27 de octubre de 2015

Educar en el buen uso de las TIC es cosa de todos

Educar en el buen uso de las TIC es cosa de todos: el modelo del comportamiento adulto, hoy.
José Antonio Luengo Latorre[1]


Esto es cosa de todos
Las TIC, en sus diferentes formatos de redes sociales especialmente, suponen, hoy, el escenario de desarrollo personal y social más habitual. Y no solo entre adolescentes y jóvenes. Conviene, de modo introductorio, fijar algunas cosas que, sin duda, forman parte del tejido esencial del contenido que vamos a abordar. Estamos ante un reto educativo, sin duda alguna; pero también, y no podemos ni debemos mirar hacia otro lado, ante un reto ético. El reto de un compromiso, De todos y entre todos. Porque esto no es solo un asunto que concierne a la vida de los pequeños en crecimiento. Implica y nos implica a cada uno de los  que configuramos el llamado mundo adulto. Y no solo porque somos y representamos un modelo de comportamiento, aspecto éste de gran relevancia. Sino porque este es un asunto en el que como sociedad hemos de estar comprometidos.
Las Tecnologías de la Información y de la Comunicación representan parte del ayer, un hoy intenso y un mañana imprescindible. Pero también inquietante. Qué mundo queremos y qué papel han de jugar las TIC en él. La Información, incluso la Comunicación (entendida ésta como trasmisión de la información) han supuesto un avance sustantivo en nuestras vidas, con marcado balance positivo en la evaluación de pros y contras de su desarrollo. Es el fenómeno de la Relación en las redes (habría que incorporar la R en el acrónimo) el que de una manera palmaria configura el escenario de efectos indeseados e indeseables, de riesgos y esquinas oscuras, en el cotidiano uso de los senderos y dispositivos digitales por unos y otros, niños, adolescentes, jóvenes y adultos… Es el mundo de los sentimientos, emociones, deseos, ansiedades, inquietudes, anhelos el que, enmarcado en la magia de la instantaneidad de nuestros dispositivos y aplicaciones, se convierte en un escenario de conductas con marcadas muestras ya, desde hace más de diez años, de uso inadecuado. E inquietante futuro. Es en este terreno en el que lo seguro se torna resbaladizo, en el que lo que uno entiende discreto torna, en décimas de segundo, en primera plana, en el que el susurro se convierte en grito, estable y permanente. Es ahí donde han surgido, surgen y surgirán las controversias más intrincadas del uso de las TIC, ¿o TrIC? (Gabelas et al., 2012)[2].
Las relaciones humanas en el corazón de nuestro comportamiento digital. Y el compromiso ético entre las personas, que ha de ser abordado en la escuela, pero no solo.  Ni mucho menos.  Todo ello forma parte de un círculo de recorrido esencial en el comportamiento humano que adopta tintes de vicioso en no pocas circunstancia y situaciones; y que, como sociedad madura, hemos de transformarlo en un camino transitable de naturaleza virtuosa. Un círculo, un camino vivo e intenso. Pero respetuoso siempre. Ciudadanía digital ética como marco básico de conducta.
¿Dónde empieza todo? Antes de hablar de la esfera más ligada a los entornos educativos reglados y planificados, donde se educan nuestros niños y adolescentes, hemos de significar que, en paralelo, y con notable influencia como modelo para el crecimiento de los recién citados, los adultos hemos incorporado este contexto interactivo como quien encuentra un tesoro. Un tesoro en forma de dispositivo, más o menos grande… O mejor, más o menos pequeño. No son pocas las experiencias que dan fe y detallan del grado de compromiso con el que hombres y mujeres asumimos esta andadura por pantallas, terminales, programas, aplicaciones y nubes… Pero, claro, este asunto es cosa de adultos, y, consecuentemente, ellos sabrán, claro. O no. Y no lo debemos saber muy bien porque hemos alcanzado, en muy poco tiempo, cotas de sinrazón nada despreciables. No son pocos los estudios que hablan de los abusos que sufren los adultos en las redes sociales, por ejemplo. De especial interés en este aspecto es la investigación realizada sobre abusos entre adultos en las redes sociales por el Instituto Pew[3] (2014); el estudio del centro de investigación Pew entrevistó a más de 3,200 internautas adultos en Estados Unidos acerca de su experiencia online. Y los resultados son tanto sorprendentes como inesperados:
-       La ofensa más común de acoso digital son los insultos y la humillación (27 por ciento de los internautas aseguran que han sido ofendidos), y aunque el porcentaje de acoso de naturaleza más severa es aparentemente bajo, es sin duda alarmante: 8 por ciento de los encuestados afirma haber recibido amenazas de daño físico mientras que 6 por ciento asegura que han sido acosados sexualmente.
-       Un 73 por ciento dice que ha sido testigo de acoso digital.
-       Un 14 por ciento de los que han sufrido de acoso digital dicen que el incidente les molestó de manera extrema.
-       Un 47 por ciento se ha enfrentado a sus acosadores a través de Internet.
-       Los hispanos y los afroamericanos son más susceptibles a sufrir de acoso digital que sus contrapartes anglosajones.
-       La brecha de géneros se acentúa en este tema. Las mujeres son especialmente vulnerables al acoso digital, particularmente de la clase sexual y del acecho (stalking[4]). Es más, según el estudio desvela que 26 por ciento de las mujeres entre 18 y 24 años de edad han sido acosadas en Internet, mientras que otro 25 por ciento ha sufrido de acoso sexual.
No son escasos, asimismo, las evidencias de que el uso y abuso de las redes sociales en el comportamiento relacional entre adultos, jóvenes y menos jóvenes. La revista Cyber Psychology and Behaviour Journal ya alertó en 2013 de que 28 millones de parejas en el mundo podrían haber roto su relación por culpa del uso de las redes sociales y determinadas aplicaciones. Y no ha dejado de investigar sobre el tema[5]. Relaciones y redes sociales.  Parejas, redes sociales y TIC, una relación de amor odio[6]. Datos de un estudio realizado por el Pew Research Center (2014). Todo un mundo por descubrir. En el que los usos, las costumbres, los modos y maneras del mundo analógico dejan de tener sentido y penetración. Sonrisas, abrazos, miradas, besos, propios del mundo físico, dan paso a habilidades expresivas en los teclados en las que el mundo de los emoticonos emerge con marcada influencia.
Nuevos escenarios: La identidad “i” del mundo digital
