7 de agosto de 2012

Saber perder, saber ganar…

José Antonio Luengo





Cuánto nos cuesta perder. Perder representa una experiencia especialmente negativa para muchos de nosotros, ordinariamente para aquéllos que crecemos y aprendemos a leer e interpretar el mundo en un entorno ordinariamente sobreprotector en el que, lo queramos o no, se tarda demasiado en apreciar la pertinencia de la frustración en el desarrollo y maduración de las personas. Nacemos en un entorno lógicamente protector. Nuestras limitadas capacidades para sobrevivir sin la ayuda externa una vez alumbrados habilitan todo un potente dispositivo emocional, pero también técnico y estratégico,  que ordena y secuencia todo el devenir de los cuidados y atenciones que rodean el siempre difícil arte de ser padre de un recién nacido. Es comprensible, pues, y así lo explica la psicología del desarrollo en la primera infancia, la visión egocéntrica que los pequeños estructuran en sus primeros años y que, a costa de experiencias normalmente frustrantes, de distinta naturaleza, recorrido y relevancia, van haciendo ver a los chiquitines que no es oro todo lo que reluce y que, más bien al contrario de lo que han podido percibir y vivir con anterioridad (tiempos plagados de todo tipo de complacencias, muchas de ellas absolutamente justificadas, pero no todas) les espera gestionar su vida con la suficiente templanza para soportar las muchas cosas que no van a adecuarse a sus intereses, gustos y preferencias. 

¿Nacemos pendientes y preocupados por lo que ocurre a nuestro alrededor? La respuesta, claramente, es un NO rotundo. Nacemos entre dolores de unos y otros, movidos por un instinto de supervivencia que nos hace luchar por encima de casi cualquier cosa o circunstancia. Nos cuesta respirar, mover nuestro cuerpo, orientar nuestra cabeza hacia los estímulos auditivos… Hasta comemos con dificultad. El mundo, vaya, es un mundo que parece volcarse hacia nuestras necesidades, las más primarias y vitales al principio; de afecto, cuidado, atención y educación subsiguientemente. La realidad es que la vida nos enseña que, además de nosotros, hay otros que también habitan el planeta, otros que se mueven, comen, juegan, lloran, ríen y se divierten. Poco a poco aprendemos a estar con ellos, aceptarlos, soportarlos incluso. No nos gusta demasiado eso de que nos quiten las cosas nuestras o que compartan los que creemos nuestros juguetes, nuestros espacios, nuestras personas de referencia. 

Vencer el egocentrismo no es sencillo, pero lo vamos consiguiendo poco a poco. Las primeras amistades suelen cuajar porque ese con quien empiezo a divertirme y querer estar se llama como yo, tiene mi mismo color de pelo, trae una camiseta como la mía o sencillamente, viven también en mí barrio. Mi nombre, mi pelo, mi camiseta, mi barrio… Pero al final lo conseguimos. Nos vamos desprendiendo de la costra inútil que es el mirar siempre hacia lo mío, hacia mis cosas, mis preocupaciones. El lastre que supone el egocentrismo para poder crecer bien es demasiado grande como para no intentar perderlo de vista cuanto antes. Los niños pequeños no son egoístas. No saben otra cosa que responder a lo que ponemos a su alrededor; se lo damos todo, todo parece girar en torno a ellos. Pero sí son egocéntricos. Se sienten el centro del mundo, sí, pero es lo que han aprendido a vivir.

Los pequeños van dándose cuenta poco a poco y protestan. La protesta es entendible; las cosas cambian casi de la noche a la mañana, a veces por razones ajenas a ellos mismos, a lo que hacen o dejan de hacer. A veces la sorpresa irrumpe en forma de hermanito, por ejemplo. Explícale a un chiquitín de tres años que a partir de un día n (de nacimiento), imposible de comprender para sus crecientes pero aún muy infantiles entendederas, la presencia de un inefable renacuajo va a cambiar su vida de modo sustancial. Para siempre. Que va a  ser mayor, que va a ser el mayor, que va a ayudar a papá y mamá, que ya es muy grande… Explícaselo, anda! Lo hacemos, conste, o al menos lo intentamos. Otra cosa es lo que debe iluminar su mente como respuesta a tal cantidad de argumentos y explicaciones, siempre bienintencionadas, por supuesto, pero ordinariamente poco eficaces. Encima le tengo que querer, manda narices!, seguramente piense… 

