28 de abril de 2016

Acoso entre iguales (9): FUHEM. Conversaciones con José Antonio Luengo

En las vísperas del Día contra el acoso escolar, Víctor M. Rodríguez (Director de FUHEM Educación) conversa con José Antonio Luengo (Funcionario docente y especialista en Psicología Educativa y Asesor Técnico Docente en la Consejería de Educación) acerca de la convivencia en los centros educativos y cómo prevenir y detectar el maltrato entre iguales.

27 de abril de 2016

Nuestros hijos pasan demasiado tiempo solos

Entrevista
En la actualidad, ¿estamos educando bien a nuestros hijos? ¿Esto cómo afecta a las nuevas tecnologías?
En mi modesta opinión, no estamos en el mejor momento, precisamente, en lo que se refiere a pautas educativas de naturaleza cotidiana, del día a día. Y este problema se suma a otros de no poca relevancia: la escasez de tiempo y su calidad por parte de los padres; la deriva hacia estructuras familiares de hijo único; niños y adolescentes en sus pequeños y cómodos “apartamentos” con dispositivos que ahondan en una experiencia ciertamente individualista de vida y relaciones, e hiperconectividad...

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https://www.telefonica.com/es/web/sostenibilidad/articulo/-/blogs/-nuestros-hijos-pasan-demasiado-tiempo-solos-

23 de abril de 2016

Acoso entre iguales (8): a vueltas con la planificación para la prevención de los centros educativos


José Antonio Luengo





Los centros educativos pueden y deben actuar para la promoción de la convivencia pacífica y la prevención del fenómeno del acoso entre iguales. Que recordemos, es violencia. Y maltrato. Una programación para la prevención del acoso entre iguales no es, precisamente, un escenario para la acción habitual en los planes y proyectos de nuestro centros. Detección e intervención son ahora, en este momento, las acciones que más ocupan las mentes y, claro, preocupan. Resolver cuanto antes y de la mejor manera posible. En alguna ocasión, cada vez más, observando la intervención en paralelo de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Comportamientos tasados como delitos que son notificados en cumplimiento de nuestro ordenamiento jurídico. Todo ello sin perjuicio de las actuaciones para la resolución de las casos en el contexto de la intervención educativa, por supuesto. 

Pero hemos de prevenir. Y para ello es necesario dibujar una hoja de ruta clara, con elementos e ingredientes imprescindibles.

Es necesario explicar y exponer nuestro plan al alumnado. Lo que decimos y explicamos a nuestros alumnos sobre normas de convivencia, el tratamiento de la diferencia, la existencia y gestión de los conflictos y los comportamientos de acoso o maltrato entre iguales y el papel de los compañeros en los mismos debe cobrar valor. Porque es necesario insistir, con acciones explicativas y acciones globales y estables en el centro en la relevancia que se va a dar a la convivencia y en concreto a este tipo de situaciones que derivan o pueden derivar en acoso, maltrato o violencia entre los iguales.


Definir los tiempos y los espacios para explicar, dar a conocer y solicitar la participación y colaboración de todos los miembros de la comunidad educativa, y seleccionar adecuadamente los contenidos a trabajar y desarrollar es imprescindible. No todo está sobreentendido en la vida de los centros educativos. Hemos de hacer explícitos los mensajes sustantivos. Y hacer sostenida esta acción.


Es necesario comunicar nuestros planes al alumnado y al colectivo de padres y madres al inicio del curso escolar. Especialmente a los grupos que se incorporan nuevos al centro, en el caso de los institutos de educación secundaria y también en particular los últimos cursos de educación primaria. Comunicarles nuestras intenciones, proyectos y programas para mejorar la convivencia y prevenir y detectar e intervenir en su caso en situaciones de acoso o ciberacoso.


Y ha de hacerse en diferentes formatos, en sesiones específicas, como marco para la reflexión y sensibilización, y trabajando, por supuesto, desde la acción tutorial a lo largo del curso. Y el equipo directivo debe ser reconocido como el núcleo esencial de este recorrido. Y presentar a alumnado y padres a los agentes que van a colaborar en el trabajo para la prevención.


