14 de agosto de 2012

La felicidad, las burbujas y el brindis


La felicidad, las burbujas y el brindis
José Antonio Luengo


Siempre es posible mejorar, o, al menos, casi siempre. Es posible mirar de otro modo, estar de otro modo, driblar la adversidad o, mejor aún, afrontarla como un reto de mejora, de crecimiento. Siempre es posible estar mejor. Pero no siempre encontramos con facilidad las claves que nos lo permiten, que habilitan la entrada en estados más agradables, con independencia de lo que sucede, nos sucede, preocupa o, incluso, agobia.

Parece difícil, muy difícil encontrar la llave de la felicidad, ese espacio tan anhelado… Y descorchar la alegría, brindar, sentir sus burbujas. La felicidad. Definir este concepto no es cosa de cuatro palabras, precisamente. Ni es objeto de este modesto conjunto de reflexiones. Sin embargo, no quiero dejar pasar la oportunidad de decir algunas cosas sobre este asunto. Fundamentalmente, expresar tres ideas normalmente comunes al respecto y presentar algunas objeciones personales sobre las mismas. 



La primera, la felicidad es una experiencia pasajera y escasamente estable. La vida es profundamente cambiante y cambia en un segundo. Por muy armado que aparentemente tengamos el espacio vital que nos aporta alegría, tranquilidad, sosiego y la sensación de poder casi con todo, todo, eso mismo, puede colapsar en breves instantes. Por tanto, tal vez deberíamos hablar de estados o momentos de felicidad. Y entender la felicidad como las cosas extraordinarias o, cuando menos, no esperadas y agradables, que nos van sucediendo. Esta idea suele ser muy compartida, en general. Es frecuente apelar a esta interpretación en las ociosas conversaciones que mantenemos entre copas, con amigos, en esos momentos en que disfrutamos la posibilidad de teorizar sobre la vida y sus entresijos. Conversaciones que no es infrecuente verlas terminar en los manidos “carpe diem” o aprovecha el momento. Sin embargo, ¿es todo esto tan claro? ¿No es posible mantener un tono de felicidad vital estable, incluso ante circunstancias desfavorables? La experiencia nos dice que sí. Es posible. Porque es posible encontrar ese estado de paz interior y equilibrio que a uno le permite levantarse cada mañana con la sensación de que está donde debe estar, que hace lo que debe y puede. Y un poco más. Que está con quien quiere estar, y está bien. Que siente devoción por las personas que quiere y piensa en ello como un estado de absoluto privilegio. Que sabe que le quieren y le respetan, que piensan en él y con él. Tal vez se trate de personas que no piden grandes cosas a la  vida y que disfrutan verdaderamente de lo que tienen, de lo logrado, que aprecian lo que tienen, que expresan sin pudor lo mucho que quieren a quienes comparten su vida. Tal vez se trate de personas que entiendan la felicidad como un estado de ánimo no como el descorchado de un cava, ni siquiera como el frescor que inunda nuestro gaznate al probarlo, sobre todo cuando tenemos sed, sino, tal vez, como el privilegio de darlo, de ofrecerlo, de sentir el gozo y la alegría en quienes disfrutan de él. Descorcha tú. Tal vez se trate de personas que iluminan más su vida con la alegría de dar y poder dar que de recibir. Por tanto, nos enfrentaríamos, probablemente, a un estado más estable, cercano al sentimiento de paz, ya expresado, que habla en nuestro interior sobre nuestro día a día con voz sosegada, tranquila, con mesura, y discreción, humilde y generosamente. Claro, en este escenario no hay explosividad, pompa y espectáculo. No se nutre de fuegos artificiales ni de medallas. Se alimenta con la vida interior trabajada y la auto reflexión, con la escucha, la alegría compartida, la empatía  y los pequeños detalles de belleza y bienestar que le ofrece la vida. 

