19 de julio de 2012

El maestro de escuela y aquel niño


José Antonio Luengo

¿Sabemos realmente cómo influimos y somos influidos entre y por aquellos con los que vivimos, con los que cambiamos opiniones, ideas, risas y malos tragos? ¿Somos suficientemente conscientes de cómo construimos nuestra visión del mundo o los modos y estrategias con las que interactuamos en él, las prioridades que edificamos, las cosas que nos importan, lo que nos influye y estimula, lo que despreciamos o, simplemente, arrinconamos? Edificamos el mundo, nuestro mundo, en una suerte de experiencia compartida, en un contexto de suma permanente de ideas, opiniones, diálogos, posturas, valores, formas y maneras de responder a la realidad, de cuestionarla, de adaptarnos sin más a ella, de huir, de afrontar... Y en este proceso, a veces, nos sentimos dotados de criterio, de sentido, de orientación hacia y por las cosas, hacia y por las personas. Y, también a veces, olvidamos cómo hemos ido construyendo, de modo compartido, todo eso que ahora parece formar el esqueleto que da coherencia a lo que pensamos y hacemos, a lo que sentimos y vivimos, interpretamos y creemos.
No es demasiado difícil, sin embargo, encontrar la huella de las influencias que fueron forjando nuestro modo de estar en la vida. Hace falta, eso sí, cierta dosis de modestia e inteligencia, no solo emocional. Hace falta parar y refrescar por dónde hemos pasado, quién nos ha empujado, las veces que hemos disfrutado de una idea escuchada, leída, discutida. Hace falta modestia para encontrar a los otros en mí. Pero están. Y muchos. Son muchos. Y esto es maravilloso, la verdad.
Y los maestros son , probablemente, quienes más ayudan a crecer. En un escenario de conocimiento, de relaciones personales y sociales, de ciencia, de arte, de experiencia compartida. Les miramos y nos hablan sin hablar. Les escuchamos simplemente viéndoles moverse, reir, enfadarse, sonreir.
El texto que sugiero leer habla de eso, de influencias, de efectos, de impactos. Te cambian la vida, te dan valor, te ponen en valor. Es un texto que ilustra sobre las efectos positivos. También los hay de los otros. Y, en ocasiones, los maestros somos protagonistas también de éstos. Pero hoy no toca. Hoy toca la magia.


El maestro de escuela y aquel niño
Manuel Vicent, 15 de julio de 2012


Albert Camus dedicó el discurso del Premio Nobel, en Estocolmo, a su maestro de escuela primaria, el señor Germain, y después de la ceremonia le escribió una carta muy emotiva para expresarle cuánto le debía de ese honor que acababa de recibir. “Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, no hubiera sucedido nada de esto… Sus esfuerzos, el corazón generoso que usted puso en ello, continuarán siempre vivos en uno de aquellos escolares, que pese a los años no ha dejado de ser su alumno agradecido”. Aquel maestro de primaria se había empeñado en que un alumno lleno de talento, que se llamaba Albert Camus, estudiara el bachillerato; lo había preparado a conciencia, había vencido la reticencia de aquella familia de toneleros que se negaba a darle estudios porque necesitaba que el chaval llevara dinero a casa; el maestro le acompañó en tranvía al examen de ingreso, esperó el resultado sentado en un banco en la plaza del instituto y luego se desvivió para que le concedieran una beca. Era un chico espabilado, hijo de una madre sordomuda, de un padre muerto en la batalla de Verdun en la I Guerra Mundial y que crecía en el barrio obrero de Bellcourt en Argel, entre árabes pobres y franceses subalternos, al cuidado de una abuela. El maestro señor Germain le contestó a la carta: “Creo conocer bien al simpático hombrecillo que eras. El placer de estar en clase resplandecía en toda tu persona. El éxito no se te ha subido a la cabeza. Sigues siendo el mismo Camus”.

En cualquier tiempo, en cualquier lugar, hubo un niño superdotado que se encontró con un buen maestro como el señor Germain. Por los ventanales de la escuela de un pueblo perdido salía la cantinela de la tabla de multiplicar, con la lluvia en los cristales, según los versos de Machado. Tal vez el niño llegaba a la escuela municipal en invierno atravesando el campo a pie bajo la nevada y en el aula con un dedo lleno de sabañones señalaba en el atlas abierto mares e islas, que a buen seguro nunca podría navegar. O tal vez jugaba en un descampado en las afueras de la ciudad con otros golfillos si más horizonte que el de ser un perdedor el resto de su vida. En cualquier tiempo, en cualquier lugar, hubo un maestro de escuela que un día puso la mano en el hombro de ese niño e hizo todo lo posible para que su talento no se desperdiciara. Convenció a los padres, pobres y analfabetos, de que su hijo debía estudiar y lo preparó personalmente para el ingreso en el instituto.

Hoy es un famoso arquitecto. Tiene 59 años. Ha levantado edificios en Brasil y en Singapur. En el álbum de fotos que contempla ahora junto con sus tres nietos aparece la imagen de un niño muy bien peinado con la raya partida, sonriente, con chaqueta y corbata al lado de un hombre mayor que le pone la mano en el hombro. Los nietos le preguntan quién es ese señor desconocido. Fue la foto que se hizo en el parque el día que aprobó el ingreso en el bachillerato. Todos los éxitos que ha tenido este arquitecto en la vida proceden de aquella mañana en que su destino tomó el sendero apropiado. En la escuela del pueblo quedaron otros compañeros que no pudieron estudiar y que hoy juegan al tute en el hogar del jubilado con gorra y jersey de pico. En el descampado del barrio marginal de la ciudad siguen hoy otros chavales jugando como perros sin collar a merced de la fortuna.


En cualquier tiempo, hubo un niño superdotado que se encontró con un buen maestro como el señor Germain.

Era un día de junio. El niño se levantó temprano. Su madre le lavó la cara y el pelo con jabón en una palancana en el corral, le fregó la roña de las rodillas con un estropajo, le ayudó a vestirse con los pantalones cortos, la chaqueta, la camisa blanca y la corbata, todo nuevo, estrenado para el caso. El padre se despidió de su hijo sin palabras antes de ir al campo a trabajar de jornalero. El maestro acompañó a este niño en el tren hasta la ciudad. En el vestíbulo del instituto lo dejó en medio de la ruidosa algarabía de otros niños que eran vástagos de la burguesía ciudadana. El niño se sentó por primera vez en un pupitre y esperó las preguntas del examinador. Lengua, historia, geografía, matemáticas. A la salida del examen el maestro de escuela se lo llevó a tomar un bocadillo y un refresco a un aguaducho del parque. Allí posaron juntos para una foto del pajarito con palomas a los pies. El arquitecto repasa el álbum y recuerda a sus nietos que aquel día fue el más feliz de su vida. El maestro se llamaba don Manuel y ya hace mucho tiempo que ha muerto.



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