7 de agosto de 2012

Violencia en el deporte


LA VIOLENCIA EN EL DEPORTE Y, ESPECIALMENTE, EN EL FÚTBOL
La importancia de las escuelas deportivas

José Antonio Luengo


La violencia, desgraciadamente, forma parte de nuestra sociedad, como forma parte, también desgraciadamente, del ser humano. En la medida en que aquélla adquiere notas significativas, bien  cuantitativa, bien “expresivamente” (naturaleza e intensidad de sus manifestaciones), la preocupación se hace sustantiva y especialmente “explosiva”.

Suele decirse que la violencia se incrementa y afianza como indeseable protagonista en nuestros contextos cotidianos de convivencia: el propio hogar, las calles, las escuelas, algunos espectáculos deportivos... Parece que la influencia de determinados “contravalores”, como la competitividad excesiva, la búsqueda irrefrenable del éxito y el poder o el individualismo, adquiere pesos y cargas de inoculación en las mentes y corazones de las gentes muy por encima de lo observado con los valores propios de una sociedad democrática y asentada en el Estado de Derecho.

Probablemente, la generación de nuevos y más floridos brotes de violencia en nuestra sociedad representen la germinación de llamativos efectos indeseables de los ritmos y cadencias con que aquélla tiene que hacer frente a los sensibles y notables cambios que se producen en sus sistemas de organización, autorregulación y autocontrol. Una sociedad que destila estrés, genera comportamientos indeseables e “improductivos”, tales como la violencia, la intolerancia o la insolidaridad, pero profundamente resistentes a sus “enemigos” naturales, a saber, la escucha, el acuerdo, la empatía, el respeto, la tranquilidad, el sosiego, la tolerancia y, por supuesto, la paz.

Los espectáculos deportivos, como un entorno más en el que se producen relaciones entre personas y grupos de personas, se están viendo negativamente influenciados por la creciente ola de desasosiego colectivo que parece invadirnos. La pregunta que tenemos que hacernos es si, además de entorno fácilmente influenciable, el evento deportivo y especialmente el fútbol representa en sí mismo un contexto favorecedor de modos y maneras de ver e interpretar las cosas ciertamente violentos.

No nos estamos refiriendo exclusivamente a lo que ocurre en los estadios  de primera o segunda división. Es cierto que las manifestaciones de violencia que concurren en acontecimientos de amplia cobertura y marcada influencia mediática provocan impactos de gran relevancia y preocupación social. No obstante, debemos mirar también hacia otros contextos, ordinariamente menos conocidos y, especialmente, menos tratados por los medios de comunicación. Otros lugares y espacios donde concurren comportamientos violentos, tal vez menos significados que los observados en los acontecimientos públicos antes citados, tal vez menos “explosivos” o llamativos, pero sin duda, germen de visiones y perspectivas intolerantes e insolidarias. Observemos también qué pasa en el desarrollo de las competiciones de las categorías inferiores: niños de 10, 12, 15 ó 17 años inmersos en entornos indudablemente deportivos, si bien “marcados” por notas de identidad de actividad “cuasiprofesional”: competitividad, gestos y modelos de comportamiento de entrenadores, modelos de “apoyo” de las aficiones (fundamentalmente padres, madres y familiares). La TV nos deja de vez en cuando terribles “píldoras” en imagen de comportamientos violentos de aficionados con los árbitros, jugadores u otros aficionados.

En la presentación y representación social del fútbol prima el mito del éxito en combinación con las pasiones locales, que si no se satisfacen, dan lugar a frustración y focos de crispación.

Es importante no confundir excepción con norma. Es cierto. Los excesos de interpretaciones (en el tiempo y en su magnitud) de los hechos y las valoraciones de hechos acontecidos en una competición (jugadas conflictivas, agresiones no observadas por el árbitro, comportamiento de las aficiones...) no ayudan a atemperar la tensión y crear climas más sosegados. Sin embargo, lamentablemente, el comportamiento de un buen número de aficionados y de otros integrantes del entorno futbolístico muestra un escenario preocupante.

Resulta especialmente preocupante la “invasividad” conque opera y se manifiesta el fenómeno de la violencia (y especialmente de sus más serviles y ruines sicarios: la intolerancia, la vil competitividad y la insolidaridad) en entornos de desarrollo de nuestros menores. 

Las escuelas de fútbol han de configurarse como contextos para el desarrollo integral de los pequeños deportistas. Es en estos espacios donde han de cuajar el desarrollo de iniciativas, propuesta y medidas de prevención de los comportamientos hasta ahora citados. Es en estos contextos donde han de germinar modos y manera saludables de ver, percibir e interpretar la actividad deportiva “con” iguales, el gusto por compartir, el placer de divertirse jugando, el ejercicio de la solidaridad y el humanismo en sus más explícitas manifestaciones: disfrutar del juego, saber ganar, saber perder, apoyar, ayudar, perdonar, escuchar y entender a los demás, aceptar el liderazgo de los entrenadores, entender al juez (árbitro) del juego, mejorar, crecer, sonreir ante la adversidad; en definitiva, entrar y salir del campo de juego con “la cabeza alta”, con el orgullo de haber desarrollado saludablemente una actividad deportiva “con” otros, con iguales a quien necesito y de los que formo parte. Hacer amigos y construir una imagen personal solidaria y respetuosa con los demás.

Las escuelas de fútbol han de contribuir a trasmitir el lado más amable de la actividad deportiva y, por qué no, de la competición. Ganar o perder un partido, un torneo o una competición han de suponer un permanente ejercicio psicológico y social en el progresivo crecimiento y maduración del individuo. Muchos jugadores profesionales dan permanente ejemplo de esta circunstancia. Estos son los modelos a mostrar,  a divulgar a través de los medios.

Las escuelas de fútbol deben estructurarse como entornos adecuadamente profesionalizados. Titulación y reciclaje de los entrenadores, estabilidad de los servicios médicos y de rehabilitación y, de manera singular, presencia del psicólogo deportivo. Estamos hablando de la importancia de generar orden, criterio, coherencia, orientación y proyecto. Estamos hablando de constituir formatos de atención niños y jóvenes “desde” y “por” la educación. Estamos hablando de cuidar, de mimar especialmente la formación y reciclaje de los entrenadores; atender el lado más educativo y de modelado de su labor. Estamos hablando de tramar un contexto de trabajo en el que (1) formar grupos, (2) atender a las individualidades, (3) responder a los posibles conflictos interpersonales y (4) generar modelos adecuados de comunicación, supongan ejes nucleares de la planificación de cada equipo y de la propia Escuela.

Nada de lo expresado tendría sentido, o más bien poco, todo hay que decirlo, si no se implicase a los padres, madres y familiares en este proyecto, en este modelo de hacer y estar en el deporte y, en general, en la vida. Padres, madres y familiares son elementos sustantivos del proceso al que estamos haciendo referencia. La labor del psicólogo en esta faceta es fundamental: generar contextos de debate y diálogo sobre la importancia de cuidar los ritmos de desarrollo, las necesidades de descanso de niños y jóvenes, la importancia del rendimiento escolar, la relativización del éxito, la necesidad de trasmitir modelos de comportamientos pacíficos y empáticos...

Todo lo escrito sobre las escuelas de fútbol no debe considerarse incompatible con el legítimo objetivo de “construir” cantera, de “crear” buenos futbolistas. La hipótesis de esta Institución es que, probablemente, los mejores futbolistas aglutinan las virtudes y habilidades antes señaladas como imprescindibles en el discurso educativo de las  Escuelas.







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