18 de enero de 2013

La vida, los proyectos y los riesgos


La vida, los proyectos y los riesgos
José Antonio Luengo

Mi amigo Toño me mostró un enlace en you tube hace unos días. ¿Te atreves a soñar?[1] Muy recomendable, por cierto. Por lo que dice, expresa y te hace pensar. Trata sobre cómo afrontamos la vida a lo largo del tiempo. Cómo creamos un entorno en el que ubicarnos y sentirnos seguros; cómo y por qué abordamos nuevas experiencias, que ilustran y hacen más grande nuestra existencia. La agrandan y nutren. Abonan su desarrollo y amplían sus expectativas. Iluminan nuestro modo de mirar las cosas, observar el mundo, movernos y desenvolvernos  en sus coordenadas. Espacios de aprendizaje que nos hacen dar pasos no siempre seguros, pero que, sin duda, suponen un marco para el crecimiento personal.

El video muestra, también, ese terreno resbaladizo en el que, en ocasiones, osamos adentrarnos. La zona de riesgo, como suele ser nombrada. Ese horizonte que forma parte de lo que soñamos pero que, ordinariamente, no es transitado así sin pensar. Al contrario, nos produce inquietud y, muchas veces, temor. Nos cuesta poner el pié en su terreno. Miramos hacia atrás, a lo que tenemos, a eso que nos da seguridad y, al mismo tiempo, ata. Miramos, hacia atrás y hacia delante. Miramos el suelo que pisamos y damos unos saltitos para convencernos de que no va a derrumbarse bajo nuestros pies. Y así, casi con riesgo de provocar una tortícolis mental, podemos permanecer mucho, mucho tiempo. Allí al frente, aquello que querríamos tocar, la tierra por conquistar, la luz que atesorar, el espacio que recorrer, casi besar. Miramos y miramos, como cuando pretendemos lanzarnos al agua desde una altura seria. Nos balanceamos, en una suerte de comportamiento autoestimulativo que nos hace pensar que algún día podré, será posible, seré capaz, podré hacerlo, cumpliré el sueño… Tal, solo tal vez, sea necesario definir bien lo que es un sueño.

El video en cuestión es gracioso, imaginativo y sutil. Generaliza ideas, claro. Simplifica otras, por supuesto. Pero lo lógico en una historia que dura en torno a siete minutos y pretende explicar el porqué de las cosas cuando se trata de analizar cómo actuamos los seres humanos ante la valoración de lo que atesoramos y el sueño de lo que podríamos tener. La magia del quiero y puedo. Y la angustia o el desatino del quiero, pero me da miedo. El difícil equilibrio entre lo que hay y podría haber, entre lo que sé y podría saber, entre lo que crezco y podría crecer.

La vida es un ir y venir. Aprender, crear, urdir, experimentar. Y también, por supuesto, reflexionar, reconsiderar lo hecho, analizar lo vivido. Aprender de la experiencia. Y así, claro, seguir, creciendo, madurando. Aspirando a más, optando por nuevos escenarios, con sus riesgos e incertidumbres. Con los miedos al derrumbe de lo ya edificado y construido. A golpe de esfuerzo, de golpes, de disciplina. Y también de aventura. La vida es como un bumerán: movimientos de ida y vuelta .../... Lo importante es que no pasen los años tirando de la existencia sino que sepamos llenarla de un contenido que merezca la pena y que se inserte dentro del programa personal que cada uno debe ir trazando. Lo importante no es vivir muchos años, lo esencial es vivirlos satisfactoriamente, con el alma. La vida es plena si está llena de amor y uno consigue poseerse a sí mismo. Ser dueño de uno mismo es pilotar de forma adecuada la travesía que uno ha ido escogiendo, procurando ser fiel a uno mismo y a sus principios (Enrique Rojas)[2]

Desde la ladera que has creado con los sedimentos de tu vida según ésta ha ido pasando te permites mirar la inclinación que da cuenta de tus esfuerzos. Crecer siempre supone subir, ascender nuevas cotas, superar obstáculos. Y, de vez en cuando, puedes recrearte mirando hacia abajo. Oteando el horizonte, y viendo el lugar desde el que partiste, aun pequeño, inseguro, asustado a veces. Pero lo hiciste  paso a paso; unas veces más rápido que otras. En ocasiones con lágrimas en los ojos; en otras con la sonrisa tan grande que casi rasga las comisuras de tu boca. De sol a sol.

Te apoyas en la barandilla de tus logros y miras. Como observas desde un mirador. Contemplas y piensas. Tu vida recorre mil batallas, cien mil emociones. Millones de sentimientos. Observas con los ojos abiertos, y también con los ojos cerrados. Y entonces, en esos momentos de soledad y tranquilidad, surgen los sueños. Los que tuviste y cumpliste. En alguna medida al menos. Y los que se adueñaron de tu mente un día. Y de tu corazón. De éste sobre todo. Y no pudiste, no supiste o, simplemente, no quisiste acometer. El citado Enrique Rojas ilustra bien estas ideas en el artículo antes mencionado: Los griegos decían que en la vida se podían describir tres etapas: una primera en la que uno es autor, otra que le sigue en la que uno es actor, y una última en la que uno es espectador. Cada una corresponde a un tiempo histórico: futuro, presente y pasado. Las secuencias al revés. Cuando uno es joven está lleno de posibilidades; todo puede ocurrir, pero cuando uno es mayor está lleno de realidades. Posibilidades y realidades constituyen un arco en el que se sitúa la realización personal.

