31 de julio de 2014

Pobreza y exclusión social: cuando falta lo esencial

Pobreza y exclusión social: cuando falta lo esencial
José Antonio Luengo 



No faltan números, datos, porcentajes, conclusiones basadas en cálculos y proyecciones. Las cifras asustan. Hacen temblar los cimientos de nuestro entramado social. Los avances no son suficientes, entre otras cosas, porque lo que por una lado se llena, por otro se vacía. Los efectos de un mundo tan ansiosamente asentado en la idea del mercado como paradigma de todas o casi todas las cosas, dejan lastres difíciles de controlar, jirones de piel y sangre difícilmente medibles. Los datos nos aportan perspectivas, proyecciones, parámetros comparativos… Pero poco nos dicen del dolor, de la sensación de distancia, de brecha, que separa a las poblaciones a las que hacemos referencia del modelo y espacio social que propugnamos, que defendemos desde el occidente lúcido, desde la modernidad omnipresente y, en no pocas ocasiones, tan autocomplaciente. Poco nos dicen de los días y las noches de las personas que engrosan las cifras, que les dan tan siniestro significado. Poco nos dicen de su desesperanza, de sus fantasías, de sus ilusiones y frustraciones. Son muchos los que cada día no saben qué van a hacer, cómo hacer, cuándo proceder para proveer a los suyos de lo más básico.  

Y los pequeños, los niños, nuestros niños, lo ven, lo viven y sienten. Lo interiorizan. Se les mete en sus carnes, en su corazón, en su alma, en su pensamiento, en sus cogniciones. Se les introduce intensa, ferozmente. Y no les pasa desapercibido. La pobreza lleva a la marginación, a la exclusión, a sentirse fuera del fuego protector. La pobreza les enseña a vivir en los límites, en los márgenes, en los espacios más sinuosos. Y les lleva, en no pocas ocasiones, a situarse definitivamente fuera, fuera de casi todo, en conflicto con casi todo, frente a casi todo. De esto saben mucho los excluidos por razón de etnia, raza o cultura. Saben mucho también los que acaban ausentándose de la escuela, los que se sienten fracasar en ella y acaban huyendo, como alma que lleva el diablo… Se van, muchos, casi todos, poco a poco. Sin que nos demos cuenta los demás (aunque esto no se lo cree nadie). Pero se excluyen poco a poco. Más bien los excluimos, les abrimos la puerta, les tendemos el puente famoso, el de plata, porque no soportamos ya sus impertinencias, su malestar con lo que se les propone. Todo ello sin darnos cuenta (o sí) de que no deberíamos haber permitido que se fueran poco a poco yendo, escapándose de lo que, en general, parece funcionar para casi todos. Pero no todos son iguales. Algunos vienen del lateral, del costado, de los márgenes de la estructura que nos acoge. Y no les acogemos bien. 

La exclusión por la pobreza, la pobreza por la exclusión. El huevo y la gallina Esta cuestión sobre qué va antes, qué origina qué,  también es  pertinente en cuantos escenarios vitales nos acercan a espacios de exclusión en los menores de edad a los que no haremos referencia en este artículo:  la drogodependencia, el grave conflicto social ligado al delito (menores infractores)… ¿Qué es antes, el huevo o la gallina? ¿Lleva la exclusión al consumo de drogas o éste a la exclusión? ¿Lleva la exclusión al delito o éste a la exclusión? Ambas opciones son válidas, ambas se dan en la práctica y confirman la complejidad circular del fenómeno en cuestión. ¿Quién va antes? ¿Qué causa qué? 

Hay exclusión sin pobreza, sí. Pero las situaciones gravemente carenciales de origen generan ordinariamente exclusión de base, aquella que parece marcar, marcarse en la piel, en las cogniciones de quienes la sufren, de la que solo se sale con un espíritu y fuerzas difícilmente tasables. La exclusión te expulsa, te rechaza, te sitúa allá, lejos. La evolución y desarrollo (¿?) macroeconómicos a los que nos tienen acostumbrados los poderosos, políticos incluidos, con sus discursos y proyecciones estructurales, nada tiene que ver con ellos. Sus condiciones de vida no mejoran. 

