3 de octubre de 2011

Ruptura de la pareja: la necesidad de atender adecuadamente las necesidades de los hijos y valorar nuestra responsabilidad como padres



José Antonio Luengo

  1.  El qué: los conceptos
La sociedad actual convive, cada vez con más frecuencia, (habría que indicar que más bien las crea, las genera y alimenta) con la aparición de situaciones especialmente conflictivas para la infancia y la adolescencia, en las que los déficits de convivencia, la hostilidad entre adultos sin más miramientos supone una clara agresión sobre el bienestar de los menores y, por encima de todo, sobre el desarrollo saludable de su seguridad emocional. Una de estas situaciones, sangrante y lacerante es, sin lugar a dudas, la que se deriva del inadecuado tratamiento que muchos progenitores dan a sus hijos en el contexto de las rupturas de pareja y  matrimoniales.

La experiencia práctica de “gestión” de estas situaciones, cada vez más frecuentes y absolutamente “legítimas” por otro lado,  crea un escenario de importantes impactos en la vida cotidiana de la vida de niños y adolescentes, pero, especialmente, de consecuencias a veces muy negativas, en  su esqueleto psicológico, personal y relacional, en todas sus dimensiones y espacios de interpretación, adaptación, respuesta e interacción activa con el mundo circundante que les rodea.

La trama (a veces el drama) y el conflicto al que se enfrentan, con fruición los adultos, a saber, los progenitores y excónyuges “en tránsito”, puede “salpicar” de manera sustantiva y, en ocasiones, determinante, la mente y el corazón de los hijos, inmersos en un asunto que les compete como miembros de una familia que, por unas razones u otras, se descompone. A veces – y esto sería lo deseable-, los adultos son capaces de mantener el tono y el criterio, el sentido común y la propuesta razonable. A veces, los progenitores tratan con tal delicadeza y respeto la situación que niños y niñas, sensibles sin duda a lo acontecido y a sus inevitables consecuencias y cambios,  pueden, sin embargo, poner en marcha una suerte de recursos que facilitan y acomodan el complejo camino que se abre en sus vidas, seguros, en estas situaciones, de que sus padres van a saber responder y estar a la altura de las circunstancias.

La separación será, pues, traumática para los hijos en la medida en que los progenitores y los adultos que les rodean (familiares cercanos e influyentes) la vivan como un trauma insalvable y no consigan normalizar básicamente la situación.  Aunque pueda parecer duro y especialmente deleznable, la realidad cotidiana da fe de las numerosas situaciones en que hijos e hijas son utilizados como armas arrojadizas, casi como “trofeos” que hemos de conseguir para nuestras arcas, deseosos los adultos responsables de mantener al otro progenitor alejado de la vida física, psicológica y emocional de los hijos. Sin reparar -¡qué grave!- en las necesidades de éstos, en la importancia, para su adecuado crecimiento y desarrollo, de mantener vivos e intensos nexos emocionales y vitales con ambos progenitores. Al final, y en definitiva, no es infrecuente tasar los trastornos que sufren los menores de edad por un inadecuado tratamiento de los procesos de separación y divorcio de un buen número de parejas y por el grado sustantivo de manipulación que sufren por parte de un cónyuge en contra del otro de que son objeto aquéllos.

  1. Las crisis personales (de los hijos)
El proceso de separación o divorcio de una pareja significa enfrentarse a un buen número de emociones difícilmente “asumibles” en el contexto en que se desarrollan los acontecimientos que rodean la vida en familia y en pareja. Las expectativas de cualquier futuro separado (padre o madre) ante el inicio y desarrollo de los trámites para formalizar el referido proceso se concentran, lógicamente, en que todo debería ir razonablemente bien. La mayor parte de las emociones que surgen en el corazón (y en la mente) de los progenitores giran en torno a “lo necesario” de la medida y, consecuentemente, a la idea de que “es lo mejor para todos”. Pero, lamentablemente, las expectativas más básicas se ven a menudo profundamente dañadas por el impacto que se provoca tras los primeros momentos, tras los primeros pasos, las primeras gestiones, las conversaciones con unos y otros, las explicaciones al entorno cercano… Y sobre todo,  ante los miedos que el futuro dibuja en su escenario básico.
           
Además de las consecuencias que la situación provoca en la estructura psicológica de cada miembro de la familia (según lógicamente de la información con que cuente y de su capacidad para elaborarla), en términos generales, la crisis familiar abre un contexto favorecedor de sustantivas crisis personales.

Ámbitos básicos en el funcionamiento de cada miembro de la familia sufren significativos desequilibrios, tanto en lo que afecta al desarrollo interno de los mismos, como en lo que respecta a sus relaciones con el exterior, familia extensa, amigos, relaciones sociales... Especialmente importantes son, sin duda, los efectos en los hijos, siempre, lógicamente, dependiendo de su edad y configuración psicológica, entre otros factores de importancia.


