24 de marzo de 2015

WhatsApp, las nuevas reuniones de padres y madres

Jose Antonio Luengo, psicólogo y profesor de la Facultad de Ciencias Sociales y de la Educación de la UCJC, nos aporta luz sobre uno de los temas que más revuelo están causando en los últimos meses en varios centros educativos españoles tras la proliferación de los denominados "grupos de WhatsApp de padres". Una nueva forma de comunicación entre los padres de los alumnos de una misma clase que, en algunos casos, están originando graves conflictos entre éstos y los docentes de sus hijos por el mal uso que se hace de esta aplicación. 






22 de marzo de 2015

El phubbing, una forma de estar (o no) con otros… No sin mi móvil

El phubbing, una forma de estar (o no) con otros… No sin mi móvil
José Antonio Luengo


Ponemos nombre a casi todo. A todo, mejor dicho. Todo aquello nuevo que surge a nuestro alrededor, o, incluso, en nuestras propias manos, nace ya con su denominación expresa; o no tarda demasiado en contar con un término que captura el objeto en cuestión, o la acción como es el caso al que vamos a referirnos. Un nombre, una denominación, que nos lleva a un concepto, a saber, a una idea, a una representación mental de una determinada realidad.

En 2007, al amparo del nacimiento y desarrollo de los teléfonos inteligentes (smartphones), un joven australiano de 23 años, Alex Haigh, acuñó un término para definir y dar significado a la acción de ignorar a las personas con las que estás dando prioridad a lo que se cuece, y late en la pantalla de tu teléfono móvil. Phubbing. Así lo llamó. Un palabra que surge de la fusión de dos términos en ingles; phone (teléfono) y snubbig (desairar, despreciar, menospreciar). Dos palabras en una que vienen a definir una situación muy frecuente en nuestro día a día. Una situación que marca el ritmo de un buen número de experiencias de relación en las que las personas implicadas físicamente pueden ignorarse durante el tiempo en que, en teoría, están relacionándose. 

Todos, seguro, podemos identificar y relatar un sin fin de situaciones en las que este hecho se da explícito, nada enmascarado. Como si nada. Como si fuera lo normal. Como si lo contario, es decir, mirarse a la cara y hablar, dialogar, comentar cosas juntos, fuera, precisamente, algo reprobable. Fuera de uso, casi friki, extravagante, extraño… raro, en definitiva. Las cosas empiezan a ser de tal guisa que lo raro es precisamente que nadie, en una reunión del tipo que sea, saque, o saquemos, nuestros teléfonos móviles para consultar su pantalla como si nuestra vida-dependiera-de-ello.

A veces de manera prudente, dejamos nuestro móvil encima de la mesa. Y no hacemos nada más. Solo avisamos… Igual tengo que contestar alguna llamada, o algún correo urgente. No lo digo con palabras. Lo digo con el gesto. Retoco la ubicación de cubiertos, servilletas y vasos y, zas, coloco mi tercera mano, mi segundo cerebro, mis otros ojos. Ahí, encima de la mesa. Puede pasar cualquier cosa… Y tocanos el dispositivo nerviosamente. Como pidiéndole… ¡Habla! ¿día algo! ¡Muéstrate! En otras ocasiones, nos cortamos menos y aprovechamos cualquier oportunidad para echar un vistazo. Una carcajada, una pausa, llega el camarero… Tenemos esa necesidad. Revisar, conectar con el-otro-lado, a ver si ha pasado algo, si alguien ha dicho (me ha dicho) algo que necesite saber ya. Y contestar ya, claro. Pero podemos, incluso, superarnos. Y pasamos olímpicamente del otro. O de los otros. Quedamos, nos saludamos, acercamos las sillas y nos sentamos juntos. Y, poco a poco, en un pis-pás, la conversación fluye. Pero no en las miradas cercanas, ni en los gestos, las sonrisas cómplices con quien está a mi lado, la conversación o la palabra cara a cara. Más bien con quien está al otro lado de la pantalla. Vemos la sonrisa, sí, pero no es para mí. Sino para quien dice o se expresa a ese otro lado. Nada que objetar, claro. Cada uno se comunica, y se ríe con quien quiere. ¡Pero que no quede conmigo, coño!


