23 de agosto de 2013

Se trata de andar



Se trata de andar
José Antonio Luengo



Mediados de agosto. Vacaciones. Hoy he salido a correr pronto. Por aquí, cerca de Sant Esteve de Guialbes, en Girona, la mañana ha amanecido muy nublada. Fresco el ambiente, con olor a tierra mojada de algún chaparrón de esta misma noche. Nadie por las solitarias carreteras que conectan los pueblecitos de la zona. Llevo diez minutos trotando, caen unas gotas, amenazando lo que está por venir. A los quince minutos más o menos explota el cielo y empieza a jarrear. Sigo corriendo, empapado, con una sensación rara en el cuerpo. No es cómodo trotar así pero resulta especial. Diferente a lo ordinario. Se hace difícil claro, pero merece la pena seguir. Cuestas, curvas, un coche que viene de frente y te da las luces. Se aparta amablemente de su carril porque no hay arcén y corro justo por la línea de marca la carretera. Al lado, una cuenta profunda.


No tardo mucho en dejar de correr y decido continuar andando. La lluvia persiste, intensa, con goterones que salpican al caer al suelo. Estoy como una sopa pero ya, qué más da. No hace frío. Es una tormenta de verano que está durando más de la cuenta. Pero sigo andando, a paso ligero, pero andando. Unos diez minutos después deja de llover y en el cielo se abre un arcoíris espectacular. El suelo está empapado. Y yo, claro, también. La sensación de frescura y el ambiente húmedo y luminoso ahora me hacen seguir. Ya llegaré, me ducharé y secaré. Ahora hay que disfrutar. Del camino, del agua que corre por las acequias, del olor a verde húmedo. De los pájaros que empiezan a cantar otra vez. Y de las cigarras, que aprovechan el sol que empuja entre nubes escurridizas, y llenan el aire con su zumbido abrumador. Más y más según el sol se va haciendo dueño y señor de la situación. 

Ya no corro. He decidido seguir andando un rato, y mirar, explorar, meterme en los caminos casi infranqueables, por la vegetación, que se abren paso e ambos lados de la estrecha carretera, por la que siguen sin pasar apenas coches. Pasados unos minutos echo a correr otra vez. Sigo empapado, pero la sensación de libertad es grande y me apetece apretar un poco el ritmo. Suenan  mis pasos en el suelo, en los charcos dejados por el chaparrón, o pisando las pequeñas ramas secas que han caído con la fuerza del agua. Y el aire entra diáfano en mi pecho, la sensación de poder casi con todo en ese momento, la percepción de lo bello en cada detalle, en cada gesto de la naturaleza que recorro. Mientras corro y miro, con deleite y paz.

Al final toca parar un poco, y encontrar la ducha reparadora. En los casi setenta minutos que he estado fuera no he dejado de pensar en una analogía sencilla y usada. En la vida uno tiene que andar. Seguir. Buscar. Tropezarse y, a veces, caer. Y levantarse. Cuantas veces sea preciso. Andar el camino es como vivir. Momento a momento a momento, día a día. Paso a paso. En ocasiones será sencillo, cuesta abajo, incluso llaneando, con buen tiempo, sin necesidad de llevar cosas a la espalda, de las que pesan, y no puedes dejar de llevar porque ya forman parte de ti. Otras veces será difícil. Lluvia, frío, viento, cuestas y caminos difíciles, torceduras de tobillo… A veces la sensación de no poder. Los músculos te queman, el oxígeno no da más de sí. Y tienes la sensación de quedarte, sin poder seguir. No merece la pena, llegas a pensar. Pero te detienes y descansas. Y, solo o acompañado, tienes la fuerza para seguir. Seguir andando. Y puedes ver, una vez más, que el sol vuelve a aparecer. Que lo oscuro se va también. Y el cansancio puede ser un vago recuerdo. A veces conseguimos ir bien equipados. En otras, sin embargo, nos pilla el toro y tenemos que sacar fuerzas de donde no hay. Y en ocasiones nos sorprende una tormenta y no hay sitio donde cobijarse. Y nos tememos lo peor.

En la vida, sobre todo, se trata de andar. Porque eso, andar es, básicamente, lo que nos permite estar vivos, movernos, cambiar, explorar, indagar, y, por supuesto, ser. Andar, de un sitio para otro, con otros o solos. Porque la vida, insisto, supone andar y, especialmente, saber andar. 

Anda el bebé cuando, nada más nacer, inicia una aventura impredecible. Cada cosa que hace, cada gesto o postura, traen consigo consecuencias. Cada una de ellas, singular, única. Como únicas son las cosas que hace, el bebé, cuándo las hace, cómo las hace, con quién las hace. Y únicas son también las respuestas del entorno, de quienes están o acompañan. De sus gestos, también, de sus miradas, de su calor, de su presencia, calidez o disposición. Lo queramos o no, vamos siendo nosotros mismos gracias a ese camino en el que un día nacemos, el que nos toca, y por el que transitamos día a día. Con más o menos comodidades, más o menos calor, más o menos recursos. Recursos que atraer, asir, capturar, hacer nuestros. Casi siempre de la mano.