En otras ocasiones, el cambio surge a partir de que parece necesario que las cosas cambien y que nuestro chiquitín adquiera ya determinadas habilidades, como, por ejemplo, el control de sus esfínteres. Hemos estado cerca de dos años y medio atendiendo con todo lujo de cariñitos y afectos las eliminaciones de nuestro pequeño hijo, desde su nacimiento, y, de pronto, las cosas tienen que cambiar; a así lo ve él, claro. Cambiar ¿para qué? Y ¿por qué? Recordemos el ritual: nuestro hijo tumbado boca arriba en el cambiador, la limpieza dedicada y delicada, el agua calentita, nuestros gestos, palabras, su mirada, nuestra mirada, sus manitas, intentando tocarnos, el talco inmaculado, el pañal protector, la colonia descongestionante, la sensación de limpieza absoluta… Bienestar. Y un buen día, se acabó; nuestro hijito tiene que crecer y progresar. Y esto está bien, claro que sí. Pero él lo entiende, seguramente, mal. Aparece un orinal en casa, me quitan mi pañal, me dicen que, otra vez, ya soy mayor, que voy a ir pronto al cole de mayores, que ahora hay que hacer el pis y la caca en el orinal ese que tiene forma de coche de carreras!

Estos son dos ejemplos sencillos de cómo, de modo natural, la vida, es decir, nosotros, los adultos, vamos integrando en el mundo de nuestros pequeños, pequeños retos, esfuerzos, frustraciones que, también de modo natural, irán favoreciendo la interiorización de normas, obligaciones, hábitos, valores, usos y costumbres en sus vibrantes mentes. La idea básica, adecuarse a un mundo en el que el flujo equilibrado de derechos y deberes se constituye como la herramienta básica desde la que llegar a dominar el escenario del propio crecimiento entre los otros importantes, es decir, los demás, en el contexto del mundo relacional en el que nos ubicamos y gracias al cual acabamos dando sentido a quiénes somos y qué hacemos aquí. Superamos esas situaciones y crecemos, nos hacemos más fuertes, más comprensivos, más flexibles. Y, por tanto, más inteligentes. Esto es especialmente importante.

Pero algo pasa. Hay algo que no hacemos del todo bien. Por no decir mal. Los resultados están ahí, en forma de intolerancia a la frustración, egoísmo (que no debe confundirse con el egocentrismo infantil, visión del mundo natural en las primeras edades –yo soy el centro del mundo-), ausencia de empatía e incapacidad para aceptar que hay cosas que no salen como nosotros queremos. El egoísta se hace, se construye. El egoísta no es capaz de superar en la infancia la prueba de pensar en los demás, creer en ellos, jugar con ellos. Los adultos, algunos, son egoístas. Eligen serlo. Quieren serlo. Han conocido las preocupaciones de los otros, quiénes son los otros, por qué aman y sufren los otros. Pero algunos adultos eligen no prestar atención a los demás. Un bledo les importa.

Algo de esto tiene que ver, sin duda, con eso de saber perder y saber ganar. En el fondo, no hablamos de otra cosa que del modo en que gestionamos nuestra propia posición en el entorno social y relacional en el que nos desenvolvemos;  hablamos, pues, de cómo gestionamos nuestros anhelos y deseos, nuestras desilusiones, frustraciones y, por qué no, la ensalada de envidias con las que solemos desayunarnos cada día.



Perder es necesario; pero no suficiente. Saber perder es imprescindible.  Caerse y levantarse. Doblar la rodilla y levantar la cabeza, y erguirse. Esta es la secuencia lógica, el engranaje que nos hace más grandes, más poderosos, más y mejor dispuestos para afrontar las muchas cosas que seguirán explotando delante de nuestros ojos, en nuestra vida. Pero esto es vivir. Nadie dijo que iba a ser fácil. ¿O sí? ¿Cabe la posibilidad de que esa suerte de sobreprotección que endulza de manera antinatural la infancia de no pocos niños hoy en día represente el germen invasor y destructivo de una manera de estar en el mundo razonable, sensata, flexible y tolerante? Al menos, dejémoslo en posibilidad; muy clara a mi modesto entender.

Saber perder, saber ganar. Todos somos conscientes de lo que suponen una cosa y otra. De lo que pueden representar en nuestras vidas. Cómo nos duele perder; cómo nos gusta ganar. Cualquiera podría identificar con facilidad las muchas experiencias de rabia, dolor, desesperanza o desilusión que inundan nuestras mentes como consecuencia de la experiencia de perder, de no conseguir lo que, con ansia y anhelo, deseamos. Y creemos merecer, incluso. No es difícil traer a nuestra memoria la experiencia de éxito que en alguna situación concreta hayamos tenido la suerte vivir. Los primeros juegos, alguna competición deportiva, o, simplemente, sentir que te dan la razón, y que se la quitan a otros, claro… Y las primeras experiencias amorosas.