Vivimos hiperconectados[7] (Luengo, 2014). Así parece que vivimos. Todos, o casi todos. Inmersos en una maraña de comunicaciones, redes, contactos y dispositivos. Conectados a la red, a las redes, a los contactos, a las noticias, a lo que pasa en el mundo. Absorbidos en no pocos casos por la necesidad de conocer, de saber, de influir o ser influido. Por mensajes, eventos. En forma de texto en el WhatsApp, esta aplicación de mensajería multiplataforma que ha desplazado de manera drástica la interacción a través de SMS. O en forma de Tweets,, como el sonido, breve pero intenso, de un pajarito. 140 caracteres para decir, para expresar, comentar, opinar, decir, relacionarse. Aspectos que han puesto de manifiesto cómo la escritura digital desempeña un rol preferente  en las interacciones personales. Difícil es, en la actualidad, superar la eficiencia y comodidad del envío de mensajes o el chateo; sin duda, por su carácter prácticamente instantáneo, por las posibilidades para copiar o reutilizar mensajes o direcciones de Internet o enviar fotografías almacenadas en el Smartphone; pero, especialmente, por la capacidad para enviar esos mensajes multimedia a varios destinatarios (Fernández, 2013)
Hiperconectados con nuestros Smartphones, o Tablet, u ordenadores portátiles. En cualquier sitio, a cualquier hora. Tablet y teléfonos móviles en la cama[8]. Ver películas, conectarse a redes sociales, revisar el correo electrónico, o simplemente comunicarse con otros de modo instantáneo. Los dispositivos y, lo que es peor, las 24 horas de cada día nos dan tiempo para todo.
Algunas de las conclusiones del estudio Los jóvenes y la hiperconectividad. Tendencias, claves y miradas[9] (Reig y Vílchez, 2013) detallan de manera clara la influencia de los Smartphone y sus aplicaciones más relevantes en la vida de nuestros niños y adolescentes (aunque no solo), hasta el hecho de marcar sus tiempos, y hasta sus espacios:
  • Todos, jóvenes y mayores, están progresivamente entrando en esa nueva era comunicativa, aunque, por razones obvias, preocupe la educación de los menores en el control y buen uso del dispositivo. Pero todos están sujetos a los mismos posibles problemas de ansiedad y de adicción, cuando algo falla o frustra al respecto de ese uso. Como todos también gozan de las ventajas indudables que el dispositivo ofrece.
  • El WhatsApp es el símbolo, el icono más representativo de todo lo que es y significa el Smartphone. Una buena música se puede escuchar a través de otro medio, pero esa comunicación inmediata y al alcance de la mano las veinticuatro horas del día, no. Eso lo proporciona el WhatsApp. Es el verdadero valor comunicativo añadido, el plus que se suma al “todo en uno” que concita el Smartphone.
  • El adelantamiento progresivo de la edad a la que los padres, en proporción creciente, están regalando este dispositivo a los hijos menores refleja, por un lado, la influencia de una sociedad del consumo “de lo último”, junto a la fascinación generalizada hacia todo lo tecnológico.
  • Es evidente que el uso de un Smartphone por parte de un menor constituye cuando menos una cuestión educativamente preocupante. La percepción es que ha cogido desprevenidos a todos, también a la educación con sus dimensiones y tareas, y entre sus principales agentes, a los padres y a los profesores.
Pero, como se ha dicho, este no es un asunto que compete solo a los    adolescentes y jóvenes. Unos y otros, pequeños y grandes, se hallan inmersos en nuevos escenarios. Implicados. Metidos hasta el fondo.
Surgen fenómenos especialmente singulares. Y también, claro, su correspondiente denominación o sello conceptual: por ejemplo,
  • Phubbing[10]: Un término que surge de la fusión de dos términos en inglés; phone (teléfono) y snubbig (desairar, despreciar, menospreciar). Dos palabras en una que vienen a definir una situación muy frecuente en nuestro día a día. Una situación que marca el ritmo de un buen número de experiencias de relación en las que las personas implicadas físicamente pueden ignorarse durante el tiempo en que, en teoría, están relacionándose. 
  • Alone togheter[11]: Juntos pero solos, o estar en cuerpo pero no en alma…
  • Nomofobia[12]: el término, que proviene del anglicismo “no mobile phone phobia”, hace referencia a la ansiedad que sufren los usuarios de teléfonos móviles cuando se quedan sin acceso a este dispositivo o sin cobertura o sin conexión a internet.
  • FOMO[13]: Cada vez son más las personas que sienten que su vida es mucho menos interesante que la de sus conocidos y que tienen siempre la sensación de estar perdiéndose algo. Las redes sociales, en las que solo se cuenta lo bueno, se están convirtiendo en un nuevo elemento de agobio que ya tiene nombre: FOMO, Fear of Missing Out.
¿Y qué esperábamos?  Tal vez hayamos abusado de asociar las conductas inadecuadas en la red solo a niños y adolescentes. Pero es evidente que las cosas no funcionan así. Consecuencias probablemente de lo que emana del conocido dicho entrar como elefante en cacharrería…  
Un mundo, éste, en el que un nuevo homo domina la tierra. En palabras de Ramón Cendoya (2013)[14], una nueva era, en la que nuestros hijos y nietos son los hombres prehistóricos de esta nueva especie, el homo digitalis[15]
Vivimos en un mundo marcado por señas de identidad estrechamente ligadas al uso, en ocasiones inconmensurable, de las TIC. Un mundo “i”.
  • Impaciente, señalado por cierto grado de, intranquilidad por algo que se espera o se desea: resultados de mis gestiones, respuesta a mis correos o mensaje, valoración de lo que exhibo…
  • Inmediato, marcado por la rapidez, casi la instantaneidad; sin dilación.
  • Imperecedero, perdurable para siempre. Lo que digo, muestro, hago, exhibo… Ahí estará. Hasta hace muy poco, al menos, imborrable e inolvidable[16]
  • Invencible, o indomable. La sensación de que desde la pantalla de mi dispositivo y el teclado que manejo, todo es posible. Y soy seré invencible.
  • Infoxicado: La infoxicación[17] entendida como el exceso de información. Es, pues, lo mismo que el information overload. Es estar siempre "on", recibir centenares de informaciones cada día, a las que no puedes dedicar tiempo. Es no poder profundizar en nada, y saltar de una cosa a la otra. Es el "working interruptus". Es el resultado de un mundo en donde se prima la exhaustividad ("todo sobre") frente a la relevancia ("lo más importante").
Y en él, en este mundo, vivimos y nos relacionamos. Nuestros chicos y adolescentes también claro. Tan claro como que los asuntos turbios de este asunto no son cosas solo de chicos y chicas. Y que no todo es ciberacoso[18] o grooming, siendo importantes, y mucho, por supuesto. Hablamos también de la denominada por Carrie James[19] (2014) ceguera ética, o  de la hiperconectividad, por ejemplo, y de una forma de relacionarnos, que, con pocas dudas, está modificando sustancialmente el modo y las prioridades en el trato cotidiano. Y esto, precisamente, no es baladí. Solo pensar que voy a cenar con algunas personas y que acabamos (es un decir, porque puede pasar casi desde el principio de la velada) cada uno tocando desenfrenadamente la pantalla de nuestro móvil… Es como un mal. No menor.