Un camino, ese que tenemos enfrente es el que vamos haciendo, poco a poco, con nuestros pequeños pasos al principio, tocándolo todo, gateando, conquistando el espacio, y las cosas. Comprendiendo, poco a poco, lo que nos rodea. Lo que preparan a nuestro alrededor. Y haciéndolo nuestro, con nuestro particular modo de leerlo, de integrarlo, incorporarlo a nuestro mundo de experiencias. Dando a cada cosa que nos pasa la importancia que en ese momento le damos. Que es personal, e intransferible. Como tantas cosas.

De niños seguimos aferrados a ese camino, el nuestro, el que nos ha tocado en suerte, por el que pasa, también, nuestra gente, más o menos conocida, más o menos próxima, pero nuestra gente al fin y al cabo. Los que están a nuestro lado y nos acompañan en el camino. Vecinos, compañeros de clase, amigos, familiares… O gente, personas, que viven cerca, junto a nosotros, que forman parte de nuestra vida. Y así será durante mucho tiempo. Andaremos así tiempo, mucho, dejándonos llevar por las señales del camino, que no son sino las instrucciones que nos dan. Lo puede o no hacerse, tocarse, decirse… Lo que entraña riesgos, o no. Lo que es aconsejable. Señales, señales, señales. Nuestros adultos nos llenan, el camino, de señales. Para que no nos perdamos. En varios sentidos la cosa. De si hay que ir despacio, o si hay que tener precaución con la curva que se acerca, que si se estrecha el camino o hay obras en él. Que si nos acercamos a algún cruce, o núcleo urbano. Que si pueden aparecer animales en la calzada o hay peligro por mal estado del firme… Los puntos kilométricos que dan fe de lo que vamos recorriendo, y lo que nos falta, para llegar a algún sitio. O de las diferentes direcciones por las que podemos optar según vamos andando… Señales, en definitiva, que van marcando nuestro camino. Siendo niños las seguimos al pié de la letra, convencidos, confiados. Es lo que hay. Y más vale seguir las instrucciones, el código de circulación que nos va siendo dado a cada instante. Y se entiende mal la trasgresión. Los caminos por los que andamos suelen llevarnos al colegio, a los sititos que van siendo nuestros referentes espaciales y de relación. 


Y están, a cada paso, en casa, con los hábitos, las normas y, por supuesto, con los recursos que a nuestro lado van depositándose, como si de un videojuego se tratara. Hay que ir detectándolos, apreciarlos, y hacerlos nuestros. Recursos de trato, convivencia y relación con otros. Recursos de análisis y valoración de lo que ocurre a nuestro alrededor, y de lo que ocurre en nuestro interior, de cómo interpretamos las cosas, de cómo reaccionamos y, poco a poco, respondemos (con cierto criterio) a lo que sucede y nos concierne. Se trata de recursos que surgen de las experiencias que vivimos con los demás, de ir andando por el camino, a un ritmo razonable, todo hay que decirlo, tratándose de niños como somos a esas edades. Y lo hacemos bien. Pisamos charcos, también, y miramos con cara de pillo a quien, a su vez, le enternece profundamente nuestro descubrimiento, nuestra pequeña trasgresión. 

Enseguida pasan cosas. Tenemos que seguir andando, claro, pero yo, ya, soy diferente. Llega la adolescencia. Empujada por cambios fisiológicos de envergadura, nos sitúan ante el camino en plena efervescencia y cambios. Cambios sustantivos que devienen de nuestro interior. Y que hacen que la percepción del camino sea otra. Diferente. Siguen las curvas, las cuestas, hacia abajo también, claro. Siguen las señales y el código. Pero yo ya no soy el de antes. Miro más hacia los lados, presto menos atención a lo que se me señala, indago y exploro más, al borde del camino, saliéndome de él. Deliberada, conscientemente. Hay un mundo por ahí que merece la pena descubrir, al menos ver. Un mundo de charcos, de reconocimiento intelectual y emocional, de trabada lectura. Un mundo de sentimientos que explotan, que inundan el corazón de tu existencia, que iluminan senderos invisibles a otros ojos, pero no a los tuyos. Porque tu cerebro se expande, de ilusiones encontradas, contradicciones dolorosas, paradojas inconfesables. Porque tu cuerpo se va de coordenadas. Y salta y se adentra en lo infranqueable. El camino, que existe, sigue existiendo, con sus límites y señales, no se cierra en las imborrables líneas que lo franquean. Muy al contrario, sirve casi de plataforma para el salto, para volar. Con la imaginación, la risa, los llantos, las emociones incomprensibles. Y con el pensamiento, que desbordado ya, al mundo de lo abstracto, divisa el norte de las cosas, la preocupación por lo intangible, la comprensión del más allá de la acción concreta. Del aquí y ahora.