Los adultos solemos hablar de perder y ganar en cosas del corazón. De adolescentes hemos aprendido a sentir en un sentido y en otro. Sabemos lo mal que se pasa cuando te dejan, cuando no te quieren, cuando te dicen que no te quieren. O cuando no te lo dicen, pero te lo hacen ver con actitudes e indiferencia. Uno no sabe qué es peor. Sabemos cómo se sufre. La vida parece haber dejado de tener sentido. No podemos respirar, nos oprime la vida. Los recuerdos nos consumen, inutilizan nuestras ya escasas reservas de optimismo. Los males de amor. En otras ocasiones experimentamos crecer nuestra alma cuando somos correspondidos. Y todo se vuelve mágico. Nos asaltan unas mariposas expertas en revolotear en nuestro estómago. Y vemos que todo tiene sentido. O no. Pero es bello.

Se pierde o se gana. O eso se dice. Pero creo que ahí está el error. Nadie te gana si tú no sientes perder. Simplemente, las cosas son como son. O funcionan o no funcionan. A veces las cosas son imposibles. Hasta matemáticamente. “Supongamos que entre dos personas, A y B, hay dos metros de distancia. Y A quiere acercarse a B, pero en cada paso ha de cubrir exactamente la mitad de la distancia total que le resta para alcanzar a B. El primer paso es de un metro, el segundo de medio metro, el tercero de un cuarto de metro. Cada paso de A hacia B será más pequeño, y la distancia se irá reduciendo en una progresión eterna, pero lo sorprendente del caso es que, mantenida la premisa de que cada paso sea equivalente a la mitad de la distancia total que los separa, por más que avance, A nunca llegará a B” (Del libro Saber perder, de David Trueba. Anagrama, Barcelona, 2008).


En cualquier ámbito de la vida, o se gana o se pierde, dicen algunos. O se gana o se aprende, dicen otros. Estos últimos, al menos, vislumbran una luz al final del túnel. La pregunta es: ¿por qué hemos de encajar nuestra experiencia en estas dos categorías? Ganar o perder; sentir el éxito o vivir el fracaso; triunfar o caer… La insufrible visión dualista. Una propuesta terca para interpretar las cosas que ocurren y nos ocurren. La respuesta solo puede estar en nosotros mismos, en inundarnos de vida, ilusión y coraje. 

El resultado de nuestras experiencias forma parte de nuestro propio crecimiento. Ni perdemos ni ganamos. Crecemos. Y experimentamos. Y vivimos. La respuesta es la flexibilidad, la capacidad para entender, para doblarse en conexión a las inclemencias que oscurecen y turban nuestra existencia. Porque todo es temporal. No existe experiencia más edificante que levantar la cabeza ante una situación comprometida, afrontar el reto, ponerle cara, hacerle frente. Y actuar. Hacer, moverse. Nada permanece estable, ni la victoria, ni el éxito (especialmente éstos), ni el dolor o la sensación de fracaso. Las claves de nuestra vida están en nuestra capacidad para actuar, para modificar aquello que es preciso ajustar, despreciar lo que nos anula y reduce, asir intensamente lo que nos da valor, coraje y energía. Podemos buscar lo que sea inmutable y seguro, pero no tendremos éxito. 

El camino hacia el equilibrio consiste en integrar y aceptar plenamente todos los ámbitos y vertientes de la experiencia. El miedo paraliza; el miedo a perder, a no conseguir lo que pretendemos. La resignación. La sensación de no poder. Nos anula, anega y emponzoña nuestra capacidad de respuesta. El espacio a recorrer es la conciencia de hacer, con responsabilidad, confianza y humildad lo que entendemos que hemos de hacer. Pensando en nosotros, pero no solo. Y actuar. Paso a paso. Día a día. Con valor. Mirando cara a cara al dolor. De él no podemos escapar. Pero sí podremos comprenderlo. Y saber que pasará. Antes de lo que imaginamos. Si hacemos. Si nos movemos. Si creamos opciones. Y nos sentimos vivos. Y mirando, también, cara a cara al éxito. Y saber que pasará. Mirarlo desde la humildad. Sin arrogancia. Sin prepotencia. Nunca lo poseeremos. Y si fuera así, terminaría por destruirnos. El eje para la reflexión y la acción no puede ser la alternativa 
perder o ganar. 
Sino, simplemente, vivir, desde la emoción, la convicción, el esfuerzo, la alegría compartida. “Todos quieren cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo” (Leon Tolstoi).






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