Lo más inquietante de todo esto es que estamos ante un comportamiento paradigma de la muy-mala-educación. Así, en bruto. Sin excusas. Porque, en efecto, tal como marca la palabra snubbing, estamos desairando, menospreciando a quien está a mi lado. Intencionalmente a mi lado, claro. Poner nombre a las cosas suele ayudar a tomar conciencia de las cosas, de su impacto, de lo que son y significan. Pero no parece que hayamos sido capaces de detener un modo de estar con los otros que lamina el alma misma de la relación en las distancias cortas, del contacto físico, de la sencilla convivencia, sentados ante un café, el menú del día en un restaurante, una coca-cola después del trabajo o, sí, incluso esto, compartir la cama antes de dormir. Atrás quedan ya los estudios basados en encuestas que relacionaban la mayor o menor actividad sexual de las parejas por la noche con la presencia de una televisión en la habitación. Huelen a antiguo, la verdad. Puede llegar a parecernos que cualquier costumbre pasada fue mejor…Pero pueden formar parte de un mismo continuo, aquel que da valor a lo que ocurre a nuestro alrededor, desdeñando a quien está a nuestro lado. La sofisticación llega con nuestro Smartphone, o Tablet… ya existen, de hecho, investigaciones sencillas que ponen negro sobre blanco los efectos de estas nuevas (¿nuevas?) tendencias[1]. Y sobre aspectos no desdeñables de nuestra salud, también[2].



El vídeo, Olvidé mi teléfono[3], muestra de un modo fidedigno el tipo de relaciones que desembocan, en no pocas ocasiones, en una suerte de desilusión, cuando no discusión o enfriamiento definitivo de las relaciones. En solo tres días desde su publicación le vídeo consiguió más de 5 millones de visitas en YouTube. El secreto de I Forgot My Phone (Olvidé mi teléfono) es, seguramente, haber logrado que los espectadores se identifiquen con los protagonistas en algún momento del vídeo. El corto, subido a Youtube el 22 de agosto, está dirigido por Miles Crawford a partir de la idea de Charlene de Guzman, la protagonista. Narra un día cualquiera en la vida de la mujer, en la que tiene que ver cómo la gente que le rodea se apresura a hacer foto tras foto de los momentos que pasan juntos o, simplemente, prefieren entretenerse con el móvil en lugar de disfrutar de su compañía. El resultado de todo esto, conocido cada vez más, el enfriamiento de relaciones sensibles. Y hasta hace poco, también, imprescindibles. La causa. El desaire. El desinterés. Cierto grado de menosprecio, sin duda.



Vivimos inmersos en procesos vitales marcados por comportamiento y costumbres cuando menos cuestionables. Conductas marcadas por los actuales ritmos digitales, que nos hablan (1) del culto a la inmediatez, propia del mundo digital, del ya antiguo clic y zas-lo-encontré, y de las consecuencias (frustración) de la imposible transferencia de lo inmediato al mundo real; (2) de la creciente impaciencia por conseguirlo todo y, a poder ser, ya… (3) de la infoxicación, entendida como el exceso de información, estar siempre on, recibir centenares de informaciones cada día, a las que no puedes dedicar tiempo, no poder profundizar en nada, y saltar de una cosa a la otra[4]… (4) de la hiperconectividad, o estar conectado en todo momento, con cuantas más personas mejor y con todos los dispositivos que pueda manejar; y, (5) por la sensación de invencibilidad, o la sensación de llegar a todo, poder con todo, a golpe de tecla, simplemente.

Tenemos que pensar un poco más. Antes de hacer.













[1] http://elpais.com/diario/2010/09/30/sociedad/1285797601_850215.html
[2] http://prevenblog.com/la-cama-sin-el-movil/
[3] https://www.youtube.com/watch?v=5tMBbnBH4yQ
[4] http://alfonscornella.com/thought/infoxicacion/

10 de marzo de 2015

AFRONTAR EL SUFRIMIENTO, LOS PSICÓLOGOS DE EMERGENCIAS

Esta vez, en radio digital, en SALUD MENTAL, con la colaboración del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid (COP-Madrid) nos interesamos por los profesionales sanitarios, específicamente por los Psicólogos de Emergencias, que trabajan en circunstancias extremas con la población civil en situaciones de Emergencia, Catástrofes y Crisis. José Francisco González Ramírez (Psicólogo) ha preguntado a Miriam González Pablo, Psicóloga, Directora del RIPE (Red Iberoamericana de Psicología de Emergencia), Coordinadora del grupo de Intervención Psicológica y Catástrofes, Crisis y Emergencias del COP-Madrid, profesora en la Universidad Autónoma de Madrid, en postgrado sobre este campo, Vocal de la Junta de Gobierno del COP-Madrid: ¿Cómo funcionan, cómo se organizan, qué aportan a los ciudadanos y la víctimas en estas situaciones límites de sufrimiento humano los PSICÓLOGOS DE EMERGENCIAS?