En el desarrollo de un programa para la prevención del acoso escolar es, asimismo, imprescindible encontrar las fórmulas y modelos para la participación efectiva, no solo del profesorado y singularmente de los tutores, sino también de padres y alumnado. Y habilitar, por tanto, estructuras funcionales integradas para el desarrollo de actividades específicas con su participación y, en el caso de los alumnos, protagonismo y proactividad.




Es necesario dibujar un escenario de acciones de acción tutorial, intensas especialmente en el primer cuatrimestre, si bien con continuidad a lo largo de todo el curso. Acciones en cada aula, de modo prioritario en los cursos de 6º de educación primaria y 1º y 2º de educación secundaria.

Las acciones para la información y formación del alumnado en materias como las que son de referencia son importantes; el objetivo, en cualquier caso, es conseguir la sensibilización suficiente en la comunidad educativa y específicamente en el alumnado en torno a valores ya señalados de implicación en la ayuda a los demás, empatía y defensa de los derechos y la dignidad de todos los compañeros y, por supuesto, de aquellos que susceptibles de vivir situaciones de rechazo, exclusión u otras formas de acoso.


Debe contarse, por tanto, con una temporalización detallada, con asignación de contenidos para la reflexión conjunta, con la participación activa de los orientadores de los centros, con agentes implicados en las diferentes actividades y con mecanismos y herramientas para la evaluación de los procesos y acciones desarrolladas.


El centro educativo debe pensar, asimismo, en acciones que permitan visibilizar las diferentes actividades diseñadas y desarrolladas, los contenidos tratados, y aquellos elementos que se considere de interés para mostrar y crear comunidad al respecto de lo trabajado. La planificación y ejecución de determinadas campañas específicas donde se divulguen actividades o resultados de las mismas ante la comunidad educativa y, por supuesto, la utilización de la página web (o blogs) de los centros pueden representar un adecuado escenario para el cumplimiento de este objetivo.


La idea para la elaboración de un programa para la prevención del acoso escolar debe prender en cada centro y, al abrigo de modelos, sugerencias, ejemplificaciones, culminar en un programa singular, propio, creado a partir de diferentes fórmulas y propuestas, pero dibujado en el contexto, con materiales propios, sinergias singulares. Y visible para otros centros, procurando la creación de redes y el intercambio de experiencias y, documentos y materiales. en este ámbito, tal como se ha expresado con anterioridad, la posibilidad de que institutos puedan colaborar con centros de infantil y primaria o que los grupos de la etapa de educación secundaria de centros concentrados y privados puedan representar el soporte esencial para la implementación de las acciones preventivas con el alumnado de menor edad.

10 de abril de 2016

Acoso entre iguales (7): el papel de los compañeros en la prevención

José Antonio Luengo




Lo que hagan los centros educativos para prevenir, detectar e intervenir contra el acoso escolar importa y mucho. Puede parecer esta afirmación una perogrullada, si bien parece necesario y conveniente seguir insistiendo en esta idea para alcanzar cotas de eficiencia, utilizando los medios de los que disponemos para alcanzar nuestros objetivos en el menor tiempo posible y con procedimientos aplicables y sostenibles.

El compromiso y disposición con el que las comunidades educativas deciden hacer frente al acoso entre iguales desde la perspectiva de la prevención y la pronta detección, sin perjuicio de la adecuada intervención, por supuesto, son elementos esenciales para fijar los objetivos y actuar con criterio, planificación y fe.

Existen claves y elementos que permiten definir, planificar y afrontar esta tarea en los centros educativos; escenarios para la acción que, de forma integrada, deben permitir la configuración de planes sencillos, pero de largo recorrido. Hablamos de planes que se concreten en acciones sencillas, accesibles y asequibles en los siempre complejos dibujos organizativos de los centros; acciones asimismo bien hechas y, sobre todo, compartidas por todos. Pocas cosas, bien realizadas y colaborativas. Ese parece ser el esquema que funciona.

El equipo directivo y la comisión de convivencia en el centro de las operaciones, y en su órbita, con protagonismo y proactividad, tres equipos, al menos, imprescindibles. (1) Los delegados de convivencia del profesorado, un equipo formado por algunos profesores, tutores a poder ser, coordinados por una figura que pueda representarlos y guiar su trabajo; (2) los delegados de clase,  y representado también por un pequeño equipo; y (3), los delegados de convivencia del alumnado, auténticos motores en los procesos de información y sensibilización para la promoción de la convivencia  y la prevención del acoso escolar. Una estructura pensada por y para la generación de modelos, entornos y prácticas de convivencia pacífica, que no huya ni esconda los conflictos y que muestre el corazón de la respuesta rápida y pertinente, en la planificación e intervención participada. Pocas cosas, insisto, bien hechas, sencillas y conocidas y compartidas por todos los miembros de la comunidad educativa.


