13 de agosto de 2014

Un día cualquiera, bajo los escombros

Un día cualquiera, bajo los escombros
José Antonio Luengo



En un lugar de Gaza. O en Alepo… El mundo se ha acabado. O eso parece. Al menos, para mí. No puedo ver. Apenas puedo respirar. No sé dónde estoy ni puedo moverme. Es algo terrible. Consigo abrir los ojos, llenos de polvo y solo percibo oscuridad. Intento mover mis brazos, mis piernas, pero hay algo que lo impide. No sé qué es.  No sé qué me está pasando. Oigo gritos, muchos gritos. Pero llegan débiles. ¿Qué es ésto?  Definitivamente creo que no voy a poder respirar mucho más. Algo me oprime el pecho, el cuerpo entero. Me duele la cabeza, los oídos. Me duele cada parte de mi incontrolable cuerpo. Pero lo peor es la indescifrable sensación de no saber quién soy, qué ha pasado, qué soy, incluso.

Los gritos siguen más allá de esta especie de tumba en la que me encuentro. Voces y gritos. Sonidos de hombres excavando, buscando algo, removiendo algo que esconde mi cuerpo. Y el de otros. El tiempo pasa y sigo inmóvil, debilitado por mi torpe respiración. Los ojos cerrados, el cuerpo inerte,  yerto. Acierto, sin embargo, a identificar quién soy, o mejor, quién era. Qué hacía antes de que, casi, dejara de existir en mi forma y pensamiento. Ésos que me permitían mover, saltar, jugar, reír. Los que daban razón a mi existencia. Nombre y espacio que ocupar. En el que crecer. Acierto a recordar mi nombre, y qué hacía antes de ese ruido ensordecedor. Que todo lo acalló. Lo silenció. Y lo llenó de fuego, polvo, tierra, humo, escombros  y gritos de dolor.

Jugaba, creo recordar, con mi hermanita. Escondidos todos en un sitio que no era mi casa. Con la tranquilidad, propia de un niño, de quien no sabe qué pasa, de quien aún es muy niño para saber que la tragedia, el llanto incesante, el sufrimiento, el dolor o la muerte no tienen por qué ser la constante en la vida. Pero conocedor ya de su existencia; como puede vivir esos sentimientos, claro, un niño. Mirando, asustado, mientras las vestiduras se rasgan, los gritos inundan el vacío , el dolor se instala en cada rasgo de quien me rodea. Pero, claro. Un niño pasa página enseguida. Y sigue jugando en cuanto tiene un segundo, en cuanto tiene un metro para moverse, saltar, en cuanto tiene algo que tocar, mover, girar o hacer sonar. En cuanto tiene alguien que le sugiere, que le sigue, que sostiene, incluso, el juego. La maravilla de las maravillas para un niño. Un espacio y un tiempo en el que nada se agota, todo se mueve. Y se conmueve. Todo es posible. Imaginado o no. Todo explota (cruel paradoja) en un mar de colores, vivo e intenso en su mente. Su fresca y abierta mente.

Eso hacía, recuerdo, jugar con mi hermanita. Mientras mis padres miraban asustados hacia el techo del lugar que esa noche nos acogía. No sabía muy bien por qué. No recuerdo qué hora era. Si habíamos comido o no. Recuerdo que éramos muchos. De mi familia y de otras. No había mucho espacio y los niños revoloteábamos por allí. Como podíamos. Sujetados algunos por sus padres, temerosos de cualquier cosa, de cualquier movimiento. Eso parecía. Pero quién sujeta a un niño que tiene otros niños con los que compartir suelo, miradas, alguna pequeña travesura...



Un segundo y el mundo se acaba. Un instante y ya no hay nada. Un sonido ensordecedor y el silencio. Porque quienes estaban ya no están, porque quienes miraban ya no miran. Porque quienes respiraban han dejado de hacerlo. Y ahí estoy yo. Sin saber quién soy ni qué me pasa. Tengo siete años. Y casi estoy muerto. Digo casi porque respiro, sé que respiro. Ahogado en polvo y saliva. Dificultado por algo que oprime todo mi cuerpo. No siento dolor porque apenas siento nada. Tal vez que no existo, que nada existe. Salvo mi pequeño corazón latiendo torpemente. Cercano al silencio total.

Un segundo otra vez y el silencio mortal da paso a gritos ahogados, lamentos, rabia y desolación. Alaridos, chillidos… Voces rasgadas. Algo pasa a mi alrededor. Voces de personas. Algo se mueve. Un minúsculo haz de luz golpea mis ojos. No puedo abrirlos. La luz es ya una realidad. Alguien grita mi nombre y chilla fuera de sí. Oigo mi nombre. Reconozco mi nombre. Pero sigo sin poder moverme. Con cuidado retiran los escombros que me cubren. Y alguien, no puedo ver, me recoge con mimo y cuidado, me toma en sus brazos. Pasa, mi cuerpo casi inerte, de regazo en regazo hasta que, pasado un tiempo, me tienden sobre una camilla o algo así. Estoy rodeado de gente que grita, se mueve sin parar. Limpian mi cuerpo y acierto a escuchar unas palabras que, creo, se refieren a mí. Mi cuerpo mutilado.

No sé dónde están papá y mamá. Ni Nadiya, mi hermanita. No sé nada de lo que fue mi mundo. Quiero irme. O dejarme ir. Apenas puedo llorar. Estoy vivo, pero el mundo, mi mundo se ha acabado.  

En recuerdo a todos los niños y niñas que ya no tienen la oportunidad de seguir sonriendo por cualquier guerra.


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