Sentimientos y emociones “normales” en los primeros momentos: los impactos iniciales


·        Aturdimiento: pueden sentirse conmocionados, como si lo sucedido no estuviera ocurriendo de verdad…
·        Negación y rechazo: pueden llegar a negar la situación, pensar que todo “es un mal sueño”, que todo se “arreglará”.
·        Tristeza: es lógico que aparezca sensación de pena y dolor psicológico por el sustancial cambio producido.
·        Sentimiento de pérdida, soledad y desamparo
·        Ansiedad e inquietud: pueden aparecer sensaciones de miedo ante la situación, sentimientos de incapacidad para afrontar lo que “está por venir”…, la casa, el colegio, aquello a lo que “están acostumbrados”…



Una de las repercusiones más sustanciales suele afectar al desenvolvimiento escolar, globalmente considerado. Nos referimos en este contexto no sólo a posibles incidencias en el rendimiento académico, aspecto importante sin lugar a dudas, sino también a los efectos que puede acarrear en el comportamiento, actitudes y hábitos relacionales. De especial importancia han de ser considerados este tipo de impactos, toda vez que su detección y adecuado tratamiento pueden condicionar muy positivamente el desarrollo de aspectos significativos en la vida de los niños y adolescentes implicados.

Los hijos sufren lo que pasa. No hay duda. Lógicamente dependerá de sus edades y maduración, pero, en general, debe entenderse que aquéllos deben habituarse a un nuevo esquema de interacciones, distintas a lo habitual y, lo que es más importante, en un ambiente cargado de ansiedad y tristeza. No son infrecuentes las consultas a profesionales y especialistas, las conversaciones sobre por qué ha ocurrido lo ocurrido y las dudas sobre cómo proceder, qué pasos dar. Por supuesto, una vez completado el diagnóstico, pueden iniciarse programas de tratamiento o intervención de larga duración. Demasiadas cosas pueden cambiar para los hijos, los más vulnerables…

Y, en ocasiones, como suele decirse coloquialmente, las cosas pueden ir a peor. Cuando el dolor y la angustia invaden el corazón de una persona, sus comportamientos y reacciones pueden ser absolutamente impredecibles. Esta circunstancia suele ser la causa de no pocos enfrentamientos entre los progenitores en los procesos de separación y divorcio. Siempre parece haber un “pagano”, alguien que se considera especialmente vapuleado por la situación, incluso en situaciones en que la convivencia previa dejaba altamente insatisfecha a la pareja y, en ocasiones, a la unidad familiar en su conjunto.  Angustia y ansiedad pueden dar paso, con frecuencia, a sentimientos de odio, a veces exacerbado, de uno de los progenitores hacia el otro. Esta circunstancia no supone un escenario neutro para los hijos. Los modos y maneras que los excónyuges utilizan para desmigar sus problemas, razonarlos y dibujar un nuevo escenario de convivencia y paternidad suponen, sin lugar a dudas, el marco de definición que permitirá concretar, más o menos satisfactoriamente, los procesos de adaptación y resolución de conflictos que, sí o sí, vivirán los hijos. Las repercusiones en sus vidas, en momentos de especial sensibilidad casi siempre, no se hacen esperar. Y es lógico que sea así. Gran parte de lo que hacemos, vivimos y sentimos como padres y madres influye de manera sensible en nuestros hijos, en la forma en que ven e interpretan la realidad, en cómo responden a las demandas del entorno, en su configuración de la vida, en definitiva.

Si toda ruptura genera inconvenientes en la vida de los hijos, no puede negarse que cuando las cosas se hacen razonablemente bien por parte de los progenitores, los efectos negativos en los hijos, siempre vulnerables, pueden abordarse de manera adecuada, ayudando de manera sensible a los pequeños (y no tan pequeños) a restañar la situación y vivirla de manera adaptativa, pero siempre desde el convencimiento de que sus padres, ambos, siguen siendo sus padres a todos los efectos y desde la convicción de que, a pesar del dolor, el respeto entre ellos domina las relaciones de convivencia.

Pero, desafortunadamente, esto no es siempre así. Los hijos pueden ser utilizados como “arma arrojadiza” por un progenitor contra el otro y, en ocasiones, el proceso de manipulación se convierte ya en un proceso sin retorno, en una espiral que se autoalimenta y destroza cualquier posibilidad de reencauzamiento del proceso vivido.


Guía para la reflexión (y la acción)



Los problemas
Cómo puedo contribuir a su resolución
(A modo de ejemplos)

 La ansiedad y los miedos
Inquietudes lógicas tales como ¿seguiremos yendo al mismo colegio? ¿dónde viviremos? ¿con quién viviremos? ¿seguiremos haciendo las mismas cosas que hasta ahora? ¿podré ver a mi padre… o a mi madre? ¿y podré también ver a mis abuelos…? asaltan de manera más o menos consciente la mente de los hijos. Dependiendo lógicamente de la edad, del grado de configuración del mundo y de la realidad de que se dispone a diferentes edades, las cuestiones planteadas son referencias estables en la mente de niños incluso de corta edad.