El cuerpo y la mente están preparados para sortear y driblar la prescripción. Porque hay mil senderos, mil curvas en las que esconderse y escaparse. Para seguir creciendo, en la huída, en la deserción, en la duda, en la búsqueda permanente de lo que no se ve. De lo que otros no son capaces de ver. Aunque vieron, en su día. De lo que no nos es mostrado, de lo que no hay rastro aparente. El camino, así, se vuelve algo, siempre, desde el que saltar. A otra dimensión. Y al que volver, sí. Eso también. Pero siempre andando, a saltos, tal vez, en esta época, desordenadamente, sí. Burlando al sentido común, corriendo, volando en ocasiones. Pero andando, hacia delante. Sin parar.

El camino vuelve rápido, con sus límites y reglas, con sus señales y parámetros de medida. Más estrictos, si cabe. La mente, dicen, parece ordenarse. Y hasta asentarse. Debe ser eso de sentar la cabeza, que dicen. Sentamos la cabeza y andamos, seguimos andando. A veces, siendo adultos, entramos en una especie de tontódromo, en el que las cosas son, ya, tan previsibles, que ni miramos. Y damos vueltas y más vueltas. Solo movemos las piernas, y los brazos. Y vamos de un sitio a otro. Muchas veces, casi, sin despeinarnos. Si mirar, sin reparar casi en nada que no sea ya conocido, sin pensar que aún podemos sorprendernos. Como quien no es consciente de andar. De lo que supone andar. De lo que supone seguir aprendiendo. De la ilusión, de la emoción, de lo inesperado, del recodo ese en el que nunca paré, del senderito que siempre veo al pasar pero por el que nunca me he asomado. Del paisaje que me rodea y cambia, sin que preste atención a ello. Del paisaje, que puedo yo mismo cambiar. Porque puede andar, sortear, escabullirme, introducirme, ir, venir, escapar, correr, tocar, observar, deleitarme. Porque estoy vivo.


Siempre se trata de andar, unas veces solo, otras, acompañado. O a trote cochinero. En ocasiones rápido, casi corriendo, saltando también, incluso volando. A veces sí, como dice Serrat, volando, cuando la vida te besa en la boca, y a colores se despliega como un atlas. Nos pasea por las calles en volandas, y nos sentimos en buenas manos…(***) Otras veces andando casi a rastras, por caminos embarrados, cuestas irreductibles. Agotados, sudorosos, con miedo, incluso. Cambios de rasante, sin saber muy bien qué te espera más allá, curvas que doblan tu espinazo, caminos sin señales, casi sin camino.

Pero ir, mirar hacia delante siempre. El calor o el frío nos acompañarán, y el dolor, que casi llega a hacerte parar. Pero sigues, siempre sigues. Cansado, te levantas y continúas. Se trata de andar, no tanto de llegar. Porque llegar, lo que se dice llegar, en la vida, suena, más bien, a terminar. Y andar, sin embargo, es sinónimo de actividad, de vida, de búsqueda, de esfuerzo, de imaginación, de movimiento y mirada pícara. Ante las cosas. Ante ti mismo. Pasamos por los sitios, por las emociones, por los espacios. Por el tiempo. Y, a veces, tenemos la sensación de haber llegado. Pero no. Solo estamos de paso. O deberíamos estar. Porque la vida es cambio y todos somos cambio. Pensar que hemos llegado y seguir viviendo… No es compatible con la vida en sí misma. Marcamos los lugares, completamos hitos. Hitos que nos marcan, asimismo, la progresión, el nuevo camino. Ahí queda eso.

Andar, siendo consciente de hacerlo. Andar, erguido, seguro, consciente también de la oscuridad que encontrarás, pero, también, de que el día llega. Siempre. Abierto, a la vida, al corazón, a la alegría. Dando, siempre dando. Escuchando más que hablando, compartiendo, Sonriendo, perdonando, dando fuerte la mano. Y los besos. Y los abrazos. De verdad. Reconociendo, cuanto antes, tus errores en el camino. Y corrigiendo, siempre, en cuanto puedas, o te dejen. Mirando atrás sin ira, con afecto y cariño. Disfrutando de cada momento, de cada paso que das. Cayéndote y levantándote. Sabiendo coger y sabiendo, sobre todo, soltar. Sin reservas. Mirando a los lados, y al cielo, y a quien camina contigo. A los ojos. Sin miedo a los cambios, sabiendo, siendo consciente de la necesidad de mirar de frente, y seguir. Aun con dudas e incertidumbres, seguir. Al final, siempre se trata de andar. A veces, incluso, cruzar algún desierto, solos.


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