Únicamente planes transversales, integrales, serios, estables, sensibles, solidarios y prácticos son capaces de provocar acercamientos. Mejores condiciones de vida y laborales, facilidades para el acceso a vivienda digna, opciones para levantar la cabeza.  Los ámbitos donde es necesaria una mayor concentración de esfuerzos en el proceso de inclusión social, que ya marcó en el año 2000 para 2010 el Consejo de Europa (estamos ya  a mitad de 2014) en su Estrategia de Lisboa, no son desconocidos: (1) Fomentar el acceso al empleo: promover la participación en el mercado laboral y luchar contra la pobreza y la exclusión social. (2) Garantizar recursos económicos mínimos. (3) Alcanzar una educación con equidad. (4) Apoyar la integración de los inmigrantes y (5) Garantizar la atención a las personas en situación de dependencia.


La crisis mundial, y nacional, en la que nos hemos visto inmersos no ha hecho sino empeorar de manera espeluznante las cosas. Según datos de mayo del presente año, el 20,4% de la población española, uno de cada cinco habitantes, vive por debajo del umbral de la pobreza, frente al 20,8% de 2012, un descenso que no responde a una mejora de la situación sino a que al disminuir los ingresos de la población también lo hace el límite que marca el riesgo de pobreza. Esa mínima reducción del la tasa también se explica por la estabilidad de los ingresos de los mayores de 65 años (cuyo riesgo de pobreza se reduce en 2,1 puntos hasta el 12,7 %), ya que sus pensiones permanecen estables pese a los menores ingresos del resto de la población, mientras que la de los menores de 16 años se elevó hasta el 26,7%. Además, el porcentaje del 20,4% se eleva hasta el 27,3 % si se utiliza el indicador AROPE de riesgo de pobreza o exclusión social que es el que figura en la estrategia Europa 2020 de la Unión Europea. Este indicador, además del riesgo de pobreza, tiene en cuenta la baja intensidad de empleo en los hogares y la carencia material severa, como no poder ir de vacaciones, no poder comer carne, pollo o pescado cada dos días, no poder calentar la vivienda, no poder tener coche, lavadora o teléfono, o no disponer de 650 euros para gastos imprevistos, entre otros factores (Ver noticia ABC)


Encuesta de condiciones de vida 2013 (INE)
Ver

Noticias


Europa 2020 es la estrategia de crecimiento de la UE para la próxima década aprobada por el Consejo Europeo el 17 de junio de 2010. En un mundo en transformación, se trata de conseguir que la UE posea una economía inteligente, sostenible e integradora. Estas tres prioridades que se refuerzan mutuamente contribuirán a que la UE y sus estados miembros generen altos niveles de empleo, productividad y cohesión social.
La Unión ha establecido para el año 2020 cinco ambiciosos objetivos en materia de empleo, innovación, educación, integración social y clima/ energía. En cada una de estas áreas, cada estado miembro se ha fijado sus propios objetivos. La estrategia se apoya en medidas concretas tanto de la Unión como de los estados miembros. En el apartado de integración social el objetivo nacional 2020 para España es conseguir que 1.400.000 personas menos estén en riesgo de pobreza y/o exclusión social.