-Adoptando una actitud de tranquilidad y serenidad.
-Explicando cada una de las situaciones que puedan ser objeto de duda por parte de los niños
-Definiendo la situación como un problema que  “va a resolverse” con el esfuerzo de todos
La sensación de culpabilidad
Llama la atención la frecuencia con que los hijos pueden llegar a sentirse culpables de la situación de desamor o ruptura de sus progenitores. Y el sufrimiento y dolor observado en niños y adolescentes por esta causa es especialmente destacable.
-Explicando claramente que las razones obedecen a las relaciones entre adultos
-Aportando seguridad y confianza en el trato cotidiano, afecto, ternura y cariño
-Manteniendo las rutinas esenciales, aquellas que generan seguridad
Los conflictos de lealtades
Es frecuente observar las incertidumbres de los hijos en relación con el equilibrio que se les demanda en el trato y relación con cada uno de los progenitores. Los sentimientos de culpa provocados por “hacer” o “no hacer”, por decir o no decir, por comportarse de una determinada manera con uno y otro progenitor… suponen un obstáculo determinante en la confianza y  tranquilidad que debieran ser norma en las relaciones entre padres e hijos, sea cual sea la situación que vive la pareja.
-Evitando en todo momento las referencias a los problemas y conflictos con la pareja o ya “ex pareja” en presencia de los hijos.
-Cuidar especialmente el papel que en este sentido puedan jugar otros miembros de las respectivas familias.
-Incorporar en las conversaciones con los hijos referencias amables y de afecto hacia el otro progenitor
Consecuencias en la vida cotidiana (grupos de amigos, desarrollo actitudinal y comportamental, rendimiento escolar…)
Las repercusiones en la vida cotidiana son asimismo importantes. Dependiendo de factores como la vivienda habitual,  lugar y condiciones de la “nueva vivienda”, posibles cambios de colegio… pueden derivarse una serie de consecuencias importantes en el desarrollo de las amistades (pérdida de amigos o grupo de referencia), rendimiento escolar (no es infrecuente la observación de descensos significativos) o en el comportamiento (pudiéndose observar tanto procesos involutivos –generados por conductas sobreprotectoras-,  como pautas  de comportamiento hipermaduras y singularmente autónomas)
-Manteniendo en la medida de lo posible la máxima estabilidad en las referencias afectivas y de relación familiar y extrafamiliar de los hijos
-Explicando al profesorado de los hijos la situación vivida y solicitando su colaboración y apoyo singular en estos momentos tan inestables.
-Adoptando una actitud de cercanía e incondicional con los hijos y manteniendo los límites y referencias claras sobre el modelo de conducta que pretendemos de nuestros hijos

Carencias en el desarrollo de la autoestima y el autoconcepto
Las consecuencias de un conflicto de esta naturaleza pueden escorar el ordinario y razonable proceso de desarrollo de la autoestima en los hijos. Las inseguridades e inquietudes generadas, no siempre adecuadamente abordadas por los adultos, pueden condicionar seriamente la estabilidad emocional de niños y adolescentes y consiguientemente su propio autoconcepto y autovaloración. La sensación de haber perdido fuentes de amor, afecto y cariño estables y seguras es germen frecuente de notables condicionantes de la autopercepción del niño, de la valoración de sus propias capacidades y competencias.
-Atendiendo de manera estable sus necesidades afectivas y emocionales, promoviendo y apoyando sus iniciativas, dialogando sobre su comportamiento y consecuencias
-Reforzando positivamente sus esfuerzos, independientemente de los resultados de sus acciones
-Procurando momentos de reflexión sobre la situación, sobre lo que queremos unos de otros, sobre nuestras expectativas
La alianza del hijo o hijos con los “incitadores” al conflicto permanente y especialmente agresivo con el otro cónyuge
En ocasiones puede observarse el desarrollo de patrones de respuesta y conducta en los hijos o en alguno de ellos propio de una especial sintonía con el progenitor que se siente más dolido por la situación y que manifiesta de manera sistemática su notable animadversión hacia el  ya excónyuge. Se “arman” así modos de comportamiento en el hijo (o hijos) sensiblemente identificable con los utilizados por el progenitor más crudamente enfervorizado. Se trata, lógicamente, de un contexto claramente inadecuado para el desarrollo saludable de los menores implicados y “envueltos” en tan agresiva e infructuosa trama.
-Evitando las descalificaciones hacia el otro cónyuge
-Favoreciendo el diálogo y la conversación con los hijos sobre los aspectos positivos del otro cónyuge.
-En el caso de ser el cónyuge objeto de iras y descalificaciones por parte de la “ex pareja”, evitar siempre la réplica agresiva y las críticas negativas como reacción. Aportar un modelo comprensivo ante los hijos, razonando sobre las consecuencias que el dolor trae consigo
En ocasiones, el odio
No resulta, desgraciadamente, infrecuente. El odio del hijo (o hijos) por alguno de los progenitores (normalmente hacia que no convive con ellos y es objeto de permanentes e importantes descalificaciones  por parte del otro progenitor) supone una “extensión” del odio mostrado por el propio progenitor y llega a convertirse en una de las situaciones más perversas e indeseables en el proceso. Llegar a odiar a uno de los padres, como consecuencia expresa e inconfundible del proceso de manipulación ejercido por el otro progenitor, supone una de las agresiones más sustantivas a la salud mental y emocional del hijo (o hijos): Llegan a percibir la ausencia de “ese” progenitor como casi un éxito, un logro que les permitirá reencauzar sus vidas. Esta circunstancia es especialmente significativa en la adolescencia y supone uno de los criterios diagnósticos diferenciales del SAP.
-No dejar de tener contacto nunca con los hijos
-Apoyarse en iniciativas y actividades gratificantes sin caer en la respuesta fácil de otorgar al hijo o hijos cualquier cosa que puedan solicitar o pedir
-Ahondar en los puntos de acuerdo y cercanía con los hijos, en lugar de en sus quejas e inconformismos
-En situaciones especialmente conflictivas, valorar la posible intermediación de algún familiar o amigo que pueda canalizar modos de relación óptimos
-Es imprescindible mantener la tranquilidad y el sosiego ante nuestro hijo, la respuesta razonada y la credibilidad de nuestros argumentos y acciones
El modelo de vida
Ejemplos de relación, convivencia y resolución de conflictos como los que pueden llegar a percibir y sentir los hijos representan un modelo de vida y  de resolución de problemas claramente inadecuado y muy lastrado por las dishabilidades puestas en marcha por sus padres en el litigio vivido y la falta de responsabilidad de los mismos para priorizar sin tapujos ni ambages las necesidades de sus hijos por encima de cualquier otra consideración o sentimiento, por muy legítimo que éste sea.
-Contribuir al desarrollo de nuestros hijos con un modelo de conducta propio que restañe las posibles desconfianzas y heridas surgidas a partir de la ruptura
-El desarrollo de una vida ordenada, comentada y sensible con las necesidades emergentes de los hijos



