8 de junio de 2017

La muerte y los centros educativos (1)

José Antonio Luengo



Esta tarde hacía calor. Las dos de la tarde. Entraba en el Colegio Nuestra Señora del Recuerdo de Madrid y preguntaba en conserjería por la Jefa de Estudios del colegio. Unos minutos después estaría delante de más de cien profesores y profesoras del centro. El motivo, reflexionar sobre el papel del profesorado y de los centros educativos en situaciones en que la muerte golpea con crueldad al corazón mismo de una comunidad educativa. Y lo destroza, en un instante. 

En unos minutos íbamos a profundizar en los fenómenos personales, sociales y culturales, entre otros, que bañan al ser humano cuando ha de enfrentarse a lo incomprensible. A lo inesperado. De manera brusca, violenta. Aprovechando de manera cruel, incluso, un momento singular en la vida de un grupo de chicos y chicas de Bachillerato, superado el inquietante escenario de los exámenes finales, cercanos ya a la prueba de las pruebas. Esa que parece marcar tu vida y carga de inquietud y desasosiego el horizonte de sus sueños...  Chicos y chicas, deseosos de parar máquinas, y no pensar demasiado en los exámenes que les esperaban unas semanas después, tuvieron que enfrentarse a la trágica muerte de dos compañeros, Belén y José. Compañeros del alma. De risas y tristezas. Compañeros de corazón. Del corazón que une, suelda, captura vidas. Y las funde para siempre.

Tuvieron que enfrentarse a la muerte, tal vez en el peor momento. Mirarla de cerca. Tocarla. Sentir su aliento frío y despiadado. Y sentir que algo en su interior moría para siempre. En el mismo instante en que se detenía la vida de dos amigos del alma, y del corazón, Con quienes hasta hace nada, unos instantes casi, se abrazaban. Expresando su compromiso por seguir. Seguir creciendo. Y vivir.

Hoy, esta tarde he tenido el profundo privilegio de conocer a ese claustro de profesores y profesoras. Y hablar de lo que sabemos sobre la muerte. De lo que hemos aprendido. De su impacto en la infancia. En la adolescencia. Y, en general, en cualquier momento de nuestra vida. Hablar de su huella. Y del punto de inflexión que viene a suponer en la existencia de quien se topa con ella, más o menos de cerca, de sus ominosos tentáculos. Y hablar del papel que ejercemos, o hemos de ejercer en los centros educativos. Con criterio, profesionalidad y orden. Hablar de nuestra responsabilidad y capacidad de respuesta. Y, de especial importancia, del intenso y hondo deber de prevenir. De abordar la muerte como contenido. De capturar la educación para la muerte como ámbito didáctico. Atender su realidad, su presencia en la vida de todos nosotros desde que tenemos edad para interpretar, aun siendo aún muy niños, la vida de quienes nos cuidan, protegen y abrazan; de los que nos rodean y acompañan. De todos los que forman parte del mundo que cada día se despliega ante nuestra inocente e inexperta mirada.

Hoy, esta tarde, me han vuelto a temblar las piernas. Una vez más. Y van... Temblaban mis piernas mientras ponía, seguro, en torpes y trémulas palabras, los pensamientos, sentimientos, emociones y vivencias de quien ha vivido la compleja experiencia de intentar acompañar, y, en la medida de lo posible y de lo que sabemos, ayudar a centros educativos, profesores, chicos y chicas, padres y madres en situaciones de esta naturaleza... Y he podido trasmitir también mis inseguridades, claro; y las certezas. Y el compromiso de estar al lado de quien sufre, de manera repentina, el dolor de del adiós. En ocasiones, del cruel e implacable adiós. De quien formaba parte, también, de lo que somos cada uno de nosotros. Porque somos, también, con los otros. A su lado. A su lado.

Gracias, profesores y profesoras por vuestro trabajo. Por cómo afrontasteis lo incomprensible; por vuestro cariño y valor. Por vuestro compromiso, siempre, con lo más bello de la educación. La mirada sincera. Y transparente. La mirada de sus ojos. Los ojos de nuestros alumnos. La comprensión y cercanía. El afecto y la ternura.

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