16 de octubre de 2014

Presentación del Proyecto Alumnos Ayudantes TIC en el COP




El 14 de octubre de 2014 tuvo lugar el acto de presentación del Proyecto de Alumnado Ayudante TIC en la sede del COP, en Madrid. El acto inauguraba el ciclo de Jornadas y Conferencias organizadas por la Sección de Psicología Educativa del Colegio de Psicólogos y congregó a un buen número de profesionales de esta especialidad. Presentado por Antonio Labanda, Coordinador de la Sección de psicología Educativa del Colegio, la exposición estuvo a cargo de Paloma Vacas, Psicóloga y Jefa de Estudios del IES los Rosales, de Móstoles, uno de los centros pioneros en la implementación del citado proyecto, y de José Antonio Luengo.






24 de septiembre de 2014

Esto no es como empieza, sino como acaba: competiciones deportivas.

Esto no es como empieza, sino como acaba: competiciones deportivas.
José Antonio Luengo

Publicado en Web del Getafe C.F.




En la actividad deportiva, y, en general, en cualquier actividad de medio o largo recorrido que tenga que ver con nuestra vida, todos hemos experimentado que una cosa es cómo empezamos y otra, en no pocas ocasiones cómo termina. Nos preparamos, miramos hacia un lado y hacia el otro, inspiramos profundamente y nos decimos “allá voy, que sea lo que Dios quiera…”

Lo correcto, lo lógico y razonable es prepararse bien, orientar bien la mirada, escuchar lo que suena a nuestro alrededor, interpretar las muy nombradas sensaciones, y lanzarse. Empezar a andar, sabiendo que el camino suele ser largo, que surgen imponderables, circunstancias no esperadas. Mirar al final del camino, anticipadamente, es un error. Imperdonable. Que suele pasar factura. Suele funcionar mejor la estrategia  del paso corto, el paso a paso, peldaño a peldaño, el “partido a partido” al que tanto partido ha sabido sacar un entrenador, un grupo humano y un equipo de fútbol por todos bien conocido.

Empezar no es fácil, no suele serlo. Nunca se está del todo preparado para iniciar los procesos. En el mejor de los casos, tenemos la sensación de que hemos hecho lo que teníamos que hacer, que hemos dispuesto los mimbres esenciales para no solo no pasar apuros sino, y esto es importante, conseguir nuestros objetivos, los retos que dan marca y valor a nuestra empresa. Del tipo que sea. Pero solemos empezar, dar los primeros pasos; notamos cómo nuestros músculos van adquiriendo el calor y tono adecuado para trazar las líneas que deseamos trazar, ir de aquí para allá como estaba previsto. Nos lanzamos y confiamos en nuestra preparación y, claro, en nuestra intuición y también preparación para dar respuesta a las incomodidades, a los tropiezos y caídas, a los sinsabores de avanzar a una velocidad menor de la prevista. Tiramos hacia adelante sabiendo que es lo que queremos o, al menos, lo que debemos hacer. Aunque observemos cómo se tuercen determinadas líneas maestras que definimos en su día como reglas de oro para el éxito en el trayecto. Y, sobre todo, en el final del mismo.

En el deporte de competición uno no sale solo de la línea de salida. Más bien al contrario, se ve acompañado por otros participantes en la travesía. Otros que han buscado el estado de preparación óptimo para llegar bien al final de la misma. Incluso a costa de empezar con menos intensidad y fuerzas. Sabedores de lo largo que es el camino y de la necesidad de secuenciar adecuadamente el paso, y encontrar la óptima competencia en los momentos en que se entiende va a empezar a venderse el pescado…

Salimos, empezamos, todos juntos. Miramos a nuestros lados en la línea de salida y vemos legionarios que, en sus equipos o clubs, van dar la vida por competir, por seguir en las adversidades, continuar, levantarse tras las caídas y llegar a lo máximo. Conseguir la meta que se han trazado, que han dibujado en función de varios parámetros, entre los que se encuentran, claro, los mimbres con los que cuentan, el talento y calidad de los integrantes del grupo.