3.      Guía de “urgencia”: cómo actuar con la mayor coherencia y responsabilidad
En primer lugar, es muy importante saber que las cosas pueden reequilibrarse después de la ruptura. Después de los momentos malos y dolorosos tienen que abrirse paso la calma y la reflexión tranquila sobre lo que hay que hacer; valorar y seguir las orientaciones de los profesionales y, esto es fundamental, saber que la mejor respuesta está en nosotros mismos, en cada uno, como adultos responsables. Si somos capaces de reconocer dónde nos encontramos y mirar hacia adelante, seremos, asimismo, capaces de hallar las salidas más adecuadas. Sin prisa, pero sin pausa.

            De hecho, el grado de desajuste generado en nuestros hijos dependerá de variables como las que a continuación se citan:


Variables que condicionarán el proceso de resolución de la ruptura y la definición que de la misma hagan los hijos

·        Las características personales de los progenitores: Modos de relación y trato, planteamientos habituales en la resolución de conflictos, madurez, autoestima, autocontrol…
·        Tiempo de relación en pareja y características de desarrollo de la misma.
·        Existencia de problemas específicos en alguno de los cónyuges: alcoholismo, violencia, otras dependencias significativas…
·        La edad y características personales de los hijos: desarrollo emocional, autonomía, autoestima, autocontrol…
·        La dinámica familiar previa: estilo de relación, clima emocional y de relaciones, capacidad de adaptación, relaciones con el exterior, capacidad organizativa…
·        Modo de definición del conflicto: cómo se afronta desde los primeros momentos, confianza en los profesionales, diálogo entre los miembros de la familia para buscar soluciones conjuntas, capacidad de adaptación y organización interna, confianza mutua, capacidad para generar cariño y respeto “extra”…






Protocolo básico para la acción: qué hacer, cómo proceder responsablemente



Aportar a los hijos la misma versión del proceso que va a vivirse
En un clima de la mayor tranquilidad, afecto y respeto. Es imprescindible hacerles ver que cada progenitor va a seguir estando ahí para lo que ellos necesiten. Evitar la percepción de culpabilidad en los hijos.

Aclarar a los hijos todas sus dudas sobre situaciones concretas de su vida a partir de la ruptura
Dónde y con quién van a vivir, características de la custodia, vacaciones, colegios…

Aportar a los otros miembros de la familia una versión clara del proceso

Solicitándoles expresamente la mayor neutralidad y colaboración en el proceso de resolución de la ruptura desde la óptica de respeto y cuidado de las necesidades de los hijos.

Informar al centro escolar y al profesorado de los hijos y dedicar tiempo al seguimiento de su actividad
Resulta imprescindible y de gran relevancia para la adecuada definición de la situación. Es importante, asimismo, acudir, preferentemente de forma conjunta al centro educativo para recibir información de los hijos o en situaciones de naturaleza extraordinaria.
Acudir en su caso a profesionales de la mediación y confiar en los especialistas implicados, dejarse asesorar y seguir sus orientaciones
Las primeras informaciones sobre lo que pasa  y va a pasar en el futuro suelen ser difíciles de aceptar. Parece que estamos viviendo una película y lo que sucede no nos pasa a nosotros. En estos momentos, es importante recuperar, en la medida de lo posible, la calma,  escuchar y seguir los pasos que nos sugieren los especialistas. Preguntar lo que no entendemos sin miedo y comunicar sinceramente nuestros sentimientos y emociones. No debemos temer expresar lo que surge de nuestro corazón.

Evitar las comparaciones con otras situaciones
Nada es igual. Es mejor plantearse que se trata de un proceso singular que va a requerir esfuerzos específicos.

Comunicarnos en el seno de cada familia
Debemos entender que desahogarse suele ser el principio de un adecuado afrontamiento de lo que tenemos por delante. Compartir la sensación de pena o tristeza, sin reproches ni comparaciones, ayuda a descargar la tensión y entender que todo va a ir mejor en el momento en que vayamos tomando decisiones sobre cómo hemos de reorganizarnos, las rutinas los horarios y las “nuevas” responsabilidades.

Tomar decisiones conjuntas sobre los pasos a dar
Pensar juntos en las decisiones sobre escolaridad, los horarios, el tratamiento de posibles problemas de los hijos... Hemos de evitar las soluciones impuestas o contradictorias.

Estar pendientes de lo que necesitan y nos piden los  hijos
Las cosas han cambiado y van a cambiar aún más. Es importante mantener las rutinas, la sensación y certeza de seguridad, de que las cosas están controladas. Explicar, cuando sea necesario, que puede haber menos tiempo para hacer determinadas cosas, pero que se van a seguir haciendo. ¡Y hay que hacerlas! Mantener en lo posible ciertas rutinas y costumbres en las que estaban implicados los otros hijos les ayudará a comprender que las cosas, aunque hayan podido cambiar un poco, discurren con normalidad.

