19 de septiembre de 2011

Cuando duele la red: sobre la intimidad y la dignidad en la red.

     


José Antonio Luengo

El Defensor del Pueblo ha elaborado recientemente (2010) un estudio[1] de gran interés al respecto de los contenido de las “pantallas” y, por supuesto, de Internet: “la Programación y contenidos de la televisión e internet: la opinión de los menores sobre la protección de sus derechos.”. “Tejen sus amistades en el ciberespacio. Tanto que cuatro de cada 10 tienen amigos virtuales a los que no han visto nunca. Dedican gran parte de su tiempo —el 42%, más de dos horas al día en jornadas lectivas— a navegar por Internet y a ver la televisión. También en el llamado horario protegido, y sin ninguna pega por parte de sus padres. Son lo que algunos han llamado la generación búnker: los menores de entre 12 y 18 años, que han interiorizado tanto el uso de las nuevas tecnologías que ya no podrían prescindir de ellas”[2]. Entre las conclusiones del estudio se cita algunas especialmente significativas: El 64% de los adolescentes cuelga imágenes privadas (tanto propias como ajenas) en Internet, sin ninguna protección. El 14% asegura haber recibido proposiciones sexuales; y el 11%, insultos y amenazas a través de la Red. Además, reconocen que sus padres apenas controlan el uso que hacen de la Red. Seis de cada 10 menores navegan sin que ningún adulto se meta con el tiempo que permanecen conectados ni con lo que hacen en Internet.

Parece evidente. En este contexto, no hay que indagar demasiado para saber, además, que la edad de acceso a las redes sociales está descendiendo notablemente. Tuenti, la red social online más popular en España entre los más jóvenes, ha adoptado en 2009 una medida significativa tras la intervención y solicitud expresa de la Agencia Española de Protección de Datos. Si bien encontrar mecanismos para verificar la edad de los menores y protegerles de los riesgos que esconde la Web aún es complicado, los menores en Tuenti deben acreditar su edad mediante el envío del DNI.

Un nuevo ejemplo. Madrid, finales de diciembre de 2009. Sobre la utilización perversa de las webcam. La Policía Nacional detuvo a tres hermanos por hostigar mediante grooming a varias menores de edad[3]. Los chicos amenazaban a las niñas para que conectaran la webcam y les exigían realizar determinadas acciones de índole sexual siguiendo sus indicaciones. En el momento del registro del domicilio de los arrestados, éstos estaban descargando archivos de pornografía infantil. La operación se inició como consecuencia de la denuncia interpuesta por la madre de una de las víctimas menores de edad. La mujer manifestaba que su hija de 14 años estaba siendo víctima de amenazas y abuso sexual por parte de uno o varios individuos que, tras contactar con ella a través de Internet y ganarse su confianza, la convencieron para que enviase imágenes de ella desnuda para realizar cibersexo. Una vez obtenidas las fotografías comprometidas de la menor, comenzó a sufrir amenazas para que continuase enviando más y se mostrase a través de la webcam. Los arrestados habían facilitado también a las menores enlaces a páginas Web con contenido pornográfico de adultos y niños. No siempre son adolescentes o jóvenes los que están detrás (nunca mejor dicho) del asunto. En este caso, al otro lado de la cámara. 

El grooming child grooming es un sistema empleado ordinariamente por pedófilos y pederastas para ganarse la confianza de menores a través de Internet y obtener concesiones sexuales por parte de éstos. Se trata de acoso sexual a través de la Red, que se inicia a partir de un acercamiento logrado mediante engaños en los que el ciberacosador (generalmente haciéndose pasar por menor de edad) obtiene material audiovisual comprometedor, pasando posteriormente al chantaje para obtener imágenes con contenido sexual. En algunos casos llegan incluso a producirse encuentros en el acosador y la víctima.

Podríamos seguir. Ejemplos no faltan. El atentado a la dignidad de la persona es flagrante. Y, tal como se ha expresado con anterioridad, la vulneración integral de la intimidad, el honor y la propia imagen. De una vez. Manoseados, pisoteados, maltratados. Los efectos sobre la persona afectada indeseables, en muchas ocasiones dramáticos. El tablón de anuncios virtual, globalizado llevará su imagen, su alma, a rincones insospechados. Su alma, su corazón. Acceso indiscriminado a lo que soy, a lo que me ha pasado, a lo que me han hecho, a lo que han dicho o escrito de mí.

