6 de octubre de 2011

Educar, en nuestra casa


Educar, en nuestra casa
José Antonio Luengo

Parece necesario “desmontar” el viejo aforismo de que la “calidad suple a la cantidad”. Hablando de la educación de los hijos, esta es una salida técnicamente incorrecta. Podría decirse que cantidad no es calidad, pero sin cantidad no hay calidad. Sin tiempo, la educación se ve afectada.

Educar requiere tiempo. Tiempo y dedicación. Tiempo y ganas. Tiempo y ánimo. Y, lo que es más importante, tiempo y sosiego. Tranquilidad suficiente para acompañar a los hijos, para apoyarles, sonreírles, reñirles y orientarles.

Educar implica tiempo y tranquilidad para hacer cosas juntos, ver la televisión juntos[1][1], jugar juntos (también videojugar), navegar juntos por Internet (según las edades, claro). Hay determinadas cosas que, siempre según la edad, nuestros hijos no deben hacer: ver determinados programas de televisión solos, concentrar su tiempo de ocio en una sola actividad o desatender sus responsabilidades de estudio.

Educar lleva consigo ofrecer referencias, señalar límites; afrontar y resolver conflictos... Sin miedo. DECIR NO TAMBIÉN EDUCA! Perdamos el miedo a la confrontación según los intereses y apetencias de nuestros hijos. Afrontémoslos con criterio, con razones y argumentos. Intentemos convencer. Escuchemos sus opiniones. Y después decidamos. Nos vamos a equivocar algunas veces. La mayoría de las veces, acertaremos.

No tengamos miedo a pedir perdón a nuestros hijos si nos hemos equivocado, si hemos sido injustos, si nos ha podido la inquietud o el nerviosismo. Ellos nos comprenderán y aprenderán una lección. La de la humildad.

Hablemos con ellos claro, con afecto y cariño. Aunque vayamos a decirles que no a sus demandas.

Evitemos los gritos, las descalificaciones y las humillaciones. La regla de oro de la educación es generar en nuestros hijos (1) autonomía, (2) responsabilidad, (3) confianza, (4) autoestima y (5) seguridad emocional

Siempre que sea posible (hemos de intentarlo), y siempre que hablemos de familias con dos progenitores, uno de los dos debería estar en el domicilio familiar en el momento en que los niños salen de la escuela, del colegio, del Instituto. Acompañarles en estos momentos, dar sensación de orden , de criterio, AYUDARLES A GESTIONAR BIEN SU TIEMPO, observar y supervisar sus tareas escolares o iniciarles, si aún son muy pequeños, en la organización de su actividad, crear hábitos que les permitan posteriormente aprovechar bien su tiempo y asumir las responsabilidades que poco a poco van asumiendo.

Es imprescindible nuestra influencia, nuestro modelo. Sobre todo en un mundo marcadamente abierto, en el que cada espacio de experiencia se ha convertido en un poderoso ámbito de aprendizaje, una permanente mirada al exterior, con profundo impacto en el interior de los que crecen. Nunca probablemente la influencia del entorno familiar haya sido tan importante. Y hasta tanto cambien las cosas, hasta tanto se consigan metas que permitan vivir de manera más equilibrada nuestras responsabilidades, todas las que tenemos y nos creamos, tal vez debamos reflexionar un poco y redefinir nuestras prioridades como padres.

Favorecer una visión de la vida no consumista. Asentemos, por el contrario, opciones basadas en valores ligados a la comunicación, al diálogo, a la imaginación, la solidaridad. Nuestros hijos son como esponjas e incorporan rápidamente lo que huelen, ven u oyen en su casa. Planifiquemos los fines de semana para salir siempre que se pueda al campo, visitar alguna exposición, pasear por la ciudad. Evitar en la medida de lo posible las grandes superficies como espacio habitual para pasar las tardes de los sábados o domingos.





[1][1] “Según el Informe PISA, los alumnos encuestados que tienen televisión en su dormitorio sacan de media entre 20 y 30 puntos menos en la escala de rendimiento que aquellos que no la tienen. En concreto, un alumno con tele en el cuarto pierde 23 puntos en matemáticas y 29 en lectura. Por sexo, la tele nocturna reblandece el doble el cerebro de los chicos que el de las chicas. Las chicas pierden 20 puntos en matemáticas y 16 en lectura, mientras que los chicos pierden 35 y 35. La videoconsola es el segundo enemigo del rendimiento con casi 18 puntos de diferencia. Casi nada”. La tele en el cuarto. José María de Moya. Magisterio (Nº 11.740 – 28 de febrero de 2006, pág. 31)

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