Evitar las situaciones de sobreprotección
Generan comportamientos de dependencia y falta de autonomía personal que condicionan de forma sustantiva el desarrollo de los hijos
No perder el contacto con el exterior, con el resto de la familia y, sobre todo, con los amigos íntimos
En este tipo de situaciones no es infrecuente quedarse aislado, evitar las relaciones que con anterioridad nos hacían disfrutar de momentos agradables. Nos puede dar vergüenza salir a la calle, incluso acudir a casa de nuestros amigos con los hijos. Tenemos que superar estos sentimientos y temores cuanto antes. Necesitamos a nuestras familias y necesitamos a nuestros amigos. Ellos van a entender que no pasamos por el mejor momento y nos van a ayudar. Seguro.

Atender y cuidar especialmente el respeto hacia nuestra expareja
Este es, probablemente, el reto más importante. Todo lo que se haga en este sentido irá a favor de una mayor estabilidad en general y, por supuesto, redundará asimismo en el mejor desarrollo de los hijos y en una más adecuada definición de la situación por su parte.



            Existen, asimismo una serie de indicaciones imprescindibles situadas en los primeros momentos de la ruptura cuando se hace efectiva la separación física, un conjunto de concreciones básicas y elementales, pero de gran trascendencia para que las cosas fluyan adecuadamente y los hijos puedan asentarse debidamente en la nueva situación:


            Es imprescindible:
·        Pactar cuanto antes los tiempos de presencia de los hijos en las casas de ambos progenitores: lo que viene denominándose, de modo muy desafortunado,  “régimen de visitas”. La idea de que los hijos vayan “de visita” a casa de uno de los progenitores debería desecharse a todos los efectos.
·        Definir acuerdos básicos entre los progenitores sobre criterios educativos y normas en ambos hogares.
·        Evitar en cualquier caso los excesos económicos (compra de juguetes y regalos, por ejemplo) en la vida cotidiana con los hijos… Suele ser un medio habitual (y absolutamente desaconsejable) para   “compensar” las dificultades que han de afrontar nuestros hijos por la ruptura. La discreción y moderación en los comportamientos desarrollan valores adecuados en cualquier caso y, sobre todo, en estos momentos. Especialmente importante es no intentar diferenciarse respecto al otro progenitor mediante el consumo y el gasto. NUNCA se es mejor padre o madre por gastar más que el otro…
·        Intentar crear entornos cómodos en ambos hogares, de manera que se disponga de los esencial y básico en ambos, evitando así la sensación de precariedad en uno de los hogares con respecto al otro…
·        Intentar, en la medida de lo posible, la cercanía de ambos hogares. Esta circunstancia ayuda en gran manera a nuestros hijos y facilita su adaptación a la nueva situación.




            Resulta imprescindible el compromiso con el buen hacer, con el trato afectuoso y sosegado, responsable y creíble. Los modelos de la “pedagogía del contrato” pueden aportar a adultos y niños y adolescentes (especialmente a éstos) un marco para la generación de acuerdos básicos, de compromisos de relación, trato, convivencia y  vida en común en los momentos de crisis. Un ejemplo útil y práctico de “declaración de principios” y compromisos esenciales entre adultos y niños debería contribuir a fijar y establecer claramente las pautas y normas básicas de conducta de relación entre ambos cuando la convivencia ha cambiado de parámetros y ya no vivimos todos “como antes”.


Modelo de compromiso para las relaciones:“Declaración de acuerdos básicos y principios de acción”
(Adaptado de L.P. Boiseelier, Cusset (Allier), citado en Przesmycki, H. (2000): “La pedagogía de contrato” Graó. Barcelona)



Yo, padre o madre, me comprometo a:
Yo hijo o hija, me comprometo a:
Crear un entorno agradable y tranquilo a tu alrededor
Contribuir a que la casa esté ordenada y a gusto de todos los que vivimos en ella
Escuchar tus necesidades, tus deseos, quejas y preocupaciones y, por supuesto, dialogar sobre ellos
Utilizar un lenguaje correcto en mis expresiones, hablar con claridad sobre mis necesidades y contribuir al diálogo y la toma de decisiones conjunta
Ayudarte en tus tareas escolares, estar cerca de ti cuando más necesites este apoyo y estar en todo momento informado de tu situación en el Colegio o Instituto
Realizar las actividades escolares y contarte puntualmente mis dificultades y problemas que puedan surgir en mi rendimiento escolar o relación en el Colegio o Instituto
Conversar contigo frecuentemente sobre mis horarios, responsabilidades de trabajo y necesidades excepcionales por cuestiones laborales
Ayudar especialmente en estas situaciones y colaborar a que las situaciones más complicadas no te sean especialmente dolorosas por no poder ayudarme en esos momentos
Considerarte como alguien con quien se puede y se debe hablar, comentar las cosas de casa y tomar decisiones conjuntas
Entender que, tras el diálogo y la conversación, las últimas decisiones siempre las tienes tú.
Ser justo, razonable y proporcionado con los límites impuestos y los posibles castigos
Entender y respetar tus decisiones aunque pueda no compartir algunas de ellas
Hablar de tu madre (o padre, según se trate) con respeto
Contribuir a que todos conozcan el adecuado trato que nos damos como padre (o madre) e hijo o hija