En ocasiones es nuestra propia acción la que genera el problema. Nos alojamos sin más como meros objetos. Fotos, datos personales, privados, íntimos son accesibles a partir de ese momento para un sin fin de usuarios de las tecnologías, de las redes de comunicación virtuales. En otras ocasiones, la intrusión viene de fuera, vía fotografía robada, grabación y difusión de videos más o menos comprometidos, fotos manipuladas, grooming

 Esto no es una broma. Ha quedado claro. Sí, es verdad. Muchas de las conductas de esta naturaleza que se observan a diario tienen su origen en la chanza, en la risa, en la diversión de algunos, a costa, claro, del sufrimiento de otros. Pero no se piensa en eso. Siempre se ha hecho, dicen, y no ha pasado nada… Esto curte, energiza la personalidad de quien los sufre, dicen… Y en otras ocasiones, el origen de la acción es, amén de premeditado y alevoso, ominoso, deleznable. En gran mayoría de los casos existe causa delictiva. De mayor o menor peso y repercusión. A veces, solo a veces, sin que los propios chicos o chicas sean conscientes de ello. Ejemplos hemos podido leer en párrafos anteriores.

Sin embargo, la génesis, el porqué de la historia importa relativamente poco. Importa, y mucho, lo que se hace, lo que se ve, lo que muchos ven y leen sin tener que hacerlo. Importa, claro, el impacto a corto plazo. La sorpresa, la incredulidad, la sensación de ridículo, el desconcierto, la duda sobre quién o quienes habrán tenido acceso a lo que circula entre adolescentes, jóvenes y también adultos. Algo que se ha hecho circular a propósito. Dependiendo del tipo de acción desarrollada, la consecuencia puede ser especialmente dramática. Calumnias e injurias, delitos contra la intimidad, contra la libertad sexual… La acción de indeseables.

Y después vienen las consecuencias a medio y largo plazo. Dependerán, lógicamente de una buena cantidad de variables: naturaleza y propiedades de la intromisión, características de los dispositivos tecnológicos utilizados, difusión practicada, grado de estabilidad de las ciberagresiones, edad y características de personalidad de la víctima, rapidez en la respuesta a la agresión y apoyo a la víctima… Cómo queda grabada la experiencia en nuestras vidas, en nuestra manera de ver e interpretar el mundo. La lectura de la realidad trabada por una triste experiencia. El desarrollo de la personalidad[4] dañado. No son pocos los que han dejado de confiar en casi todo. Los que han visto nublar sus expectativas ante y con los demás. Los que han aprendido a dudar de las relaciones, del tú a tú. Y esto no es baladí.

Opera el todo vale. La sinrazón de la desinformación. El acceso indiscriminado de adolescentes y jóvenes a las tecnologías de la información, con escaso control por parte del mundo adulto sobre su uso, ha traído consigo la gestación de comportamientos cuanto menos indeseables definidos como ciberbullying o maltrato en la red y otros dispositivos electrónicos. Los ataques directos son variados y polimorfos. Acoso por mensajería instantánea o SMS, robo de contraseñas, informaciones en blogs o Webs, grabación y difusión de videos, envío de fotografías, encuestas en Internet, suplantación de personalidad, envío de programas dañinos… La vulneración de la intimidad, el honor y la propia imagen del otro muchas veces comprometidos.

En no pocas ocasiones, las aulas, pasillos, patios y servicios han dejado de ser los escenarios representativos del acoso a compañeros. La actividad se traslada a lo virtual, a la red. Los diferentes dispositivos tecnológicos y la vertiginosa progresión en la creación y adaptación de utilidades en los mismos hace el resto. En la base de esta historia, claro está, el interés, más o menos larvado, por hacer daño. Inherente también en los comportamientos presenciales que labran el maltrato en los espacios físicos.

Una imagen vale más que mil palabras, reza el dicho. A veces, esta expresión se queda corta. Muy corta. No somos objetos. Las personas no somos objetos. Hay cosas que hablan de nosotros, que nos definen o representan. Cosas que muestran nuestra identidad, nos hacen visibles, tangibles, interpretables. Pero son cosas nuestras. De nadie más. Hasta que dejan de ser nuestras y nuestra vida pasa a ser de común observación o lectura.

Tratar a los demás como meros objetos. Como si las cosas no fueran con ellos. Como si nada pasara. Sin pensar en las consecuencias. Incluso cuando no subyace mala fe ni escabrosas intenciones. Incluso cuando lo que pretendemos es, simple y llanamente, divertirnos un poco. Esto siempre ha pasado, se dice. Siempre hemos utilizado a alguien para provocar risas, dar a conocer debilidades, ridiculizar. Contar cosas íntimas de alguien o inventar hechos o vivencias indeseables de algún compañero. Colgar un cartel ofensivo en el tablón de anuncios del colegio haciéndonos pasar por otro o garabatear líneas o dibujos  ofensivos en la foto de una compañera que ha llegado a nuestras manos después de que alguien la haya sustraído de su carpeta del instituto… y pincharla en el corcho de la clase… Insisto, ridiculizar, sin más. El corro de compañeros ríe, se carcajea. Se muestra ufano, arrogante. Chulea de su atrevimiento, presume de su gracia, de su inacabable imaginación. Y pobre de aquel que no se mofe si se encuentra cerca de los depravados listillos.