Resulta apasionante escuchar las respuestas de Miriam González, lo que nos describe sobre estos profesionales y lo que ofrecen, una ayuda inestimable y necesaria, especializada, a las víctimas de sucesos tan graves como por ejemplo los que acontecieron en el acto terrorista del 11M en 2004 en Madrid. Los Equipos de Emergencias poseen herramientas profesionales para intervenir con eficacia y que debe diferenciarse del apoyo psicológico que puedan dar de inmediato las familias, amigos y otros entornos sociales próximos a las víctimas y del voluntariado. Estos Psicólogos requieren un perfil muy determinado, una formación universitaria larga y compleja en su especialización, y que necesitan ser reconocidos como tales por la sociedad que debe aportar recursos económicos y apoyo para sus organizaciones y estructuras: no es un tema de simple voluntariado, ya han demostrado (y demuestran) su eficacia y necesaria intervención metódica y eficaz en situaciones extremas.


Abordamos este tema inquietante y profundamente humano como un hecho que la sociedad debe valorar y apoyar para que estos servicios funcionen, cuando llega el caso, con la máxima eficacia posible.

9 de marzo de 2015

Material para trabajar la violencia de género en las aulas


Estos audiovisuales permiten trabajar la violencia contra las mujeres en todos los niveles educativos y desde diferentes puntos de vista. La repercusión de este fenómeno entre parejas adolescentes tiene un apartado muy importante dentro de estos contenidos.
Proyectar estos materiales en el aula generará en el alumno nuevas ideas, nuevos conocimientos y nuevas inquietudes. Podemos sacar todo el partido a la motivación y el interés de nuestros estudiantes a través de las tareas de la secuencia didáctica "Esa mujer invisible", perteneciente al REA "Ojos que no ven".

Accede al material


8 de marzo de 2015

¿Por qué las niñas pierden la confianza en sí mismas?

Noticias Cuatro
8 de de marzo de 2015





Las niñas apuntan más alto que los niños. Cuando se les pregunta qué serán de mayores, ellas son más ambiciosas, según el informe Pisa publicado esta semana. Pero después, en la Unión Europea las mujeres cobran un 16% menos que los hombres y sólo ocupan 1 de cada 3 puestos directivos. Según el informe, las niñas pierden la confianza en sí mismas. ¿Cuándo y por qué?

8 de marzo. Un día para cambiar el mundo

8 de marzo. Un día para cambiar el mundo
José Antonio Luengo



El día 8 de marzo debería ser un día para cambiar el mundo. Un día para recordar, para reflexionar, madurar y sentir. Pero también para hacer. No es un día para las flores. Aunque podría serlo. Regalar flores siempre está bien. Pero no es infrecuente quedarse ahí. En ese acto social, vestido de sonrisas y afectos. Muchos sentidos, otros simplemente consentidos.  Un acto, sin embargo, ceñido más de la cuenta a una costumbre que arranca, o parece arrancar, menos verdades de las que serían necesarias ver brotar en nuestro cotidiano vivir, en el modo en que nos organizamos y organizamos las cosas; menos verdades de las que son necesarias aflorar en la consideración y gestión de la igualdad entre hombres y mujeres. En la búsqueda, que debería ser definitiva, de un modo de entender la realidad que valorase en su justa medida a la mujer, su capacidad, su inteligencia, su sensibilidad. Por supuesto, también a su belleza. Pero también a sus interminables experiencias de sufrimiento y dolor; de invisibilidad. De arrinconamiento en las esquinas. Y en las cunetas, incluso.

El día 8 de marzo quiere mostrarnos a la mujer. Con mayúsculas.  Y es necesario. Lo seguirá siendo, lamentablemente muchos años, creo. Pero lo que es necesario es cambiar el mundo. Y ubicar en él a la mujer. Con todas las consecuencias y en condiciones absolutas de igualdad con respecto al hombre. Qué poder atesora el hombre que sigue atizando las lumbres del machismo. Oculto muchas veces en mensajes grandilocuentes que no hacen sino alimentar una disonancia abyecta y despreciable. Un mensaje oficial que esconde, sin embargo, el poder omnímodo de lo atávico, adherido al tuétano de nuestra historia.

