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13 de agosto de 2019

Conversaciones sobre el porno y los adolescentes

José Antonio Luengo


Nuestra sociedad, al menos la occidental que nos acoge y en la que habitamos, vive una era de hipersexualización. Que afecta a todos y todas. Adultos, por supuesto, pero también a los niños, niñas y adolescentes; en relación a estos últimos, hacemos referencia especialmente a la adquisición y desarrollo de comportamientos sexualizados en edades absolutamente inadecuadas y filtradas por toda una suerte de manejos y objetivos puramente comerciales y de negocio ominoso. Y con efectos indeseables y especialmente preocupantes. De diverso alcance y consideración si hablamos del mundo adulto (obsesión por el sexo y trastorno hipersexual -THS-). Y de profundos impactos en la configuración e interpretación del mundo y las relaciones interpersonales ligadas a los afectos, emociones, sentimientos y comportamientos sexuales; muchos de ellos, ligados al propio modelo de comportamiento adulto al que tienen acceso a través de múltiples plataformas y que usan la intimidad sexual y amorosa de forma escandalosa, una publicidad de la compra y la vende, un cine que, con frecuencia usa el sexo como reclamo (.../...), una red de internet que permite el acceso a menores de edad ofreciendo contenidos pornográficos y violentos... (López, F. , 2017).

En muchos casos, sin exagerar, el distanciamiento de la infancia, incluso el fin de la infancia; la erotización y el juego sexual (especialmente en las niñas), el bombardeo incesante de ejemplos a seguir y que actúan por presión incesante hacia modos de estar y ser en la vida sensiblemente alejados de los intereses y actividades propios de estas edades. La hipersexualidad entendida como la sexualización de las expresiones, posturas o códigos de la vestimenta considerados como demasiado precoces (Bailey, G. 2001).

En este contexto, que representa un caldo de cultivo sumamente nutritivo para el acceso a contenidos de contenido sexual explícito e incontrolado absolutamente adecuado a las edades que son de referencia, surge una nueva pregunta. Muy fácil de contestar con evidencia empírica. ¿Ven los adolescentes porno en sus dispositivos digitales? Mucho. Y lo ven cada vez desde más corta edad. La investigación titulada Nueva pornografía y cambios en las relaciones interpersonales, presentada hace un par de meses por la Universitat de les Illes Balears y la red Jóvenes e Inclusión en Madrid así parece atestiguarlo. Y documentarlo. El estudio se construye a partir de las entrevistas realizadas a casi 2.500 jóvenes de entre 16 y 29 años, en su mayoría heterosexuales (76,7 %) de siete comunidades autónomas y tiene como objetivo esencial dar evidencia científica a no pocas hipótesis sobre juventud y pornografía publicadas en los últimos quince años.

-       Se adelanta a los 8 años el consumo de pornografía (edad mínima), aunque se generaliza en torno a los 14 años, gracias a la familiaridad de jóvenes y adolescentes con el uso de pantallas e Internet.
-       Se confirma que el consumo de la nueva pornografía es mayor en hombres que en mujeres, también en términos de tiempo. No obstante, señala que el público femenino se ha convertido en un nuevo nicho para el mercado de la denominada “industria del sexo”.
-       Existen diferencias de género, ya que tiene mayor impacto en los hombres que en las mujeres, tanto en la frecuencia de uso y efectos buscados (masturbación), como en las consecuencias en las relaciones interpersonales.
-       Con la pornografía se refuerzan los roles de género, en los que, a pesar de la presencia de mujeres diferentes (en términos de raza, edad, físico, etc.), persiste su cosificación, a quienes, además, se utilizan básicamente como un medio para que los hombres encuentren placer.
-       Por último, el consumo de prostitución también incrementa la exposición de las mujeres a prácticas sexuales “no normativas” o “de riesgo”, que incluyen desde sexo sin protección hasta violencia explícita (como estrangulamiento) o sexo en grupo con diversos hombres y/o diversas mujeres simulando una violación. Al mismo tiempo, la pornografía fomenta la prostitución como un medio para “dar salida a conductas impracticables consensuadamente con las parejas” (p. 18).

El estudio orienta la mirada hacia la nueva pornografía, caracterizada por una fácil accesibilidad a través de internet, gratuita mayoritariamente o con un precio asequible, la ausencia de límites en lo relativo a las prácticas sexuales visibles, algunas incluso ilegales y el anonimato. De especial interés Los jóvenes y la pornografía en la sociedad tecnológica. La Triple A Engine, a saber: 1) Accesibilidad: la posibilidad de acceso a internet es  universal, 2) Asequibilidad: puede conseguirse fácilmente, casi sin esfuerzo, y 3) Anonimato: es posible acceder de forma anónima a todo tipo de material.

Una nueva pornografía que se encuentra, sin duda, en la base la creación de modelos inquietantes de comportamiento afectivo-sexual, de las propias relaciones de pareja y del incremento de prácticas sexuales de riesgo: sexo sin preservativo, con diversas parejas, en grupo, con presencia de violencia, etc. Un 50% de jóvenes reconoce haber incrementado estas prácticas después de consumir pornografía.

¿Qué respuesta dar? ¿Mirar hacia otro lado? ¿Escondernos? ¿Ojos que no ven, corazón que no siente? ¿Derivar la responsabilidad a otros? Más bien al contrario. La respuesta supone implicación y compromiso. Información y formación también, por supuesto. Pero mirar de frente el reto. Adultos conversando sobre el fenómeno con los adolescentes. No hay otra vía. Con respeto, afecto, responsabilidad, atención, escucha y criterio. El referido estudio nos marca seis políticas de acción especialmente relevantes: Investigación, educación afectivo-sexual, (desarrollar la capacidad de análisis crítico entre jóvenes y adolescentes con respecto a la pornografía y evaluar la eficacia de los programas en curso), trabajo con las familias y centros educativos, relaciones interpersonales (llevar a cabo actividades de reflexión y concienciación del papel de la pornografía en sus vidas y sus relaciones, incluso desde el ocio y tiempo libre), empoderamiento social y servicios de apoyo adecuados (generar conciencia crítica), y control legal (investigar el acceso legal de menores a la pornografía y reducir el acceso especialmente a prácticas de violencia y de riesgo).

No contamos con muchos recursos, pero algunos hay. Y suficientes para empezar a actuar. Padres y profesores hemos de implicarnos. Se trata, sin duda, de un tema complejo, marcado por los miedos y la inquietud por abrir la caja de Pandora. Pero supone un reto obligado. Si queremos introducirnos en claves de la educación sexual que hoy son imprescindibles, e incuestionables. Pero, ¿cómo hacerlo? 

Movistar acaba de estrenar una serie-documental de interés para los adultos. Y que, sin duda, independientemente de su heterodoxia y de los prejuicios que pueda suscitar, supone un espacio de interés para la reflexión de padres y profesores. Muy especialmente, aunque no solo, de los primeros. Madres haciendo porno. Una serie documental que reflexiona sobre la pornografía y la educación sexual de los adolescentes.

Indagando en los entresijos del documental, es posible encontrar una referencia de recursos de interés para el trabajo de información y formación al que anteriormente se aludía: The Porn conversation (Erika Lust), sobre cómo explicar a tus hijos el porno.

¿Lo hacemos nosotros, los adultos? ¿Aun con dudas y temores? ¿O preferimos que se informen sin más en los turbios e inquietantes contenidos porno de la red? Este es el contexto. Tenemos que actuar. Y existen muchas fórmulas, adaptadas, sin duda a valores, singularidades, modos de ver la vida y la sexualidad. Pero no parece razonable permanecer aislados de esta realidad.

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