Es necesario avanzar. Y mucho. Porque la exclusión se mete en la piel. Y puede no irse ya. Como un pigmento estigmatizador, como una enfermedad incurable. Porque sabemos mucho de las entrañas de quienes se sienten excluidos por origen, desde el origen, los que nunca han podido saber qué es eso del llamado estado del bienestar, incluso qué es eso del Estado, el que debería garantizarnos la igualdad de oportunidades y, claro, la dignidad básica para vivir. Y hacia esa realidad podemos estar dirigiendo, entre todos, a no pocos. A veces uno ha podido escuchar sus cosas, sus recuerdos, sus experiencias; lo que hacen y vieron hacer, lo que saben de la vida, de su vida… y lo que les importa la vida de los demás. Te cuentan su vida sin ambages, nítida, concluyentemente. Saben lo que son y lo que fueron. No aciertan a divisar bien lo que pudieron ser. Aprendieron a vivir la soledad, la pertenencia a un solo grupo, a una sola familia, la de los que tienen poco que esperar en esta vida salvo aquello que se trabajen en las cunetas, en los márgenes de la sociedad misma, en los arrabales de nuestra organización social. Hablan y hablan de cómo aprendieron a encontrar en lo marginal lo que nadie pensó seguramente que serían capaces de hallar en otro sitio. Hablan de sus barrios (a veces por decir algo), de sus percepciones en el acto vital de encontrarse en un mundo donde pelear por lo más básico es la única norma, pelearse por lo que sea, cuando sea… Y esperando no salir más humillado de lo que realmente se sienten. Porque la realidad es que viven una vida de humillación. Y ésta puede vivirse, básicamente, desde dos esquemas de pensamiento y acción: desde la indefensión y el dolor permanente (siempre más y más excluyente) o desde la lucha contra todo y contra todos, contra todo y todos los que se representan la otra realidad, la del bienestar, no sin falta de brega y lucha diaria, claro, pero la realidad del que se siente seguro e integrado, formando parte del grupo dominante…

Algunos nos hablan así desde sus particulares escenarios vitales, desde sus propias parcelas de exclusión. Algunos nos citan con pelos y señales sus orígenes y primeros pasos en la vida social, sus experiencias en la escuela y todo lo que ella traía aparejado. Hay que oírles. Han sido niños (¿alguien lo duda?). Insisto, han sido niños y en no pocas ocasiones, siguen siendo niños cuando algo les hace saltar a la palestra mediática, algún acto indeseable socialmente, claro. Se han visto crecer en el entorno que les ha tocado. Y han visto a sus mayores  (adolescentes, jóvenes y adultos todos son sus mayores, sus modelos, sus ejemplos) defenderse de distintas formas, con diferentes fórmulas. Y suele ser complicado sustraerse, evadirse de las influencias que calan, empapan la mente. 
Las que les son dadas. Las que son. Las que acaban permitiéndoles entender a su manera el mundo en el que viven, y sus extrañas relaciones y transacciones con el otro, el otro mundo. Mundos que nos suelen estar tan lejos. A veces, demasiado cerca. 


La infancia y la adolescencia, que es nuestra, que es nuestro presente, y también nuestro futuro, merecen sentir otra realidad. Sensible con las necesidades de los que menos tienen y aparentemente pueden. Cercana al dolor y al sufrimiento. Que asume el reto de cambiar las cosas. De una manera sustantiva. Sus caras lo dicen todo. Siempre.


Sobre Informe UNICEF 2014 (Infancia y Pobreza)
Accede a Informe en la imagen


En España hay 2.306.000 niños viviendo bajo el umbral de la pobreza

Informe Save the Children sobre pobreza infantil y exclusión social en Europa
Ver Informe



Un tercio de niños españoles vive en riesgo de pobreza o exclusión social



Informe Cáritas 2013 sobre pobreza y exclusión
Ver Informe













20 de julio de 2014

Amigos...

Amigos…
José Antonio Luengo



Hay amigos y amigos. Amigos de la infancia, de aventuras juveniles; hay amigos que se hacen mientras trabajamos… O mientras practicamos alguna actividad deportiva o lúdica más o menos regularmente… Hay amigos de amigos; que acaban siendo, también amigos. Amigos casi de una noche o de unas vacaciones; experiencias que surgen y unen más de lo uno pudiera imaginar. Momentos difíciles o, por el contrario, especialmente bellos. Que unen de manera insospechada. Hay amigos que, la verdad, sería mejor dejar de sentirlos como tales. Y de verlos. Mantenerlos lejos. Muy lejos. Y amigos en las redes sociales, algunos ya amigos, o no, y otros que quieren serlo o que aceptan nuestra solicitud de contacto y comunicación. Y también, otros más íntimos, de internet. O, mejor, por internet.