Cuando la mediación profesional es necesaria
            En ocasiones no basta con los recursos personales para afrontar la situación. Sentimos que ésta nos supera, invade nuestros códigos, deforma la interpretación que hacemos de las cosas, desconfigura nuestras prioridades, las de siempre, las que fueron forjando nuestro proyecto de vida. Vemos sufrimiento a nuestro alrededor; algo dentro nos quema sin saber muy bien cómo actuar. Los acontecimientos nos superan, y, a veces, asustados, quedamos paralizados ante realidades que requieren decisiones de importancia y sin demasiada demora. 
            La mediación profesional representa un ámbito de intervención de relativa reciente implantación en nuestro país. Cada vez son más los conflictos que se resuelven, o cuando menos se reorientan razonablemente, gracias a la mediación. Y no sólo en causas como las que estamos abordando sino también en otros foros o escenarios, como las comunidades de vecinos, en los centros escolares, etc. Cataluña ha sido pionera en el desarrollo de un marco normativo[1] de mediación Familiar y otras Comunidades, como la valenciana, la Xunta, las Comunidades de Castilla-La Mancha y Castilla y León y Canarias (Ley 15/2003, de 8 de abril, de la Mediación Familiar, modificada por la Ley 3/2005, de 23 de junio), han abordado asimismo el desarrollo de una Ley específica en esta materia, de amplia notoriedad y necesidad en la actualidad.


Los diez principios de la cultura de la mediación[2]

  1. La humildad de admitir  que muchas veces se necesita ayuda externa para poder solucionar las propias dificultades.
  2. La responsabilización de los propios actos.
  3. El respeto por uno mismo.
  4. El respeto por los demás.
  5. La necesidad de privacidad en los momentos difíciles.
  6. El reconocimiento de los momentos de crisis y de los los conflictos como algo inherente a la persona.
  7. La comprensión del sufrimiento que producen los conflictos.
  8. La creencia en las propias posibilidades y en las del otro.
  9. La potenciación de la creatividad sobre una base de realidad.
  10. La capacidad para aprender de los momentos críticos.



Implicaciones para el profesorado
El profesorado representa en situaciones de estas características un apoyo especial, si consideramos (1) la importante influencia que de manera natural ejerce sobre los niños y niñas y (2) los peculiares momentos por los que va a discurrir el niño o adolescente durante la ruptura y  los tiempos subsiguientes y (3) la repercusión que en la vida emocional de éstos, tiene el desarrollo escolar. La experiencia acredita suficientemente que la actuación comprometida del profesorado contribuye de manera significativa a disolver importantes bolsas de desajuste de niños y adolescentes que pasan por esta situación.

Una vez informado de las circunstancias por parte de los progenitores (por uno u otro, o –en el mejor de los casos- por ambos), la intervención del profesorado requiere de una exquisita sensibilidad y una profesionalidad a prueba de bomba. Los conflictos frecuentes entre los padres suelen salpicar la labor del centro educativo. No es infrecuente encontrar serios problemas a la hora de informar sobre las calificaciones escolares, considerar la posible presencia del progenitor no custodio en el centro o llegar a acuerdos sobre el rendimiento y necesidades del hijo en el centro educativo. Sin embargo el mensaje no puede ser otro: el niño requiere de nuestra sensibilidad, afecto y, por encima de todo, de nuestra responsabilidad, compromiso y profesionalidad: seguir y apoyar especialmente su comportamiento relacional con iguales y otros adultos del centro educativo, su conducta emocional y, claro está, también su rendimiento académico.

Es importante no bajar la guardia en estos momentos. Las dificultades antes reseñadas como impactos en la vida de los hijos, traen aparejadas no pocas incidencias en el desarrollo de su autoestima y, de todos es bien conocido, lo que pueda pasar o vivirse en el Colegio o Instituto puede contribuir sensiblemente a reducir las repercusiones negativas de lo vivido en casa o, en el peor de los supuestos, a reforzarlas y perpetuar su profundidad y negatividad.



Modelo de compromiso para las relaciones: “Declaración de acuerdos y principios de acción conjunta entre el profesor y el alumno en el centro educativo”
(Adaptado de L.P. Boiseelier, Cusset (Allier), citado en Przesmycki, H. (2000): “La pedagogía de contrato” Graó. Barcelona)