Un plan integral, definido por un proyecto educativo y unas normas elaboradas y decididas entre todos; una escuela pensada de modo colectivo; una visión del centro educativo entendido como comunidad solidaria, centrada en el apoyo mutuo, en la confianza entre los miembros; agentes activos coordinados y con funciones claras; y entre estos agentes, el alumnado como motor de la reflexión y ayuda con los compañeros; y, por supuesto, tiempo para hacer y pensar juntos, padres, profesores y alumnos; tiempo para desarrollar la acción tutorial con los grupos de alumnos, para definir y vestir un compromiso conjunto por la convivencia saludable y contra el acoso, prevenirlo, detectarlo, actuar con rapidez y criterio educativo.


El papel de los compañeros en el desarrollo de acciones para el tratamiento de los conflictos en los centros educativos tiene trayectoria suficiente en nuestro país como para alejar definitivamente las dudas sobre su eficacia y pertinencia. Diferentes modelos, bien documentados y asentados en prácticas contrastadas. Modelos que han permitido dar respuesta sustantiva y contribuido a hacer de no pocos centros educativos ejemplos visibles de modos de actuar consistentes y resistentes. Diferentes denominaciones: alumnos mediadores, alumnos ayudantes, tutoría entre iguales... Y diferentes modelos de intervención también. Con un objetivo común: al menos, contribuir a desarrollar buenas prácticas de convivencia y definir pautas para la prevención y resolución de conflictos. 


En el supuesto que nos ocupa, es necesario resaltar una idea. La acción con el alumnado y del alumnado debe partir de criterios y parámetros que permitan trabajar con grupos de alumnos comprometidos e implicados sin que las costuras de la organización y de las necesidades de unos y de otros, incluidas las derivadas del desarrollo ordinario de los planes de estudio, salten en pedazos o configuren un marco inalcanzable. O escasamente sostenible sin apoyos externos.


Pocas cosas, bien hechas, pensadas colectivamente y compartidas. Ese es, probablemente, el reto. El alumnado de nuestro centro, todo el alumnado, debe conocer el compromiso y el convencimiento de caminar hacia un centro libre de acoso. Y el equipo directivo debe dar muestras de esa visión de modo estable y natural. La apuesta por configurar de un equipo de delegados de convivencia, preferentemente de los últimos cursos de educación secundaria, es, seguramente, un buen principio. No solo. Un equipo de chicos y chicas que puedan integrarse en un proyecto de Aprendizaje por Servicio y contribuyan con su trabajo a afianzar la idea de que esto-de-la-convivencia-pacífica y del-borra-el-acoso va en serio. Que son muchos e importantes los que explican, dan ejemplo, hablan, miran y escuchan. 


Que son muchos e importantes los que defienden la solidaridad, y aceptan también, claro, el error, pero comentado, reflexionado. Con un fin, aprender de lo que pasa y ser, poco a poco, mejores cada día. Individualmente. Y como grupo, como colectivo.


No hablamos aquí de chicos y chicas con perfil de vigilantes, con chalecos visibles que les signifiquen. Hablamos, más bien, de alumnos y alumnas que, formados adecuadamente por los miembros de la comunidad educativa responsables de la convivencia en el centro (delegados de convivencia del profesorado, tutores, miembros de la comisión de convivencia...) desarrollen acciones planificadas para la información, sensibilización y formación de los alumnos del centro, con sesiones específicas y materiales preparados por el propio centro. Alumnos que se convierten en modelos, en referentes. Alumnos que marcan un estilo y muestran el rostro de implicación del centro por extender una idea central. Podemos erradicar el acoso. No el conflicto o los conflictos. Estos habrá que atenderlos, y resolverlos. O más bien, modificar su estructura y características, de modo que puedan ser gestionados saludablemente; y no generen sufrimiento innecesario. Pero adiós a la violencia, al maltrato. Ese es el norte hacia el que dirigirse. 