Solo uno alcanzará la meta máxima, a saber, llegar el primero. Y, por tanto, situar como fracaso no conseguir ese objetivo puede ser el principio del fin para la mayoría de los participantes en la carrera. Una carrea auténticamente de obstáculos, en el que las lesiones, la falta de cohesión del grupo, la pérdida de identidad de éste, el entrar en depresión tras los primeros resultados negativos y el mirar demasiado lejos, no centrándose en la responsabilidad que tenemos en cada entrenamiento y en cada segundo de cualquier partido que disputamos.

El secreto es, por supuesto, que cada equipo establezca sus objetivos con sentido común y criterio razonable. Para el 90% de los clubs que inician una temporada, dependiendo de las categorías y deportes, el norte, el objetivo, no será llegar a la meta en primer lugar. Más bien puede ser quedar entre los cinco primeros, o, incluso, mantenerse en la categoría. Porque pesan mucho las herramientas con las que cuentan unos y otros equipos diferencialmente. La cantidad y calidad de la plantilla, el presupuesto, el apoyo de las aficiones…

Pero ahí también está el éxito dibujado. Por tanto, es imprescindible fijar bien los objetivos, situar adecuadamente los posibles inconvenientes que puedan ir surgiendo, marcar bien los tiempos de evolución del equipo. Y, sobre todo, no dejarse llevar por las ansiedades cuando no se empieza del todo bien. El secreto en las carreras largas es no mirar demasiado al frente. Analizar lo que va pasando. Con honestidad. Modificar sin miedos lo que no está funcionando. Y pensar que uno alcanza su particular éxito mirando y mimando cada entrenamiento, cada jugada. Cada partido.  Los corredores de maratón lo saben bien: paso corto, análisis de la activación, capacidad para distanciarse y descargar la ansiedad, y mirar la distancia que tengo que recorrer en los próximos dos o tres pasos. No mucho más.

No todo acaba como empieza. O, a veces, sí. Depende de muchas cosas. Pero evitar el nerviosismo e ir paso a paso, cuidando el grupo y los mimbres con los que se cuenta es absolutamente imprescindible. Cuando uno hace lo que tiene que hacer en cada minúscula secuencia del trayecto, al final las cosas suelen salir bien.


13 de agosto de 2014

Un día cualquiera, bajo los escombros

Un día cualquiera, bajo los escombros
José Antonio Luengo



En un lugar de Gaza. O en Alepo… El mundo se ha acabado. O eso parece. Al menos, para mí. No puedo ver. Apenas puedo respirar. No sé dónde estoy ni puedo moverme. Es algo terrible. Consigo abrir los ojos, llenos de polvo y solo percibo oscuridad. Intento mover mis brazos, mis piernas, pero hay algo que lo impide. No sé qué es.  No sé qué me está pasando. Oigo gritos, muchos gritos. Pero llegan débiles. ¿Qué es ésto?  Definitivamente creo que no voy a poder respirar mucho más. Algo me oprime el pecho, el cuerpo entero. Me duele la cabeza, los oídos. Me duele cada parte de mi incontrolable cuerpo. Pero lo peor es la indescifrable sensación de no saber quién soy, qué ha pasado, qué soy, incluso.

Los gritos siguen más allá de esta especie de tumba en la que me encuentro. Voces y gritos. Sonidos de hombres excavando, buscando algo, removiendo algo que esconde mi cuerpo. Y el de otros. El tiempo pasa y sigo inmóvil, debilitado por mi torpe respiración. Los ojos cerrados, el cuerpo inerte,  yerto. Acierto, sin embargo, a identificar quién soy, o mejor, quién era. Qué hacía antes de que, casi, dejara de existir en mi forma y pensamiento. Ésos que me permitían mover, saltar, jugar, reír. Los que daban razón a mi existencia. Nombre y espacio que ocupar. En el que crecer. Acierto a recordar mi nombre, y qué hacía antes de ese ruido ensordecedor. Que todo lo acalló. Lo silenció. Y lo llenó de fuego, polvo, tierra, humo, escombros  y gritos de dolor.