La infancia y la adolescencia son etapas en las que aprendemos poco a poco a conocer la esencia de términos como el respeto, la dignidad, la empatía, la comprensión, y, por qué no, la compasión. En el camino, en este complejo tránsito de aprendizaje social y ciudadano, no es infrecuente equivocarse, dejarse llevar por la presión del grupo o por las propias inclinaciones. El objetivo, jugar simplemente, entretenerse, trastear, o, a veces, herir. Los medios, el cómo, utilizar a otro como un objeto, servirse de él, de su aspecto, características, defectos y, a veces, virtudes. Atacar las virtudes… Te gusta estudiar y casi no lo puedes decir porque te conviertes en objeto de risas y bromas. Lo que mola es mofarse del instituto, de los estudios, e, incluso, de algunos profesores (…/…) Te dolió mucho hace unos días que se riera de ti tu admirada Carla. Te tiene enamorado desde hace mucho tiempo. En un corrillo alguien te lanzó una puya. Y ella lo celebró con una carcajada que te heló la sangre. Te sentiste ridículo, te compadeciste de ti mismo”.[5]

El otro como un objeto. El resultado, para qué, la risa fácil, el cachondeo, pasar el rato. Sin meditar las consecuencias. Sin mediar la más mínima reflexión de lo que puede pasar por la mente y el corazón de aquel objeto de la burla, de la chanza, del engaño. Normalmente compañeros, iguales, a veces incluso amigos. Mucho se ha hablado ya del maltrato entre iguales, del acoso al que se somete a compañeros de clase o vecinos por parte de chicos o chicas del entorno, conocidos casi siempre. Este fenómeno, una experiencia dolorosa donde las haya para quien las sufre, supone ordinariamente una afrenta grave a la personalidad, un deleznable escenario en el que sojuzgar, dominar y hundir se convierten en las acciones básicas de una terrible experiencia de relación. Cada ocasión en que se maltrata a un compañero, se le veja, insulta, amenaza o excluye se produce un incuestionable ataque a su dignidad personal y, en no pocas veces, atentando de manera flagrante contra su intimidad, su honor o su imagen. Todo ello entendiendo estos conceptos en su acepción más amplia, trascendiendo incluso el amparo establecido y reflejado en el artículo 18 de nuestra Constitución o las referencias conceptuales y prácticas ligadas a lo ordenado jurídicamente en nuestro ordenamiento jurídico, como por ejemplo la Ley Orgánica 1/82 de Protección Civil del Derecho al Honor, a la Intimidad Personal y Familiar y a la Propia Imagen o la Ley 1/1996 de Protección Jurídica del Menor en su artículo 4.

La dignidad, en el fondo (y en la superficie) claramente vapuleada. La autoestima, como resultado, bajo mínimos. Las perspectivas de crecimiento y desarrollo junto a los demás, con los demás, echadas a perder. Perdidas las ganas, la ilusión por estar y ser con los demás. La soledad como referencia. El silencio como compañía. ¿Para qué luchar? Hay mucho detrás de todas estas palabras. Mucho dolor, sufrimiento y desánimo. Ser tratado como un objeto. Mi corazón, mi alma, mi honor, mi imagen, mi dignidad en las manos, sucias, de algunos. Sí, solo de algunos, pero de los que pesan, mandan y son referentes de los demás. Sin miramientos ni control.