Ni siquiera en este modelo es necesaria la capacidad para mediar (aprendizaje complejo, sin duda). Sino más bien de comunicar, de ayudar a profundizar en las ideas, en los hechos. Ayudar a pensar. Juntos. No faltan en el mercado programas, planes y proyectos. Pero necesitamos, antes, durante y después, estructuras y agentes. Y acciones combinadas. Y sostenidas. En un plan integral. En el que los padres y madres, por cierto, deben estar también presentes. Alejémonos de la visión corta y mezquina que supuso en los años sesenta y setenta la definición de los denominados programas y materiales a prueba de profesores. Esos-que eran tan-buenos-que suplirían-la-incapacidad-de-los-docentes-para-innovar... Sin desperdicio la cosa.




Alumnos y alumnas que ayudan. Y se comprometen. Y son mostrados. Y se muestran. Se hacen visibles por las aulas. Y en los blogs y webs de los centros. Y traen un soplo de aire fresco a cualquier estructura y organización. Alumnos y alumnas que, con la adecuada planificación representan la reflexión, la información y la formación conjuntas. Y también la detección y derivación, en su caso. Pero especialmente la acción directa con los compañeros para reflexionar sobre conceptos, prácticas, experiencias. Convertidos en referentes como delegados de convivencia del alumnado del centro. Un grupo que con el paso de cada curso dará entrada a nuevos miembros, consolidando y extendido la influencia. Un grupo que en poco tiempo podrá alcanzar niveles de capacitación suficiente que permita, incluso, la formación de nuevos integrantes, y, con ello, la extensión de la idea, del modelo, de la visión. 


Son los mejores agentes.










8 de abril de 2016

Acoso entre iguales (6): 10 claves para que los centros educativos acaben con el acoso



Accede a la información en la imagen
http://www.abc.es/familia/educacion/abci-diez-claves-para-centros-educativos-acaben-acoso-201603231558_noticia.html

Se puede acabar con el maltrato, el acoso y la violencia entre iguales en los centros educativos. Sin duda. O reducirlo a la mínima expresión. Esa es la opinión del psicólogo educativo y vicesecretario del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, José Antonio Luengo, el autor de la Guía: Ciberbullying. Prevenir y Actuar, que acaba de poner en marcha un proyecto muy interesante denominado: El modelo de Aprendizaje-Servicio aplicado a los centros educativos: educando a los más pequeños. 
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7 de abril de 2016

Jóvenes Adictos al Smartphone

Por Catalina López Zuluoaga

No es un secreto para nadie, que la tecnología y el internet se han convertido en un factor ineludible de nuestras vidas, si nos detenemos a observar a las personas a nuestro alrededor, notaremos que la mayoría tiene la mirada fija en la pantalla de un Smartphone. Pero si detallamos mejor a esas personas, entenderemos que se trata de jóvenes y sobre todo adolescentes.
Si nos dedicamos a pensar en ello por unos minutos, llegaremos a una sencilla conclusión, que explica la afición de los jóvenes por éste aparato: Ellos no han vivido un mundo donde los celulares no existen, lo normal para ellos es hacer uso de ésta herramienta como si de una extensión del cuerpo se tratara, para los adultos en cambio es un gadget más que ha salido al mercado.
Smartphone en la juventud
Los jóvenes no consideran que su smartphone sea una herramienta, para ellos es su vida, su memoria, sus contactos, su cerebro, su entretenimiento. Allí guardan sus fotografías, tienen videos de sus amigos, tutoriales, clases, cuentan con todo tipo de aplicaciones, que van desde una simple calculadora hasta diarios, tiendas, reproductores de música, etc. Por si fuera poco también tienen acceso a un millar de redes sociales y páginas web. Sin mencionar la cantidad de videojuegos, películas, libros y series que pueden conseguir al deslizar sus dedos.
Así que no es difícil saber por qué no pueden despegarse un minuto de ellos sin sentirse desmembrados. Ahora, la cuestión es que hay un límite, bastante borroso, entre el uso normal y el uso abusivo de un smartphone. ¿Cómo detectarlo? He ahí el dilema.
Una de las razones principales por la que un joven se vuelve adicto al teléfono, tiene que ver con la presión de ser social. La nueva forma de ser “popular” en la escuela o la universidad, está directamente relacionado con el número de seguidores o “likes” que consiguen en sus publicaciones en las redes sociales, de allí que se obsesionen con las notificaciones que reciben, ya que sienten que deben mantenerse actualizados a toda hora o podrían perder su estatus.
Algo similar al estatus para un adolescente, sobre todo los varones, es su nivel de competitividad en un videojuego, todos sabemos que para ser bueno en un juego, solo tienes que dedicarle mucho tiempo, y de allí que no quieran separarse de sus celulares, pues necesitan subir de nivel su personaje, encontrar ítems, fortificar herramientas o armas, etc.

