. O el miedo. O el rencor, la alegría o la pena. Te asalta en el sentido explícito de la palabra. Sobreviene, irrumpe, acomete repentinamente, por sorpresa. De pronto. Pretende, claro, conquistarte. Superar tus defensas;  y se despliega,ya, en tu mente. En tus pensamientos.

En ocasiones enseña el recuerdo sus puntiagudas garras. Las que quieren agarrarte y, si pueden, desgarrarte. Pausadamente, que hace más daño.  Te atrapan y, zas!, te vapulean, golpean y zarandean. Como un pelele. Así te sientes. Eres, en ese momento, un muñeco de paja lanzado de aquí para allá sin saber cómo parar, cómo huir. Del dolor que te asalta. Ese recuerdo que te oprime y te lleva a la mirada amarga de lo que hiciste, te hicieron, viste o viviste. O vivieron.

A veces, sin embargo, tenemos suerte y el recuerdo nos envuelve en dulces imágenes, olores y aromas que entendíamos enterrados, pasados a mejor vida. Pero que endulzan, rápido, nuestra mirada, ese pequeño momento que,  sin pretenderlo, enciende mil sensaciones del cuerpo y del alma. Esas que nos recorrieron, sin percibir, entonces, el ancla que depositaban en el lecho húmedo de nuestra vida.

Y, por supuesto, hay veces, benditas veces a mi entender, que inunda tu ser una suerte de marea nostálgica, unida a ese momento, a esa tarde, a esa cálida noche. A esa mano en tu mano, esa pupila dilatada, ese andar callado, ese torpe decir o hacer, inundado por el nervioso runrún que bloquea tu mente… No son estos recuerdos de sonrisa fácil, de alegría sin contención. Son más bien, a ellos me refiero, gotas de nostalgia que golpean tus sienes. Y envuelven tu pensamiento de dulce tristeza. De mágica sensación de melancolía. No saltas ahí, en ese instante. No hay júbilo ni brincos. Hay, más bien, cierta dosis de tristeza. Suave, delicada, sin embargo. Amable, incluso. Ven, mira, escucha, toca, parece decirte. Ven, sonríe, detente, calla… Conmuévete!

Son instantes, a veces un poco más que instantes. Se unen a nuestro ser por segundos, minutos, un buen rato, si somos listos. Traen a tu vida, la actual, esa parte de la que viviste y te hizo bien. Te hizo importante. Dueño de un alma, de una vida, de un presente, de alguien querido. Muy querido. Normalmente, sí, con alguien amado.

Pasó, los sabemos; no vuelve; lo sabemos. Pero está en mi mente, es decir, que sí está. Dormía acomodado, calentito, en los cojines donde tu existencia ha ido acomodándose, poco a poco, progresivamente, ordenándose sola para dar paso a nuevas historias, nuevos hitos, nuevos retos. Pero vive en ti,  confiada de aparecer. Un día. Y asaltarte. Como te asaltan las ideas, o la ira, o el reproche, o el amor. O el silencio.

A veces surgen. Nostalgia en tu presente que habla a nuestro corazón de luces de paz en tu pasado. De momentos tranquilos y felices. Al abrigo del calor de los tuyos. O del sol. O de la luna de agosto. Majestuosa en el cielo. Tan lejos y tan cerca.

Estos recuerdos deben- ser- cosa de la edad, creo. O, al menos, es posible que así sea. Llegados a cierto tramo del camino, la mente busca encontrar momentos para refrescar tu existencia. Deseosa de seguir sintiéndose útil, te acerca al pasado aprovechando resquicios, episodios, lugares, olores o simplemente momentos de soledad. Ahí se encuentra a sus anchas. Y dibuja líneas, trazos; lanza susurros, te sopla a los ojos o acaricia tu brazo… E insinúa luces, arena, hierba, sabores y aromas. Y a veces, no siempre, su sigilosa estrategia da en el blanco. Y vuelves al pasado. A un pasado ligado a la infancia, a los tuyos, tus hermanos, tus padres, tus primeros amigos, la gente con la que viviste y te hiciste. Con su calor, a su regazo. La nostalgia anida en ese pasado, en ése especialmente; en el de los juegos,  las conversaciones durante la cena, los paseos. O el día en la playa. Esa noche de verano, todos juntos, retrasando adrede la hora de irse a la cama. Esa noche interminable, donde el fuego, el calor, la risa, el diálogo, la complicidad y el cariño flotaban y recorrían cada instante vivido. Inspirador e irrepetible.

Hoy volvía a pasear con mis padres y hermanos camino de la estación. Con mi bici trazaba mil piruetas, millones de pequeños e impredecibles giros. La sonrisa de mis padres, la conversación con mis hermanos. Mi madre pendiente de dónde andaba yo con la dichosa bicicleta. La mirada paciente, contagiosa y cómplice de mi padre. Atardece y vamos juntos los seis. Nos espera la estación de tren. Y su mágico ir y venir de locomotoras y mercancías. Nos espera la cantina, su terraza. Allí nos esperan los refrescos,  las aceitunas y las patatas fritas. Y más sonrisas. Y miradas. La magia del cariño, del amor incondicional. Incombustible.


Aún tiemblo.

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