Ya sé, ya sé… Algunos de estos amigos no lo son en realidad. O no son lo que parecen. Y, consecuentemente, no deberíamos llamarles como tal. Pero lo hacemos de ordinario. Cuando hablamos, o recordamos, o citamos, o señalamos. Especialmente cuando interesa que nuestro interlocutor sepa que les conocemos. Y que podemos contactar con él. O con ella, vamos. Que tenemos su teléfono. Que, a veces, compartimos cañas o algún vino que otro. Pero sabemos que, realmente, no son amigos nuestros. Y no somos sus amigos. Pero hemos hacer un ejercicio consciente para trazar esa línea, la fina línea que separa de una manera clara quiénes son y quiénes no son nuestros amigos. Lo curioso del asunto es que no siempre nos salen las cuentas. No nos salen los números. Miramos los dedos de una mano abierta y parece como si una fuerza invisible impidiera que uno a uno fueran levantándose en esa suerte de cuenta de niños que tanta atención concentra. O puede concentrar. Y, claro, en ocasiones, hacemos laxas las categorías. No queda bien, contigo mismo, eso de no llegar a terminar de abrir una mano. Y, casi, acabamos mirando hacia otro lado y terminar el jueguecito a la mayor brevedad. Que no están los tiempos para muchas frustraciones. Ni malos rollos. O tristezas.

Hay amigos de la infancia, decía al principio. Esos que aún sigues viendo, claro. Porque los que viven en las fotos sin que hayas sabido de su vida son otra cosa. O mejor, fueron. Fueron amigos. Pero dejaron de serlo. Incluso, en algunos casos, nos cuesta recordar sus nombres mientras nos vemos junto a ellos con esa ropa, con esas caritas, con esa inocencia. Desconocedores de todo lo que se nos venía encima en la vida. Pero nos gusta verlos; ahí, junto a nosotros mismos, en una instantánea que retrata un momento, un instante mágico de nuestra vida. Y sonreímos con dulzura cuando alguien nos señala y recuerda su nombre. En ese momento su vida cobra eso, vida. Y mil anécdotas surgen sin parar. Como si el nombre resucitase del sueño a esos personajes que, seguro, en alguna medida, contribuyeron a que hoy seamos como somos. 






¡Y qué ganas expresamos de volver a verlos! De esas, de las ganas, aparecen, en no pocas ocasiones, emplazamientos e iniciativas que burlando la edad, arrugas y apariencia, acaban por reunir a personas que hace más de treinta años que jugaron juntos. Y que fueron amigos. Muchos, de verdad.

Hay amigos, decía también, que nacen en el trabajo. Y es normal. Muchas horas. Muchas juntos, en situaciones complejas a veces. Rutinarias otras. Divertidas algunas. Comer juntos. Unas cañas tras la jornada. Algún que otro gin-tonic. Cenas de empresa. Comidas, cenas y saraos en Navidad. Y a veces pasa lo que pasa… Los amigos del trabajo tienen fuerza normalmente. Unen los intereses, los asuntos cotidianos, las filias y fobias de cualquier empresa o grupo. Unen las horas juntos, las miradas cómplices, el cigarro que algunos se hacen juntos de vez en cuando. Las críticas unen. Al jefe, a los otros. Y las alianzas con otros. Une la edad y los problemas parecidos. Une escuchar que a otros les pasa como a ti. Une la sonrisa de él o ella. Une conocer a alguien que, definitivamente, te interesa. Te hace aprender. Te ilustras. O te hace reír. Él, o ella, con quien te sientes bien, transportado. A veces mucho.





Surgen los amigos en las fiestas, en el deporte, en los bailes, en las actividades lúdicas que completan nuestra cotidiano y rutinario vivir. Une el baile, el gimnasio, los grupos de senderismo o bicicleta. Unen los patines en el Retiro. 






Y, claro, comentaba también, vienen los amigos de Internet. Están ahí. En situaciones parecidas a las nuestras. Esas que nos impulsan a probar suerte, y ver qué pasa. ¡Y que pase, por favor! Eso está bien. No sé por qué sigue habiendo gente que critica esta forma de hacer amigos. Cada uno los hace como puede y sabe. Y cuando puede y sabe. Solo faltaría. Algunos de estos amigos se convierten, salvadas ciertas probaturas y experiencias, incluso de validación de identidad, rostro e incluso nombre, en medias naranjas. Y ello les colma de felicidad. E insisto, está bien.