El secreto, si es que hay alguno (yo creo que sí), está en moverse; en andar, en avanzar, aunque te caigas, aunque te duelan las rodillas, el cuerpo entero. Dar pasos, uno detrás de otro. Detenerse sí, pero solo para valorar lo hecho, analizar el recorrido, mirar los mapas, por qué no. Revisar la hoja de ruta, claro. No soy de los que cree en los sueños de largo recorrido, aunque haberlos, seguro, creo que los hay. Creo en los sueños como espacios a recorrer, poco a poco, sin exabruptos, paso a paso, viendo crecer la hierba bajo nuestras pisadas. Firmes a veces, inseguras otras. Segundo a segundo, minuto a minuto, hora a hora, día a día. Consciente uno de lo que necesita, de los recursos imprescindibles para abordar los retos que vamos enfrentando. Salir, sí, salir de nuestro espacio de nublada y adormecedora seguridad. Esto es imprescindible. Avanzar con y desde el aprendizaje. Observando a los que nos acompañan, creyendo en el poder de la escucha, del conocimiento compartido. Creciendo a su lado. Incorporando, sumando en mi mochila. Aprender, sí. Perderse a veces. En espacios incomprensibles. Perderse. Y reencontrarse. Notar, incluso, el sinsabor de la desesperanza, y entristecernos. Porque  no llegamos, porque no sabemos, porque nos hemos equivocado de sendero. O no.

A veces llegamos, cumplimos las expectativas, casi tocamos las nubes. Y el sueño, ese que está cerca, que nos susurra al oído, que nos seduce y casi felicita por haber llegado, se desvanece en un santiamén. O en poco tiempo al menos. Hemos accedido a su corazón, al núcleo de lo deseado, y, al llegar, en lugar de quedarnos y saborear el éxito, decidimos volver. No al mismo sitio, precisamente.  Porque nunca volvemos al mismo sitio aunque queramos hacerlo, aunque creamos hacerlo. Porque el viaje nos ha cambiado ya, definitivamente. Y no somos iguales. Mi vida habrá cambiado. Aunque haya decidido no ahondar en el que, en teoría, fue mi sueño. Lo toque, lo sentí, vi sus ojos. Y decidí girarme, darme la vuelta, o caminar, seguir caminado, hacia otro lugar. A veces, sin saber muy bien hacia dónde. Pero mi mochila no es la misma. Cargada va de experiencias, de miradas, de conversaciones, de soledad, incluso; de nuevas caras, nuevas ideas, de recursos nuevos. Renovados también los viejos, aquéllos que me acompañaron desde el principio. Porque moverme, salir de mí fue lo importante. Lo relevante. Seguramente lo pertinente. Tal vez iniciar el camino fue el auténtico sueño.

Los retos, los sueños, son caminos, más que llegadas. Son procesos, más que finales. Y ese es el mágico secreto que anida en el caminar, en el transitar las sendas, en el patear el recorrido. El riesgo lo corriste. La incertidumbre se hizo amiga. Tus rodillas se hicieron más fuertes. Giras ya, tranquilo, y, en ocasiones, observas desde tu ladera, tu personal atalaya, las cuestas que has vencido. Porque tú las creaste. Con tu experiencia. Mágica experiencia.

Ah, conversando sobre estas cosas y el video, Toño me dijo, con buen criterio: ¿pasado cierto tiempo, volver a una zona de confort está bien, no? Creo que sí, le dije.Ahora es más fácil sentir la zona de confort casi en cualquier sitio. Porque has sufrido. Y vivido. Y llorado: y disfutado. Y casi nada te da miedo ya.



[1] http://www.youtube.com/watch?v=i07qz_6Mk7g
[2] La lucidez del perdedor.  Enrique Rojas, catedrático de Psiquiatría (EL MUNDO, 31/12/10)

5 comentarios:

  1. Excelente reflexión, José Antonio, como todas las que estás publicando en el blog, y que seguimos disfrutando y aprendiendo de ellas. Saludos.

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    1. Mil gracias! A veces los dedos se mueven solos pensando en cosas.

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    2. Más gente como tu haria falta en este mundo para que fuesen las cosas como deberian...Por lo menos tu pones un granito de arena en todo este follon que hay montado en esta sociedad. De nuevo, recibe un saludo y sigue asi!!!

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  2. Muy muy pero que muy interesantes palabras.
    No se cómo, pero siempre haces que el tiempo se pare cuando te leemos.
    Y cuando te leemos, se despiertan las mariposas que duermen en el estomago de uno, y no se, quizás sean éstas las que algún día hagan que dejemos atrás esos miedos e inseguridades.
    GRACIAS.

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    1. Totalmente de acuerdo contigo. Es un verdadero placer disfrutar de las ideas y de las palabras de José Antonio de este blog que hace poco he descubierto. Esperemos que nos siga acompañando con temas tan interesantes que nos hacen pensar.

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