Peligros escondidos detrás de la adicción al smartphone
Por muy inocente que parezca el uso de este dispositivo en los adolescentes, las consecuencias del uso abusivo pueden traer múltiples consecuencias negativas en el corto, mediano y largo plazo.
Entre los primeros efectos nocivos tenemos la deficiencia en su salud, empezando con afecciones de la vista, problemas en las articulaciones de la mano y el cuello y trastornos de sueño que derivan en un deficiente desarrollo cognitivo.
Por otra parte las consecuencias de una adicción al celular pueden formar parte de la misma causa, por ejemplo el caso del grooming, donde un menor de edad es acosado sexualmente por un adulto a través del engaño, un engaño elaborado que tarda cierto tiempo en construirse, donde el criminal consume la atención total del joven por medio del smartphone, convirtiéndolo en un adicto a la mensajería que recibe de ésta persona. Hasta que finalmente la estrategia de acoso se convierte en una tragedia para el joven y toda su familia.
¿Qué hacer si se percibe un caso de adicción al smartphone?
Si tus hijos pasan un tiempo indiscriminado revisando sus celulares, se les nota preocupados o ansiosos cuando no lo tienen cerca, sería bueno consultar con un profesional para determinar si realmente está sufriendo de adicción, por otro lado es indispensable monitorear su actividad en ellos a través de softwares especializados, de modo que evites algún peligro inminente.
De cualquier modo es recomendable fomentar actividades que no requieran de la tecnología, tales como los deportes, paseos familiares en entornos diferentes y naturales, la lectura de libros físicos, etc. Así los jóvenes pueden encontrar otras vías de entretenimiento, así mismo es muy positivo acompañar esto con conversaciones padre-hijo para recordarle que sus dispositivos son meras herramientas y no deben invertir todo su tiempo y emociones en ellos, porque la tecnología puede ser una barrera emocional falsa que puede perjudicar su futuro si no se le utiliza correctamente.
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Algunas referencias de interés




1 de abril de 2016

Acoso entre iguales (5): acabaremos inventando un conflictómetro

José Antonio Luengo


No es fácil siempre interpretar el alcance, la dimensión y, por supuesto, las posibles consecuencias de los muchos conflictos que, por razón natural de convivencia y relación continuada, podemos observar entre nuestros alumnos en los centros educativos. No lo es. Y es esta una de las principales preocupaciones de maestros, profesores y centros educativos para atender adecuadamente la cada vez más frecuente demanda de atinar siempre y a la mayor brevedad en la más adecuada respuesta, la más correcta medida a lo observado. La RAE define el término conflicto como lucha, pelea, apuro, situación desgraciada y de difícil salida.

Aunque puede hablarse técnicamente de conflictos interiores, apelando a estados personales que definen la duda para salir o resolver una situación que nos está costando gestionar, en términos generales, podría entenderse el conflicto como una situación en la que dos o más individuos con intereses diferentes y contrapuestos entran en confrontación o emprenden acciones mutuamente opuestas, con el objetivo de neutralizar, contrarrestar o dañar a la parte que se considera rival. Se trata por tanto de una crisis, de un atasco en la relación entre al menos dos personas, con más o menos agitación y encrespamiento o irritación. Y puede, claro, ser más o menos duradero. Y virulento. No obstante, hablamos de confrontación, de intereses contrapuestos claros y evidenciados. La cosa puede llevar a escenarios de intercambio verbal o incluso físico, con más o menos impacto para quienes lo observan por cualquier razón al estar cerca del mismo, física y/o psicológicamente.