Pero hay muy buenos amigos. Ésos que hacen que los dedos de la mano se alcen orgullosos. Los que te quieren y se interesan por ti. Los que nos buscan nada. Solo tenerte cerca, quererte, reír contigo. O llorar contigo. Los que enjugan tus lágrimas y se alegran de tus buenos momentos y alegrías. Los que llaman y preguntan por ti. Sin más motivo que ese. Pero, ¿hay motivo más bello? Preguntar por ti ¿Cómo estás? “Quería saber de ti, oír tu voz, saber que estás bien…” Hay amigos a los que hace años que no ves. Y explota el mundo y la vida cuando os veis. Y os cuesta separa vuestros cuerpos cuando os abrazáis. Esta amistad requiere cierto grado de reciprocidad, de equilibrio. De deseo mutuo, de interés mutuo. Y sincero. Se reclaman ambos. Se citan ambos. Se llaman ambos. Y la explosión es grande en la fusión. De ese abrazo. Ya sabes, ese de los que uno piensa que no va a terminarse nunca.

Pero, ojo, hay, también, amigos del alma. Ésos que aparecen en nuestra mente cuando, mirando nuestra mano, observamos encantados que un dedo se mueve. Son, eso, amigos del alma. Y, por tanto, escasísimos. Pero bellos e inexplicables. Son nuestras almas mismas. Almas gemelas. Saben dónde estoy y qué soy. Qué quiero y qué anhelo. Qué rechazo y qué ignoro. Porque, en el fondo, son, casi, nosotros mismos. Mejor incluso. Porque nos ven desde esa barrera que ilumina las dudas. Que aclara lo nublado. Son nosotros sin serlo. Y, claro, son nosotros, pero mejorados. Nos fundiríamos con ellos. A veces, es cierto, incluso nos fundimos. Hombre o mujer, joven o maduro. ¿Y qué? Nos fundimos porque, de hecho, somos casi uno. Siempre están en nuestra mente. Dan luz a nuestras diatribas. Escuchan nuestros desvelos. Tocan nuestro rostro maltratado. Y lo hacen sin si quiera estar a nuestro lado. Esa es la magia de su alma. Mi alma gemela. Nuestra alma gemela. Dan su vida por nosotros. Y nosotros la nuestra por ellos. Suerte de aquellos que noten que un dedo se mueve. Al menos. Voy a decirles ahora mismo, a mis almas gemelas, a quienes forman parte inseparable de mi vida, que les quiero. Que les quiero. Lo voy a hacer ya. Con ellos el abrazo dura siempre. Y te calma el alma.






19 de julio de 2014

Entrevista sobre Ciberbullying en KiddiesMagazine

Entrevista en Kiddies Magazine sobre Ciberbullying
Julio, 2014

En la actualidad, los desarrollos tecnológicos y sus aplicaciones, las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, están cambian- do el panorama social y las relaciones entre las personas. Los niños y adolescentes, los “Nativos Digitales”, son punto clave en estos cambios y los mejor adaptados a este nuevo entorno. 

Pero, con estas nuevas tecnologías, también aparecen nuevas formas de acoso a través de estos soportes como el ciberbullying, el grooming, el sexting... José Antonio Luengo, psicólogo, asesor técnico docente en materia de Salud escolar y, durante años, Jefe del Gabinete Técnico del Defensor del Menor en la Comunidad de Madrid, ha publicado recientemente la “Guía de Ciberbullying. Prevenir y Actuar” para dar respuesta y ayuda sobre este tipo de acoso.

Todo un placer entrevistarle acerca de este nuevo documento y las características del ciberbullying, así como de las precauciones y actuaciones que se deben llevar a cabo para proteger a los menores. 

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2 de julio de 2014

Entrevista en "La Ventana" (Cadena SER)

Entrevista en "La Ventana" (Cadena SER)





(.../...) Empieza este tramo de 'La Ventana' con el editorial de Francino sobre la difusión de la violencia en redes sociales. Isaías Lafuente trae como polémica los deberes de verano para los niños, de lo que hablamos también con los oyentes. Además traemos al profesor en Psicología José Antonio Luengo, profesor de la Universidad Camilo José Cela, y a Ricard de los Frutos, un hombre que sufrió una agresión homófoba.



Tramo resumido