Discriminación, exclusión, violencia incluso. Un mundo para unos. Otro para otros. No hace falta situarnos en sociedades ajenas a nuestro fantástico y omnipresente primer mundo. Aún estamos ahí, cerca de la cloaca. Próximos al hedor de la injustificable diferencia de trato. Con escenarios de desigualdad ocultos, larvados, latentes en muchos ámbitos. Patentes, claros y explícitos en otros. Seguimos muy lejos de proporcionar modelos educativos igualitarios. El tejido que anida en nuestro interior perpetúa desagradablemente la visión de la diferencia; ésa que acaba marcando las diferencias. La diferencia, sin embargo, nutre en lugar de minar. Alimenta, suma, potencia. La diferencia no justifica, no puede justificar, la indiferencia ante la desigualdad de trato.


La mujer es el ejemplo puro de la lucha por la libertad, por la igualdad. Desde el silencia, la humildad y la discreción, a veces. Desde el combate abierto y visible. Cierto, claro, indudable. La lucha por los derechos, por la educación, por el trabajo, y los trabajos, dignos y justamente valorado; también por su papel y lugar en la toma de decisiones sobre el modo en que decidimos organizarnos como sociedad, en la vida cotidiana, en las actividades y responsabilidades familiares, en la vida laboral, en el siempre complicado entramado político. ¿Cuánto seguiremos tardando en no aprovechar su capacidad, su inteligencia, su sensibilidad? ¿Cuánto tiempo seguiremos ondeando banderas que no acabamos, lamentablemente, de creernos? Cuántos años más deberemos seguir regalando flores sin cambiar, de verdad, nuestro mundo? Porque, es una evidencia. Con ellas de verdad, el mundo será mejor. Mucho mejor.

4 de marzo de 2015

Ciberacoso, un problema nada virtual



Periódico Escuela, febrero-Marzo 2015

Lo peor, más allá de su existencia, es que todavía no se sabe exactamente qué hacer contra él. Hay ideas, programas y proyectos –el último, un videojuego–. Pero no retrocede. Aunque no se vea, el ciberacoso está ahí. Afecta a entre un 10% y un 37% de los jóvenes, los principales afectados, a los que hay sumar los espectadores. Y sus consecuencias trascienden a las víctimas, llegando a toda la comunidad. No son pequeñeces de adolescentes: en los casos más extremos han acabado con el suicidio de la víctima.

El ciberacoso –el acoso realizado a través de Internet, con todo lo que ello implica– va desde el insulto a través de una red social hasta la publicación de fotos íntimas o la suplantación de identidad en la Red, pasando por una amplia gama de exclusiones, vejaciones, amenazas, hostigamiento, etc. “Pero presenta unas características específicas: ubicuidad, tienen lugar siete días a la semana y puede ser potencialmente más dañino, porque la víctima no puede escapar de sus acosadores”, explica la doctora en Sociología, Maialen Garmendia, directora de EU Kids Online, el grupo de investigación de la Universidad del País Vasco. Aquí hay un hecho diferencial importante con el acoso tradicional: no se acaba cuando la víctima se va a casa.

“El ciberacoso es uno de los fenómenos más negativos que tiene el uso de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) por parte de chicos y adolescentes que más preocupa en Europa”, destaca José Antonio Luengo, especialista en Psicología Educativa, profesor de la Universidad Camilo José Cela y autor de una de las pocas guías sobre la materia existentes.

Su carácter cambiante al ritmo que evoluciona la Web, la disparidad en el perfil de las víctimas (prácticamente cualquiera puede ser agredido o agresor), la proliferación de teléfonos inteligentes con acceso a Internet entre los jóvenes, la brecha digital (menguante) entre padres e hijos, y su poca visibilidad por el miedo a denunciar de quienes lo sufren, complican el estudio y tratamiento de este fenómeno, explican los expertos.

Pero en algo coinciden los consultados: la solución está en la educación, aunque precisamente las escuelas e institutos todavía van a remolque del problema y no lo tratan como deberían. “Aunque es variable, muchas veces son las ONG las que ofrecen sus programas de formación y sensibilización sobre estos temas, y los centros se van acogiendo a ello”, afirma Francisco Javier Fernández, profesor del departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Málaga.


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