Jugaba, creo recordar, con mi hermanita. Escondidos todos en un sitio que no era mi casa. Con la tranquilidad, propia de un niño, de quien no sabe qué pasa, de quien aún es muy niño para saber que la tragedia, el llanto incesante, el sufrimiento, el dolor o la muerte no tienen por qué ser la constante en la vida. Pero conocedor ya de su existencia; como puede vivir esos sentimientos, claro, un niño. Mirando, asustado, mientras las vestiduras se rasgan, los gritos inundan el vacío , el dolor se instala en cada rasgo de quien me rodea. Pero, claro. Un niño pasa página enseguida. Y sigue jugando en cuanto tiene un segundo, en cuanto tiene un metro para moverse, saltar, en cuanto tiene algo que tocar, mover, girar o hacer sonar. En cuanto tiene alguien que le sugiere, que le sigue, que sostiene, incluso, el juego. La maravilla de las maravillas para un niño. Un espacio y un tiempo en el que nada se agota, todo se mueve. Y se conmueve. Todo es posible. Imaginado o no. Todo explota (cruel paradoja) en un mar de colores, vivo e intenso en su mente. Su fresca y abierta mente.

Eso hacía, recuerdo, jugar con mi hermanita. Mientras mis padres miraban asustados hacia el techo del lugar que esa noche nos acogía. No sabía muy bien por qué. No recuerdo qué hora era. Si habíamos comido o no. Recuerdo que éramos muchos. De mi familia y de otras. No había mucho espacio y los niños revoloteábamos por allí. Como podíamos. Sujetados algunos por sus padres, temerosos de cualquier cosa, de cualquier movimiento. Eso parecía. Pero quién sujeta a un niño que tiene otros niños con los que compartir suelo, miradas, alguna pequeña travesura...



Un segundo y el mundo se acaba. Un instante y ya no hay nada. Un sonido ensordecedor y el silencio. Porque quienes estaban ya no están, porque quienes miraban ya no miran. Porque quienes respiraban han dejado de hacerlo. Y ahí estoy yo. Sin saber quién soy ni qué me pasa. Tengo siete años. Y casi estoy muerto. Digo casi porque respiro, sé que respiro. Ahogado en polvo y saliva. Dificultado por algo que oprime todo mi cuerpo. No siento dolor porque apenas siento nada. Tal vez que no existo, que nada existe. Salvo mi pequeño corazón latiendo torpemente. Cercano al silencio total.

Un segundo otra vez y el silencio mortal da paso a gritos ahogados, lamentos, rabia y desolación. Alaridos, chillidos… Voces rasgadas. Algo pasa a mi alrededor. Voces de personas. Algo se mueve. Un minúsculo haz de luz golpea mis ojos. No puedo abrirlos. La luz es ya una realidad. Alguien grita mi nombre y chilla fuera de sí. Oigo mi nombre. Reconozco mi nombre. Pero sigo sin poder moverme. Con cuidado retiran los escombros que me cubren. Y alguien, no puedo ver, me recoge con mimo y cuidado, me toma en sus brazos. Pasa, mi cuerpo casi inerte, de regazo en regazo hasta que, pasado un tiempo, me tienden sobre una camilla o algo así. Estoy rodeado de gente que grita, se mueve sin parar. Limpian mi cuerpo y acierto a escuchar unas palabras que, creo, se refieren a mí. Mi cuerpo mutilado.

No sé dónde están papá y mamá. Ni Nadiya, mi hermanita. No sé nada de lo que fue mi mundo. Quiero irme. O dejarme ir. Apenas puedo llorar. Estoy vivo, pero el mundo, mi mundo se ha acabado.  

En recuerdo a todos los niños y niñas que ya no tienen la oportunidad de seguir sonriendo por cualquier guerra.


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