Ya se ha dicho suficientemente. No podemos mirar hacia otro lado, esconder nuestras cabezas bajo el asfalto u ocultarnos tras argumentos tales como “es lo que hay, no hay quien lo pare…”. Es imprescindible actuar, de manera coordinada, sumando esfuerzos e ilusiones por hacer una sociedad mejor. El contenido a abordar no es sencillo, ni mucho menos. Ha alcanzado tales niveles de desarrollo que la simple observación sobre su necesidad de control y más adecuada gestión se hace ridícula. Las soluciones pasan por actuar en los distintos frentes que el fenómeno manifiesta: (1) La mejora y adaptación de nuestro ordenamiento jurídico en la materia que es de referencia; los pasos dados hasta el momento por la Agencia de Protección de Datos, a modo de ejemplo, son una referencia de respuesta ágil y segura. (2) La intervención explícita de las Instituciones y Administraciones a través del diseño e implementación de proyectos y programas de información, formación y sensibilización a la población infantil y adolescentes y a padres y educadores sobre el uso sano y seguro de las TIC y la prevención y corrección de los fenómenos de acoso y maltrato a través de los medios tecnológicos. Ejemplos como los anteriormente citados, solo algunos de los iniciados y puestos en marcha en la actualidad son un referente de por dónde orientar las actuaciones, cómo hacerlas eficaces y, especialmente, estables. De singular relevancia ha de considerarse el desarrollo de estas iniciativas en escenarios educativos, con la participación conjunta de padres, profesorado y alumnos y, especialmente, iniciando su implementación desde las primeras edades; es en este ámbito donde las posibilidades de abordaje preventivo adquieren mayor valor. (3) El apoyo de las Administraciones a la acción social de numerosas organizaciones y agencias que trabajan de manera denodada y profesional en esta materia. Algunos ejemplos de la calidad de sus propuestas han sido significados en páginas anteriores. (4) La acción correctora y de reproche, policial y judicial[6], cuando es necesario llevarla a efecto, pero especialmente educativa por parte del contexto escolar; es imprescindible actuar, reaccionar, llamar la atención sobre la repercusión e impacto de las acciones, arrinconar definitivamente la tesis de la impunidad por lo hecho, por la comisión de actos indeseables y delictivos. Y realizar acciones preventivas que permitan visibilizar el amplio espectro de circunstancias relacionadas que conllevan este tipo de situaciones en el contexto de comunicación e interacción entre nuestros adolescentes. (5) Y una última consideración de naturaleza transversal: es imprescindible el desarrollo de políticas que faciliten la compleja tarea de ser padre o madre hoy en día. Nos desayunamos frecuentemente con noticias que afectan de manera singular al comportamiento (negativo) de nuestros adolescentes y jóvenes. Cosas que ocurren, sin duda, circunstancias que pasan, hechos que se desarrollan en los diferentes rincones de nuestro país. No podemos negar los hechos, las evidencias y manifestaciones. Y parece razonable que se informe de ello. Pero es imprescindible apelar también a la reflexión sobre varias derivadas de este fenómeno. Por ejemplo, (a) sobre la representatividad de lo que se cuenta: ¿dan estas noticias una idea real y proporcionada de la vida de nuestros chicos y chicas, de su comportamiento cotidiano, relaciones, hábitos y costumbres?;  (b) sobre las consecuencias e impacto que lo noticiado causa en la visión y lectura social que se construye al respecto: los riesgos evidentes de la generalización y estigmatización; (c) sobre los posibles efectos de imitación que las noticias (y cómo se dan las mismas) de determinados acontecimientos puede producir; en 2007 la Organización de Naciones Unidas alertó expresamente sobre la necesidad de revisar los procedimientos por los que los medios de comunicación difunden las noticias sobre adolescentes y jóvenes en conflicto con la justicia. Y expone en su Observación General nº 10 de 2007, “Los derechos del niño en la Justicia de Menores”, capítulo VI (Concienciación y Formación)[7]“Los medios de comunicación suelen transmitir una imagen negativa de los niños que delinquen, lo cual contribuye a que se forme un estereotipo discriminatorio y negativo de ellos, y a menudo de los niños en general. Esta representación negativa o criminalización de los menores delincuentes suele basarse en una distorsión y/o deficiente comprensión de las causas de la delincuencia juvenil, con las consiguientes peticiones periódicas de medidas más estrictas (por ejemplo, tolerancia cero, cadena perpetua al tercer delito de tipo violento, sentencias obligatorias, juicios en tribunales para adultos y otras medidas esencialmente punitivas).”  Y (d) sobre la responsabilidad de los adultos en estos fenómenos: la influencia del modelo del comportamiento adulto. En fin, todo un mundo por conquistar.

 [1]http://www.defensordelpueblo.es/es/Documentacion/Publicaciones/monografico/contenido_1289207058897.html [2]http://www.elpais.com/articulo/Pantallas/foto/generacion/bunker/elpepirtv/20101106elpepirtv_1/Tes
 [3] http://www.abc.es/20091219/nacional-sucesos/ciberacosadores-200912191212.html [4] El artículo 10 de nuestra Carta Magna coloca entre las bases del orden político la dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes y el libre desarrollo de la personalidad.
 [5] Santos Guerra, M.A.: “Carta abierta a un empollón”. En Periódico Escuela. Nº 3.847 (1.699). 3 de diciembre de 2009
 [6]  De especial relevancia en la sentencia emitida por un Juez de Las Palmas de Gran Canaria que ha condenado al padre de un menor de edad por los daños causados por su hijo al colgar en una red social la foto de una chica en ropa interior acompañando la imagen de descalificaciones insultantes y vejatorias:
http://www.canarias7.es/articulo.cfm?id=190760
 [7] http://www2.ohchr.org/english/bodies/crc/docs/CRC.C.GC.10_sp.pdf

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