La segunda, la felicidad deviene del éxito y es inexistente en el fracaso. Claro, viendo las caras de los medallistas olímpicos uno puede entender sin demasiado esfuerzo que eso, sí, que ahí ,sí, que así, sí. Eso sí son buenas sensaciones, sensaciones de éxtasis, de felicidad extrema. Sin ambages ni cortapisas. Exultantes, grandiosos. El ánimo subido, la pena lejos, el sufrimiento olvidado. Negar esta realidad es ridículo. El éxito en cualquier actividad que desarrollemos suele facilitar la rápida y fácil irrupción de un sentimiento de capacidad, brillo, incluso omnipotencia. Puede no durar demasiado. O sí. Depende de la naturaleza de la situación, de quien lo vive, de los previos… Pero, innegablemente, proporcionan un gran placer, una explícita y visible sensación de felicidad. Tan grande, que, a veces, hasta da miedo. Y, por el contrario, no es demasiado difícil entender, que la percepción de fracaso suela estar inherentemente unida a lo que ordinariamente consideramos consecuencia de infelicidad. No he podido, me han podido, la situación me ha superado, no he sido capaz. Casi todos hemos tenido esta sensación metida en nuestra piel, como un mal olor que no se va, como un prurito peleón e irritante. Dicho lo cual, siempre matizable e interpretable, no podemos ni debemos limitar la sensación de felicidad a este tipo de burbujeantes experiencias de vida. Porque una cosa son las sensaciones de éxito o fracaso y otra, cualitativamente diferente, la de felicidad o infelicidad. Lo que sabemos y hemos aprendido es que la felicidad estable, la que verdaderamente nutre y esponja nuestro corazón y nuestra mente, es posible sin mediar experiencias de subidón o éxito. O, tal vez mejor expresado, la felicidad es posible cuando somos capaces de reconocer y valorar los múltiples éxitos que hemos ido atesorando (nunca mejor dicho, tesoros que hemos ido acumulando) y, en no pocas ocasiones, obviando, minimizando, incluso arrinconando. Algo que forma parte de nuestra vida, lo que tenemos, aquello con lo que contamos, que nos acompaña y que, no lo olvidemos, resultó un auténtico éxito en nuestra vida. Las personas con las que vivimos, nuestra pareja, los hijos, los hitos por lo que pasamos y pasaron. Se ha dicho muchas veces, la felicidad es un viaje, un recorrido, no un destino. De esto, precisamente, saben mucho los deportistas, unos y otros; esos que se han colgado medallas, los menos, y los que no lo han logrado, los más. Unos por la satisfacción del deber cumplido, alcanzando los objetivos perseguidos y las metas planificadas, y otros, sin perjuicio de las situaciones de fatalidad que a veces ocurren y echan al traste todo el trabajo (lesiones de última hora, fallos mecánicos…) por el amor propio, por el propio deber cumplido, por haber hecho lo que tenían que hacer, con esfuerzo, dignidad y responsabilidad. Aunque no hayan conseguido el éxito, aunque no se hayan colgado la medalla. Ahí queda su recorrido, su viaje, su trabajo, su dedicación, sus ganas, sus renuncias. ¿Podríamos decir que entre los deportistas de estas recientes Olimpiadas solo hay ganadores y perdedores? Me ruborizo solo de pensar que podríamos ser capaces de clasificar sin más de esta manera. ¿Entonces, si solo el éxito nos aporta felicidad, qué demostraban las caras de todos los deportistas que aun permanecían ayer en Londres y acudían al acto de clausura? ¿Fracaso, tal vez? En absoluto. Los deportistas, precisamente ellos, saben muy bien que ganar sienta bien, de lleva a la cima… Pero que ya está, se acabó. Hay que seguir trabajando, para la próxima, preparando lo próximo, con más esfuerzo si cabe. Porque todos intentarán mejorar. Y el que ha perdido sabe muy bien, y así lo expresa su rostro, que perder duele, y mucho a veces. Pero no te hunde. Incluso, te hace más fuerte. Porque ha habido quien lo ha hecho mejor, sí. Pero eso solo te muestra el camino para seguir mejorando. Lágrimas, sí. ¿Sensaciones de impotencia? Probablemente también. ¿Infelicidad? Puede que un invasivo sentimiento de pena por no llegar, de frustración. Pero ahí están ahora, seguro, planificando ya sus próximos entrenamientos y deseando reconocer aquellos detalles que no les han permitido llegar, eso así, por un día, a lo más alto. Reducir la felicidad a la experiencia de éxito representa una visión muy estrecha de lo que supone realmente la sensación de bienestar.

La tercera, la felicidad viene o no, pero no se puede atraer. Esta visión fatalista de las cosas sugiere una vida en la que, no por esforzarte en ello, vas a ser más feliz. Viendo así las cosas, la felicidad es una suerte de experiencia que nos es dada por la fortuna, por el destino, por el vaya usted a saber qué, que decide posarse sobre nuestras cabezas imponiendo un nuevo orden, muy en la onda de lo que llega sin esperarse, lo que surge y nos cambia la vida, casi de la noche a la mañana. Esta es una visión menos utilizada en las conversaciones al efecto, si bien muy asentada en la mente de todos nosotros. Las vueltas que da la vida… Como para saber yo dónde está la felicidad. Bastante tengo con el día a día. Ahí, precisamente, en el día a día es donde probablemente se halle, con más seguridad, el germen de eso que denominamos la felicidad. La felicidad se hace, día a día. Con optimismo,  cuidando la salud, siendo generoso, con sentido del humor, apreciando a los demás, aprendiendo a apreciarnos a nosotros mismos, siendo proactivos, eligiendo siempre hacer, hacer algo, actuar, movernos, intentar cambiar lo que no nos gusta. Y, también, reconociendo nuestros errores, pidiendo perdón nada más ser conscientes de los mismos, pensando en quiénes somos y en lo que hacemos cada día, reeditando en lo posible nuestra mejor versión. La felicidad, tal como la entiendo, está mucho más cerca de lo que parece. Está en los pequeños detalles, se suele decir. Y probablemente sea así. Pequeñas cosas que nos hacen grandes. Miles de experiencias agradables por descubrir y vivir, a solas o con los demás. Hay para todos. Tal vez podamos brindar más de lo que pensamos… Y sentir las burbujas en el gaznate. Más veces de lo que pensamos. Y si llega el subidón, pues a disfrutar, pero que no te arruge la paz. Solo un poco, si cabe.

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