26 de mayo de 2016

Acoso entre iguales (10): El papel de los padres en su prevención

José Antonio Luengo




El papel de los padres en la prevención del acoso entre iguales. Representa un tema clave. Y no creo que se hable suficientemente de él. Es este un tema que sobrevuela el análisis del fenómeno del acoso entre iguales, como si se tratase de un despistado oyente que pasase por allí y se quedase a escuchar lo que se dice. Y, sin embargo, es un elemento nuclear sobre el que se necesita profundizar notablemente.

Hablar del acoso entre compañeros, o del ciberbullying en su caso, suele arrinconar casi siempre a la escuela como la responsable de casi todo, con escasas posibilidades de maniobra para ésta. Haciendo referencia al pasado, un pasado real, en el que ideas erróneas que todos nos sabemos de memoria describían una realidad en la que el maltrato entre iguales pasaba por ser una cosa de chicos, una suerte de broma sin trascendencia, una experiencia para crecer, incluso... En fin. Afortunadamente, las cosas están cambiando. Y estimo que para bien. Sin dormirnos en los laureles, pero para bien.

El acoso escolar, así lo denominan, o el ciberbullying, o acoso entre iguales en el mundo virtual (el ciberacoso es un término que técnicamente se relaciona con situaciones en las que se ven implicados adultos) son dos fenómenos en uno que, de una manera directa, suelen ser relacionados con el funcionamiento, las condiciones organizativas y metodología de los centros educativos, las relaciones interpersonales que allí se producen, la falta de empatía de los adolescentes o la actitud y preparación del profesorado. Y hasta con el currículo que se imparte. Todos responsables, muy responsables, desde los desnortados chicos y chicas, hasta los miopes profesores, de un fenómeno que, ya sabemos (nos ha costado mucho pero ya sabemos) crece, se desarrolla y, cuando toca, hace sufrir a quien le toca. Y mucho. Hasta límites difíciles de expresar.

Pero este fenómeno, lo repito siempre que tengo oportunidad (perdón por ello), no nace específicamente en las escuelas, sino que anida y se desarrolla en ellas. No emana, en general, de la estructura sistémica que sostiene la vida de las comunidades educativas. Aunque sí es verdad que ésta, la estructura, puede abonar (cuando ni es estructura ni es nada, claro) o detener (si prima y se valora la convivencia pacífica como eje nuclear del centro) su crecimiento y diseminación. 

Buscar culpables en general se nos da bien. Y a quien suscribe también le pasa, por supuesto; uno no escapa con facilidad de la posibilidad de señalar a aquel o aquellos que están en la matriz de comportamientos como los que son de referencia. Y normalmente suelo orientar la mirada crítica a la banalización de la violencia con la que convivimos. Hasta, casi, acostumbrarnos a ella. De modo increíblemente acrítico. Como sociedad, ya no nos asustamos de nada. El umbral de sorpresa e indignación está tan elevado que poco o muy poco sobresalta nuestras emociones. Malos modos, arrogancia, individualismo, chulería, soberbia y violencia caminan a nuestro lado mientras vivimos. Así sin más. Los medios de comunicación muestran de modo intenso y extenso una realidad cruda que acaba por penetrar en nuestro tuétano. Y mezclarse, y diluirse, seguramente, en nuestro ADN. De polvos y lodos sabemos todos mucho. Nada es neutro en la vida. Y menos cuando hablamos de la educación.

Es necesario que todos nos impliquemos en este proceso para prevenir de modo activo, claro, evidente, con convicción y seguridad. Mirando de frente. Y los padres y madres también, especialmente. La prevención del acoso, del maltrato y la violencia entre iguales requiere del compromiso de padres y madres en la educación de sus hijos. Nuestro papel y responsabilidad en la educación no tiene parangón. Desde que presenciamos su llegada a este mundo, a nuestro mundo; desde que observamos sus primeras miradas, sus primeros pasos; desde que escuchamos sus primeras palabras… Desde que se aferran con sus manitas a la mano que les ofrecemos. Desde el día en que se nos cae la baba reconociendo su primera mueca de sonrisa. 

El día a día. Cuidar la actitud, la escucha, la capacidad para dialogar, analizar los hechos, responder con ecuanimidad y compasión. Despreciar la violencia, responder a ella con los valores prosociales básicos. Nuestro comportamiento en el espejo. Modelar la ayuda, la solidaridad, el apoyo, el compañerismo, el aprecio, la sensibilidad. Defender y cuidar a quien no se sostiene, a quien apenas se atreve a mirar, a levantar la voz, a pedir ayuda. El ejemplo y el modelo, el nuestro, como herramientas esenciales.

Educar para la vida, también, para el afrontamiento de situaciones difíciles. Que llegan poco a poco en sus vidas, la de los pequeños, y van a llegar, incrementadas en número y complejidad. Explicar, mediar, sostener, pero aceptando la frustración de nuestro hijo como estructura esencial en la construcción de una personalidad sana.

La prevención de la violencia entre iguales, del acoso entre compañeros empieza, también, antes de que nuestros niños, niñas y adolescentes pisen incluso los pasillos y aulas de su primera escuela, antes de que conozcan a los que van a acompañarles durante esa experiencia, con anterioridad, incluso a que oigamos, si somos padres primerizos, que esto del acoso es un problema. Ahí empiezan muchas cosas. Muchas.

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