Conflictos entre iguales, entre compañeros, ya se ha dicho, hay muchos a lo largo de los largos periodos en que unos y otros comparten aulas, pasillos, recreos y, también, redes sociales. Y hay enfados, y peleas, que duran más o menos, como hay hermanamientos, alegrías compartidas e incombustibles. Conviviendo aprendemos a vivir con los otros, es decir, a ganar, y también a perder; a ceder, a callar o a hablar; a argumentar y defender nuestras ideas, a comprender las de los demás, a ponernos en su lugar; a tolerar; a compadecer y a ayudar. Y, cómo no, a ver frustradas nuestras expectativas o ilusiones. Y seguir caminando, no obstante, un poco más fuertes cada día. Los conflictos marcan nuestra vida. Y nuestros alumnos suelen salir mejores personas conforme van enfrentándose a ellos, viviéndolos, gestionándolos. Superándolos. Y experimentando la vida en su recorrido.

Pero en ese espacio, necesario y siempre controvertido, los alumnos también necesitan nuestra ayuda, la de los adultos: y, en el supuesto que nos ocupa, la de quienes ejercemos de modelo desde nuestras responsabilidades como maestros, profesores y educadores. Y mucha ayuda necesitan. Necesitan nuestros argumentos, explicaciones, maneras de ver lo que sucede; necesitan vernos responder, con criterio, sensibilidad y disposición. No reaccionar sin más. Precisan también nuestro modelo de ser y estar. Ayudarles a leer la realidad, desdramatizar, encauzar sus enfados y enfrentamientos. Siempre hay una luz en el camino. A veces al final, pero la hay.  

Las disputas entre compañeros se inician desde que les colocamos juntos, a unos y otros, en nuestras aulas. Desde bien chiquititos. Desde la escuela infantil, por supuesto. Sonajeros y juguetes se convierten con facilidad en elementos de fricción entre los más pequeños. A ver quien se lo lleva a la boca antes se convierte a veces en una pequeña reyerta. Entre llantos y algún que otro arañazo. Enfados y pequeñas peleas, desavenencias entre niños y niñas en educación infantil requieren de nuestra práctica para extraer siempre la mejor solución, la más creativa enseñanza de y por lo vivido tan intensamente. Salen así de su egocentrismo (que no egoísmo) y aprender a enfocar las cosas entendiendo que no están solos, que no va a ser todo tan fácil como llegar y besar el santo…

Amistades que se hacen... En los primeros años niños y niñas se hacen amigos por tener el mismo color o rizado del pelo, llevar la misma o parecida ropa o simplemente por coincidir y verse en un parque un día cualquiera. Y también se deshacen. Casi por idénticos motivos. Amores profundos que dejan de serlo en cuestión de segundos. Grupos que acogían ayer y dejan de acoger a determinados miembros hoy. Por cualquier motivo, incluso de lo más peregrino. Mamá, mis amigas (o amigos) no me dejan jugar con ellas (o ellos) en el recreo… Y la consulta de los padres llega, cada vez con más frecuencia y probablemente intensidad, a la escuela. La alarma por las consecuencias de la frustración, por los posibles traumas sobrevenidos, por lo que no sale bien o como simplemente se esperaba, se activa y salta con una facilidad pasmosa y acaba detallándose en los despachos de los tutores o equipos directivos.

El miedo actual al acoso y las consecuencias que este puede traer consigo ha penetrado contundentemente. Y surgen muchas dudas. Entre los grupos de padres y madres y en los propios centros educativos. ¿Será acoso? ¿Qué puede pasarle a mi hijo? ¿Será acoso? ¿Qué debo hacer? ¿Qué pasos seguir? En los procesos de valoración y percepción social, el movimiento del péndulo ha pasado de habitar en la zona de invisibilidad absoluta de esta realidad a rozar la franja de alerta máxima. Con todos los alarmismos y falsos positivos que esta situación puede traer aparejados.

Acabaremos inventando un conflictómetro que sea el responsable, a poder ser en modo de aplicación informática, de resolver estas dudas. Meteremos los datos y saldrá automáticamente una respuesta. Con mediciones precisas de grados, intensidad, perfiles y, cómo no, consecuencias previsibles. Y una, asimismo, rápida y eficiente tabla de soluciones al problema en cuestión. En un pis-pas. Lo que tarda la impresora en poner negro sobre blanco a nuestra cuitas.

