8 de marzo de 2015

8 de marzo. Un día para cambiar el mundo

8 de marzo. Un día para cambiar el mundo
José Antonio Luengo



El día 8 de marzo debería ser un día para cambiar el mundo. Un día para recordar, para reflexionar, madurar y sentir. Pero también para hacer. No es un día para las flores. Aunque podría serlo. Regalar flores siempre está bien. Pero no es infrecuente quedarse ahí. En ese acto social, vestido de sonrisas y afectos. Muchos sentidos, otros simplemente consentidos.  Un acto, sin embargo, ceñido más de la cuenta a una costumbre que arranca, o parece arrancar, menos verdades de las que serían necesarias ver brotar en nuestro cotidiano vivir, en el modo en que nos organizamos y organizamos las cosas; menos verdades de las que son necesarias aflorar en la consideración y gestión de la igualdad entre hombres y mujeres. En la búsqueda, que debería ser definitiva, de un modo de entender la realidad que valorase en su justa medida a la mujer, su capacidad, su inteligencia, su sensibilidad. Por supuesto, también a su belleza. Pero también a sus interminables experiencias de sufrimiento y dolor; de invisibilidad. De arrinconamiento en las esquinas. Y en las cunetas, incluso.



El día 8 de marzo quiere mostrarnos a la mujer. Con mayúsculas.  Y es necesario. Lo seguirá siendo, lamentablemente muchos años, creo. Pero lo que es necesario es cambiar el mundo. Y ubicar en él a la mujer. Con todas las consecuencias y en condiciones absolutas de igualdad con respecto al hombre. Qué poder atesora el hombre que sigue atizando las lumbres del machismo. Oculto muchas veces en mensajes grandilocuentes que no hacen sino alimentar una disonancia abyecta y despreciable. Un mensaje oficial que esconde, sin embargo, el poder omnímodo de lo atávico, adherido al tuétano de nuestra historia.

Discriminación, exclusión, violencia incluso. Un mundo para unos. Otro para otros. No hace falta situarnos en sociedades ajenas a nuestro fantástico y omnipresente primer mundo. Aún estamos ahí, cerca de la cloaca. Próximos al hedor de la injustificable diferencia de trato. Con escenarios de desigualdad ocultos, larvados, latentes en muchos ámbitos. Patentes, claros y explícitos en otros. Seguimos muy lejos de proporcionar modelos educativos igualitarios. El tejido que anida en nuestro interior perpetúa desagradablemente la visión de la diferencia; ésa que acaba marcando las diferencias. La diferencia, sin embargo, nutre en lugar de minar. Alimenta, suma, potencia. La diferencia no justifica, no puede justificar, la indiferencia ante la desigualdad de trato.


La mujer es el ejemplo puro de la lucha por la libertad, por la igualdad. Desde el silencia, la humildad y la discreción, a veces. Desde el combate abierto y visible. Cierto, claro, indudable. La lucha por los derechos, por la educación, por el trabajo, y los trabajos, dignos y justamente valorado; también por su papel y lugar en la toma de decisiones sobre el modo en que decidimos organizarnos como sociedad, en la vida cotidiana, en las actividades y responsabilidades familiares, en la vida laboral, en el siempre complicado entramado político. ¿Cuánto seguiremos tardando en no aprovechar su capacidad, su inteligencia, su sensibilidad? ¿Cuánto tiempo seguiremos ondeando banderas que no acabamos, lamentablemente, de creernos? Cuántos años más deberemos seguir regalando flores sin cambiar, de verdad, nuestro mundo? Porque, es una evidencia. Con ellas de verdad, el mundo será mejor. Mucho mejor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.

Seguidores