4 de diciembre de 2014

Deporte y violencia. Dos no pelean si uno no quiere... El ejemplo de los padres

Dos no pelean si uno no quiere…
José Antonio Luengo



El ejemplo de  padres y madres como espectadores

La violencia existe entre nosotros. No solo en los telediarios o en los periódicos. Existe en nuestras vidas, a nuestro paso, casi a diario. La vemos y a veces la sentimos. En nuestras propias carnes. Está tan presente entre nosotros que, en ocasiones, tendemos a sentir que no es violencia. Nos hemos habituado a ella. Insultos, vejaciones, miradas de desprecio, mofas… Esto también es violencia. De la variedad más deleznable y agresiva. Se mete en nuestra mente y, claro, nos parece que no es nada. Es algo así como lo que hay. Y hemos de acostumbrarnos. Miramos o nos miran con ira cuando vamos en el coche, gritamos a quien consideramos que no está haciendo algo bien, pensando incluso que lo hace a propósito. Para incordiarnos. Lo hacemos o nos lo hacen. Comentarios hirientes, agresivos, malhumorados. Descalificaciones…

Sí, esto también es violencia. Y de la peor calaña. De la que parece que no es, que no existe. Que no pasa nada con ella, que no tiene consecuencias. Pero no es así. Y el mundo del fútbol es un escenario ideal para su germinación y desarrollo. Se despliega con una facilidad que asusta. Pero, claro, no pasa nada, dicen. Son cosas de este deporte. Que bobada más grande. Qué tontería, por favor. La violencia es una lacra que mina nuestra vida, la hace pesada, gris, fea, maloliente.

Insultos en la grada, al árbitro, a los jugadores del equipo contrario, a los aficionados que no son de los nuestros. Y nos reímos. Jubilosos. Somos unos valientes. ¡Que les den!, pensamos. O decimos. Y lo hacemos a las claras. Comentando la jugada luego mientras nos tomamos una cerveza con los nuestros. Y mientras, nuestros hijos, los que juegan, los niños que crecen mirándonos e imitándonos, observan el espectáculo. Sufriéndolo, más bien. Sorprendidos, algunos asustados. ¿O es que pensamos que niños de 10, 11 o 14 años han dejado de ser niños? Que se vayan curtiendo, dicen algunos.  ¿En qué artes? ¿En la ordinariez? ¿En el descaro hiriente?

A veces, solo a veces, el insulto y la ofensa son la antesala de la otra violencia, la física. Vuelan las descalificaciones, los recuerdos a las santas madres, los gestos ofensivos. Y con ellos, al final, se pasa a las manos. Allí, en la grada. O bajamos al campo. Es igual. ¿Qué más da que nuestros hijos estén en el campo y nos vean? Así aprenden… Pero ¿qué clase de hediondo ejemplo estamos dando? ¿Dónde queda la responsabilidad que como adultos, y, claro, como padres tenemos para con la educación de nuestros hijos? Lo que queda es el espectáculo lamentable, la degradante experiencia de ver a padres y madres, aficionados de dos equipos diferentes, dándose golpes, empujándose, agrediéndose. Con la mirada de odio marcada a fuego. Con la ira en cada célula de nuestro cuerpo. Manando como el pus en una herida infectada.

A veces pasa, más de lo que quisiéramos; en nuestros campos de juego, en nuestros campos de deporte. Al otro lado del campo, ya terminado el partido. En las gradas. O durante el mismo. O en el campo. O en ambos sitios. Los jugadores y, en ocasiones, la batalla de los adultos. La expresión de la violencia. Para nuestra vergüenza.

Todo tiene su impacto. Y asistiremos a sus consecuencias. Los resultados de estas cosas nunca son buenos. Nunca. Solo si reflexionamos, corregimos y pedimos perdón podremos subsanar algunas de las consecuencias negativas del ejemplo y la clase magistral impartida a nuestros hijos, o a los hijos de nuestros amigos. Mientras estos practican deporte… Podemos equivocarnos, pero reconozcamos el error y pidamos perdón. A los chicos en primer lugar.

La violencia debe ser erradicada de nuestra piel, de nuestro pensamiento. Antes de criticar con desprecio y superioridad lo que pasa o les pasa a otros. Porque dos no pelean si uno no quiere.

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