La cosa debe ir, creo en otra dirección. Hablamos de violencia como “aquella situación en que dos o más individuos se encuentran en una confrontación en la cual una o más de una de las personas sale perjudicada, siendo agredida física o psicológicamente” (Jordi Planella, 1998). Es necesario, por supuesto entender que el denominado acoso entre iguales, para ser considerado como tal, debe ser entendido como una forma de violencia, y por tanto, una forma de maltrato. Implica intencionalidad, permanencia en la acción y cierto grado de desequilibrio jerárquico entre agresores y víctimas. El acoso entre iguales no es un conflicto en sí mismo (aunque en determinados casos éste puede derivar en una situación de acoso, desequilibrada...) El acoso es un comportamiento que pretende hacer daño, con desequilibrio entre las partes. En ocasiones iniciado, sí, como una simple broma; pero perpetuado con alevosía e intención de herir.

Por tanto, acoso, maltrato y violencia se reconocen en sus perfiles y conviven en la acción. Desgraciadamente para la víctima, pero no solo. También para los observadores, que no es infrecuente se mantengan en silencio, o mirando hacia otro lado; y para los agresores (aunque no solamos detenernos en esta observación), que caen a tumba abierta por un precipicio ominoso que no les lleva a ningún sitio… O sí. Jaleados y animados por cohortes de compañeros incapaces también de entender el dolor que puede anidar en el corazón y el alma de las víctimas.

Tal vez lo del conflictómetro no sea tan mala idea… Pero uno de los que funciona con la mirada y la observación, la escucha, el diálogo, la comprensión. La evaluación medida y justa de las cosas. Y la sensibilidad. No es este, precisamente, un momento sencillo. Probablemente, estemos en un momento en el que es necesario, imprescindible, diría yo, concebir la convivencia, y sus retos, como el corazón de la vida de los centros educativos. Y considerar que, en efecto, en nuestro cotidiano hacer y estar en ellos vamos a encontrar situaciones conflictivas, algunas no poco importantes, que sin llegar a ser consideradas como acoso entre iguales, requiera de acciones pautadas, protocolizadas, como se dice ahora.

Probablemente debamos insistir, alto y claro, en que el nudo gordiano de nuestra intervención es la tasación del impacto en nuestros alumnos, de las consecuencias de que se evidencian o nos son trasmitidas por ellos mismos, compañeros, o por sus familiares. Y valorar y tomar en consideración la inquietud, desasosiego y, en su caso, el dolor que pueda generar la situación vivida. No el que nosotros entendemos que debería ser. Sino el que nos es mostrado y explicado. Y valorarlo. Tasar, medir, evaluar, siempre; sin descalificaciones, más o menos gratuitas, de las preocupaciones que se nos puedan plantear. Y actuar. Siempre actuar. Actuar para ayudar a ver algo de luz. Y explicarlo bien; y anotar lo que hacemos. Dejando claro el itinerario que vamos a seguir. Más o menos sencillo. Desde un simple conflicto, que no va a ir a más y puede atenderse y aliviarse con facilidad, a la lacra de una situación de acoso gratuito y deleznable. No deben situarse unos y otros exactamente en la misma escala (recordemos que en el conflicto existe confrontación, más o menos en paralelo entre las partes) pero les son comunes algunos elementos. Entre los que destaca, la consecuencia, personal e intransferible, vivida por cada persona cuando se ve afectada por una situación que no sabe gestionar, que no controla, que le provoca cierta indefensión, que no puede enfrentar por si solo. Y socava su autoconcepto. Y autoestima.


Conflictos, más o menos intensos y graves, requieren siempre de nuestra intervención, de naturaleza educativa y pedagógica. Y alumnos y padres deben conocer nuestra implicación en esta tarea. Argumentando bien el estado de la cuestión, definiendo adecuadamente cada situación y midiendo la necesidad de acción, pautada y ordenada. La sensibilidad del equipo directivo y la acción tutorial en la base y como ejes visibles de cada respuesta. El reto puede no ser solo conocer si una situación es tasada como acoso o no. Que lo es, sin duda. Sino también cómo debemos intervenir en el complejo gradiente de intensidad y características de las situaciones a las que sin duda vamos a enfrentarnos.

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