Yo, profesor, me comprometo a:
Yo alumno, me comprometo a:
Crear un entorno estimulante, agradable y favorecedor de tus aprendizajes y relación
Ser responsable y ordenado con mi material de estudio y el material del aula
Estar atento y escuchar tus necesidades, quejas y preocupaciones y, por supuesto, dialogar sobre unas y otras.
Ser respetuoso. Utilizar un lenguaje correcto en mis expresiones, hablar con claridad sobre mis necesidades y contribuir al diálogo sobre cualquier cuestión que pueda tratarse en la clase con mis compañeros o el profesorado
Respetar asimismo a mis compañeros, sus ideas, ser razonable y tolerante
Ayudarte en tus tareas escolares, orientarte y estar cerca de ti cuando más necesites mi apoyo y estar en todo momento en contacto con tus padres sobre tu situación y rendimiento  en el Colegio o Instituto
Realizar las actividades escolares y explicar puntualmente mis dificultades y problemas que puedan surgir en mi rendimiento escolar
Conversar contigo frecuentemente sobre tus horarios y el modo en que te organizas las tareas escolares para realizar en casa
Informar sobre cómo me organizo y las dificultades puntuales que puedan surgir al respecto y, por supuesto, sobre las dificultades que pueda tener en determinados contenidos
Considerarte como alguien con quien se puede y se debe hablar, alguien importante con quien conversar y tratar cuantas cosas consideres necesarias relativas al estudio, tus relaciones personales o cualquier preocupación
Expresar mis dudas e inquietudes, respetando lógicamente aquellas cuestiones íntimas sobre las que prefiera guardar silencio
Apoyarte siempre en tus realizaciones y ser justo, razonable y proporcionado con los límites impuestos y los posibles castigos por tu comportamiento
Entender y respetar las decisiones que puedan adoptarse aunque pueda no compartir algunas de ellas
Hablar con tus padres con frecuencia e influir en la medida de mis posibilidades a que te encuentres cada día mejor
Contribuir a que ellos conozcan el desarrollo de mi vida en el centro educativo y comprendan mis necesidades


Las administraciones educativas vienen regulando de manera muy diversa (y en ocasiones dispersa) las obligaciones del profesorado en determinadas materias cuando se dan situaciones de separación o divorcio entre progenitores de los alumnos atendidos. Amén de responsabilidades ligadas a la posibilidad de presencia del progenitor no custodio en el centro escolar y solicitud de contacto con su hijo o hija y aquéllas derivadas de la recogida de los hijos al terminar las clases, es de vital importancia procedimentar básicamente los sistemas de información sobre el funcionamiento escolar de los niños y adolescentes que puedan verse implicados. Independientemente de los procesos que puedan verse plasmados en documentos normativos ad hoc, resulta imprescindible atender una serie de criterios básicos que padres y profesores deberían incorporar para garantizar una adecuada atención al menor de edad:


Criterios básicos para la actuación de los adultos en el entorno escolar
¿Qué dificultades encuentro? Opciones de resolución
La comunicación entre padres y profesores es imprescindible y forma parte de las responsabilidades de unos y otros para dar la mejor respuesta a las necesidades emocionales y afectivas del niño o niña.


El profesor tutor debe conocer la situación de ruptura de pareja que pueda haberse producido una vez que ésta haya sido ratificada judicialmente y, siempre que así se estime por parte de los padres, cuando no habiéndose establecido definitivamente la disolución de la pareja, pueda entenderse que el conflicto ha inundado de forma clara la convivencia familiar y la vida de los hijos.

La información facilitada por los padres al profesor tutor debería facilitarse atendiendo preferentemente al interés superior del menor y, por tanto, es deseable que se lleve a efecto por parte de ambos progenitores en la misma entrevista, centrando la atención en las posibles repercusiones, evidenciadas o no, en sus hijos y, especialmente, en la reflexión sobre decisiones a adoptar, orientaciones, etc. Cuando esta situación no sea posible, es importante recabar información de ambos progenitores aunque sea de manera independientemente.


Mientras no exista resolución judicial en contra, la patria potestad es ostentada de manera similar por cada uno de los progenitores. Es imprescindible no confundir el ejercicio de la guarda y custodia con el de la patria potestad.


El profesor tutor debe tener conocimiento del régimen de guarda y custodia que pueda ser definitivamente acordado o dictado por el Juez. La hipotética discrepancia en las informaciones aportadas por los progenitores deberá ser resuelta con la solicitud y valoración de los documentos legales que acrediten y den fe de las medidas adoptadas. Cualquier duda al respecto por parte del profesor tutor deberá ser comunicada al Equipo Directivo y, en su caso, por éste, al Servicio de Inspección Educativa.


No es infrecuente que puedan producirse acuerdos entre progenitores que no estén fijados en los documentos formales que dan fe de las medidas sobre régimen de guarda y custodia de los menores. Este tipo de situaciones tienden a facilitar la vida tras la ruptura en la medida en que flexibilizan acuerdos y permiten una atención más adecuada a las necesidades de los hijos. De este tipo de acuerdos y siempre que afecten lógicamente a las relaciones del alumnos con el centro escolar, deberá tener conocimiento el tutor; especialmente a efectos de concretar formatos de información, procesos de recogida de los alumnos, etc.

La información sobre calificaciones escolares del alumno y sobre las condiciones de rendimiento y funcionamiento en el centro educativo del mismo deberán aportarse a ambos progenitores siempre que se mantenga la patria potestad por parte de ambos. Las condiciones en que esta información se produzca deberá adecuarse a las posibilidades reales de acuerdo (y deseos explícitos) entre los progenitores, si bien, siempre que sea posible, parece razonable plantear una sola información con ambos progenitores.

En situaciones especialmente conflictivas, es aconsejable que el tutor lleve un registro básico de las actuaciones de relación con los progenitores que va desarrollando (fechas, información aportada, materiales entregados, orientaciones aportadas, etc.)

La información que pueda ser solicitada a instancias judiciales por posibles litigios entre los progenitores deberán ser atendidas siempre atendiendo a los requerimientos especificados documentalmente. La objetividad y detalle de las informaciones que puedan aportarse son imprescindibles.

El profesor tutor no puede considerarse en ningún caso un mediador entre adultos que se encuentran en conflicto. Sus intervenciones deben ir dirigidas a garantizar el mejor trato hacia el alumno implicado; todo ello, lógicamente, sin perjuicio de las intervenciones razonables que permitan tranquilizar y orientar a los progenitores en la tarea educativa para con su hijo.




