10 de junio de 2017

La muerte y los centros educativos (2)

José Antonio Luengo


No es que me asuste la muerte. 
Es tan sólo que no quiero estar allí cuando suceda”. Woody Allen (1935)


Los centros educativos hemos de incorporar la pedagogía de la muerte entre los contenidos a trabajar en nuestras aulas. La muerte está demasiado cerca de cada uno de nosotros, en nuestras propias vidas, en los medios de comunicación, en el innumerable conjunto de imágenes que jalonan cada programa de noticias; se encuentra en el cine, en los dibujos animados. La hallamos, por supuesto, en las series que nuestros hijos e hijas, que nuestro alumnado, consume en sus tablet y ordenadores personales a través de los servicios de streaming. Está en todas partes. Pero apenas hablamos de ella, nos preparamos para ella; apenas intentamos comprenderla, interpretarla como fenómenos, como experiencia personal, social, cultural, religiosa... Simplemente nos acompaña. Y nos altera, claro. Más o menos nos altera. Pero en general, poco. Porque a pesar de la interminable lista de experiencias en las que la muerte es cruel y contumaz protagonista de lo que nos rodea, acabamos simplemente tratándola como noticia, como lo que pasa, a veces cerca, muy cerca de nosotros, pero, sobre todo, como lo que les pasa a otros. Casi siempre lejos, en ocasiones, muy lejos. Y, al final, el resultado, es que casi parece que no ocurre, que no impacta, que no tiene consecuencias... Imágenes que van y vienen, activan por unos instantes, nuestra atención. Y volamos, mentalmente; nos desplazamos, cognitiva, emocionalmente. Y transitamos fugazmente otros mundos, otros rostros, otros cuerpos. A veces inertes, exánimes. Marcados por la muerte a su lado.



Otras veces, simple y llanamente, sin vida. Y volvemos, normalmente a nuestro confort, con cierta rapidez; a ese estado de seguridad que te hace presenciar la tragedia desde el otro lado de la pantalla, impresionarte, según las circunstancias y recuperar el equilibrio, alterado por unos instantes, en el momento en que otra noticia, menos desgarradora o inquietante, inunda nuestras pantallas, y, con ello, también nuestra mente. Y nuestras emociones. Y todo suele acabar con un sobresalto, tal vez, un remordimiento; un recuerdo, un resquemor, o desasosiego, o pena. Incluso con una duda. La muerte está demasiado presente sin embargo, más allá de las imágenes que trufan las pantallas; está a nuestro alrededor. Normalmente muy cerca. Y seguimos mirando hacia otro lado, en la medida que podemos, siempre que, eso, podemos.

No somos ajenos a ella. Simplemente, nos interesa mantenerla, claro, lejos. Sin más reflexión, como un una suerte de rito de tocar madera, tres veces a poder ser. cercano también al mantra infantil de esto es casa... Y es lógico que queramos tenerla lejos, muy lejos, de nuestra vidas, de nuestra gente. Y de nuestra mente. No pensar, no pensar... Y tocar madera. Pero la escuela, los centros educativos no podemos dejar pasar página sin más. hemos de afrontar el reto de incorporar esta reflexión, la reflexión sobre la muerte, con distinto gradiente, por supuesto, e intensidad. Dependiendo de la edad de nuestros alumnos y alumnas, de su capacidad para capturar cognitiva y emocionalmente el mundo que le rodea, las relaciones entre sus elementos. Y las consecuencias de éstas. La idea pasa, debe pasar por vehicular la reflexión sosegada y planificada, y, con ello, el crecimiento sensible, la comprensión del poliédrico fenómeno y sus múltiples caras. Y su comprensión como un proceso más de la vida que vivimos cada día. 


Somos conscientes de cómo la muerte es cada vez más observable, y visible, en el corazón de la vida de nuestros centros educativos. Los medios de comunicación exponen, en ocasiones, con excesos, la relación de no pocas comunidades educativas con experiencias ligadas a la muerte. De familiares, profesores, y, por supuesto, alumnos y alumnas. Víctimas especialmente vulnerables. 

Los atentados del 11 de marzo de 2004 supusieron un punto de cambio (por lo impredecible de la tragedia y por su expansividad y desproporción) en la concepción que el tratamiento de la muerte debe tener en los centros educativos. En este caso, por la necesidad de dar respuesta a insondables consecuencias que la pérdida de vidas supuso en el colectivo de niños y niñas madrileños, en especial de una zona señera de nuestra ciudad. La muerte está muy cerca de nuestros niños y niñas. En sus casas, en su mundo. Ligada a sus mascotas, a las capturas de la realidad que les proporcionan los dibujos animados o las series de televisión, como hemos dicho. A las experiencias, también, por supuesto, de familiares mayores, con gran implicación afectiva en muchas ocasiones, que les van dejando. Y no obviemos las situaciones sobrevenidas que ocurren a su alrededor.

Compañeros de la clase o del colegio que enferman gravemente, situaciones sobrevenidas como consecuencia de accidentes de tráfico, o situaciones de las que últimamente tenemos conocimiento por el tratamiento que determinadas tragedias tienen en los medios de comunicación, representan evidencias de que hemos de tomarnos en serio este trabajo preventivo. hacer pedagogía de la muerte no es una novedad. Y no faltan herramientas, instrumentos y documentación con soporte científico tasado y contrastado. Debemos actuar. Y desde las primeras edades. Con sensibilidad y criterio. Y recorrido.







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