[1] Es Licenciado en Psicología, Asesor Técnico Docente de la Consejería de Educación en materia de salud escolar, Profesor de la Facultad de Ciencias Sociales y de la Educación de la UCJC de Madrid y Vicesecretario del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid. Durante 10 años fue Secretario General y jefe del Gabinete Técnico del Defensor del Menor en la Comunidad de Madrid. Es, asimismo, miembro del Consejo Asesor de la Cátedra Santander “Derecho y Menores” de la Universidad de Comillas de Madrid, Director Asociado de la Revista “Psicología Educativa” del COP Madrid y autor de la Guía: Ciberbullying, prevenir y actuar.
@jaluengolatorre

[4] Stalking es un término anglosajón  que significa acecho y que describe un cuadro psicológico conocido como síndrome del acoso apremiante. El afectado, que puede ser hombre o mujer, persigue de forma obsesiva a la víctima: la espía, la sigue por la calle, la llama por teléfono constantemente, la envía regalos, la manda cartas y WhatsApp, escribe su nombre en lugares públicos y, en casos extremos, llega a amenazarla y a cometer actos violentos contra ella. 

[8] http://tecnologia.elpais.com/tecnologia/2013/03/20/actualidad/1363772793_463230.html
[9]http://www.fundacion.telefonica.com/es/arte_cultura/publicaciones/detalle/182#. Fundación Telefónica y Fundación Encuentro (2013)
[14] Cendoya, R. (2013):  rEvolución: del homo sapiens al homo digitalis (Ed. Sekotia)

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