Para saber más: guía orientativa
 Referencias bibliográficas comentadas



Vallejo-Nágera, A. (2002): “Hijos de padres separados: consejos para recuperar la armonía y el respeto ante un nuevo futuro”. Madrid: Temas de Hoy

“¿Por qué se han separado mis padres?” “Si ellos ya no se quieren, ¿dejarán de quererme a mí?” “¿Quién tiene la culpa?”. Estas son algunas de las preguntas que a menudo se hacen los hijos de padres separados y a las que la autora intenta dar respuesta en un libro pensado especialmente para los niños.

La autora analiza con sencillez las diversas consecuencias que pueden aparecer tras la ruptura matrimonial:
-          Los niños que no pueden ver a su padre
-          El miedo a quedarse solos, las mentiras
-          Los motivos que pueden hacer necesario acudir a un especialista
-          La convivencia de la nuevas parejas…

Ofrece asimismo claros consejos para evitar que los hijos sufren las repercusiones negativas de la separación y permite entender la importancia de la buena comunicación en momentos de crisis.




Largo Remo, H. y Czernin, M. (2004): “Hijos felices de padres separados: sobre la separación y cómo afecta a los niños”. Barcelona: Médici

Los niños no tienen necesariamente que pasarlo mal con la separación de sus padres. Los hijos felices de padres separados también existen. Se trata de encontrar las claves para actuar correctamente.

Los autores proponen una forma responsable e inteligente de enfrentarse a la separación y permitir que sus hijos sigan creciendo estables sean a pesar de las circunstancias. Abordan cuestiones especialmente relevantes como:
-          ¿Cómo decírselo a nuestros hijos?
-          ¿Puede irles bien a los hijos cuando a los padres les va mal?
-          Vivir separados y educarlos juntos, ¿es posible?
-          ¿Cómo reaccionan los hijos ante las nuevas parejas?

Los autores se proponen dos objetivos principales: satisfacer las necesidades de los niños y respaldar a las familias mediante vínculos sociales sólidos. La separación y el divorcio no deberían condicionar la felicidad o infelicidad de padres e hijos, sino sus relaciones y condiciones de vida posteriores.

El eje central del libro es el mundo en que viven los niños. Cuáles son sus maneras de ver e interpretar la vida, sus necesidades, intereses y preocupaciones.




Wallerstein, J.S. y Blakeslee, S. (2006): “Y los niños ¿qué?: Cómo guiar a los hijos antes, durante y después del divorcio”. Barcelona: Granica

El divorcio no es un acontecimiento aislado; es un proceso que durante toda la vida demandará una visión diferente de la educación de los hijos. ¿Cómo protegerlos verdaderamente durante y después del divorcio? A esta pregunta intenta responder la autora de este libro, gracias a su experiencia de más de treinta años de atención a consultas de padres separados o divorciados.

El libro se plantea diversas cuestiones de gran interés:
-          Qué debe hacerse y decirse en cada edad y momento del desarrollo de los niños
-          Las muchas formas en las que el divorcio cambiará sus vidas.
-          Los retos para ser un buen padre, independientemente de la separación.
-          Cómo escoger el plan de custodia más apropiado para su hijo.
-          Qué hacer para construir un nuevo matrimonio.

Con sencillez y criterio, la autora muestra las claves fundamentales para crear un nuevo estilo y clima, las estrategias que dan resultado y las que no.

Los desafíos más importantes, cómo rehacer la vida, cómo atender a los hijos y cómo establecer una nueva relación con la ex pareja se abordan de manera muy interesante e ilustrativa en este libro.



Otras referencias bibliográficas

- Benedek E.P.; Brown C.E. (1999): “Cómo ayudar a sus hijos a superar el divorcio”. Medici. Barcelona
- Burgoyne, J. (1989):  “El divorcio, los hijos y usted”. Barcelona: Medici.
- Cantón Duarte, J.; Cortés Arboleda, M.R. y Justicia Díaz, M.D. (2000): “Conflictos matrimoniales, divorcio y desarrollo de los hijos”. Pirámide. Madrid.
Castells, P. (1993): “Separación y divorcio: efectos psicológicos en los hijos”. Barcelona: Planeta
-  Fernández Ros, E. y Godoy Fernández, C. (2002): “El niño ante el divorcio”. Madrid: Pirámide.
- Johnson, J.R. (2002): “Cuentos para enseñar a tus hijos a entender el divorcio”. Barcelona: Paidós.
- Largo, R.H. y Czernin, M. (2005): “Hijos felices de padres separados”. Barcelona: Medici
- Long, N. y Forehand, R. (2002): Los hijos y el divorcio: 50 formas de ayudarles a superarlo”. Madrid: Actúa
- Lucas, P. y Leroy, S. (2003): “El divorcio explicado a nuestros hijos”. Barcelona: El Aleph.
-  Przesmycki, H. (2000): “La pedagogía de contrato” Graó. Barcelona)
-  Salinas, S. (2004): "Todo (no) terminó". Integral. Barcelona.




[1] Ver Apartado 4. “Sobre el marco normativo y la legislación vigente”
[2] Tomados de “Los diez principios de la cultura de la mediación”, María Munné y Pilar Mac-Cragh. Ed Graó, Barcelona, 2006

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