12 de octubre de 2016

Comportamientos violentos, infancia y exposición a la violencia

José Antonio Luengo


¿Qué puede pasar por la mente de algunos de nuestros chicos y chicas para ejercer una violencia tan salvaje contra alguno de sus compañeros? ¿Qué puede ocurrir para que no se disparen los controles cognitivos, emocionales y comportamentales en los primeros momentos de una  agresión? ¿Cómo acaba venciendo y disparándose esa especie de ceguera u obcecación en agresiones tan salvajes y explícitas?

Hace nada hemos podido observar la violencia, saña y crueldad con que un grupo de chicos se abalanzó y golpeó con brutalidad inusitada a una niña indefensa en un Colegio de Palma de Mallorca. Sin que nadie hiciese nada, más allá de observar, grabar lo que ocurría con sus smartphones y hasta jalear vergonzosamente a los agresores. De una situación parecida tuvimos noticia hace un par de años con lo acontecido a las puertas de un colegio en Sabadell en marzo de 2014.

Experiencias traumáticas y deleznables que no deben nublar la realidad de que nuestros adolescentes  viven y están, en general, mucho más centrados de lo que hechos como los reseñados pueden hacernos pensar. Pero experiencias terribles que deben hacernos pensar que algo no estamos haciendo bien los adultos en la educación de nuestros hijos.  Y que llevamos tiempo olvidando y arrinconando referentes fundamentales en la educación, en la buena educación. El entramado social del que nos hemos dotado para organizar la vida en general parece haber descuidado responsabilidades imprescindibles en la construcción de procesos de crecimiento, desarrollo personal y maduración saludables en la infancia y adolescencia.


Sobreexposición a la violencia

Nuestros chicos viven expuestos, o sobreexpuestos, a fenómenos violentos que llenan mil y una noticias del día, dibujos animados, películas y series de televisión o videojuegos. En todas sus formas, manifestaciones y grados. El umbral de la sensibilidad se eleva de manera desmedida y las cosas que ves acaban por no sorprender; no te hacen temblar. No te estremecen. Demasiado cerca, demasiadas veces, demasiado intensamente. El entorno cuenta, lo que hay, lo que se dice, lo que se ve. Sin más. Y nos miran. Niños y adolescentes nos miran, todos ellos, aunque no lo parezca. Y la influencia queda, larvada, disfrazada. Nos miran. E imitan. El resultado, no infrecuente, la banalización de los hechos; es decir, restar importancia a los efectos de las cosas. Es lo que hay... El mundo adulto mira demasiado a sus intereses, pensando, torpemente, que nuestros chicos serán capaces de desbrozar y diferenciar lo adecuado de lo inadecuado, lo deleznable de lo virtuoso.

No hemos llegado a percibir suficientemente que la educación en valores no está cuajando suficientemente. Porque los adultos hemos perdido capacidad de influencia en la formación de la personalidad de nuestros chicos y chicas. La solidaridad, la empatía, el apoyo mutuo, el respeto a la diferencia y la compasión, por ejemplo, representan valores no suficientemente sustentados y apoyados con modelos, ejemplos y maneras de estar en la vida que puedan ser referentes adecuados en la configuración e interpretación del mundo y sus relaciones de nuestros hijos. Más bien al contrario, el todo vale, la arrogancia y el pisa si es preciso para conseguir tus objetivos se han convertido en principios casi esenciales en el día a día en el que cuajan su personalidad.

Algunos de nuestros chicos y chicas, seguramente no excesivos en número pero de influencia e impacto demoledores, están creciendo alejados de los valores fundamentales de la convivencia. Y acaban por ser incapaces de identificar y sentir lo que puede representar la pena, la compasión, la ayuda al que sufre. Y despliegan con toda virulencia una capacidad y habilidad para hacer daño absolutamente incuestionable. Y una inusitada incapacidad para darse cuenta y reconocer el daño que causan sus actos. Viles y crueles.

La educación en casa necesita tiempo y calidad…

No basta con una de las dos condiciones. No en este mundo en el que la influencia silenciosa, la lluvia fina de lo que les damos con nuestras ausencias y con los sucedáneos que ponemos en sus manos en forma de dispositivos, artilugios y cachivaches, se convierte en determinante. O damos un viraje radical al modo en que venimos  orientando la vida y convivencia en las familias (tiempos, actividades, diálogo, experiencias compartidas…), especialmente en los 12-15 primeros años de la vida de nuestros hijos, o seguiremos observando impactos indeseables, claramente relacionados con la pérdida de anclajes y referencias fundamentales basadas en el respeto y la inexcusable observación y consideración de la dignidad de las personas con las que convivimos. Es imprescindible una reorientación profunda que permita a los padres y madres de hoy poder realizar su función -el ejercicio de la patria potestad- con la dedicación, el tiempo y el sosiego que es imprescindible para revertir la situación.


Los niños de hoy son víctimas de una nueva epidemia de sobreprotección 

Los niños de hoy son víctimas de una nueva epidemia de sobreprotección que les impide ser autónomos y les hace frágiles. 

Demasiadas cosas, demasiado rápido, demasiada actividad para ser el mejor… Pilares del exceso que no maridan adecuadamente con lo que deberíamos entender como educación. Y la educación, también, necesita referentes claros; la recuperación del no y de los límites. La hiperparentalidad se ha hecho hueco como modelo inadecuado de trato, cuidado, atención y educación de los hijos. Y entraña sus riesgos. Sin duda. ¿Qué crece a su sobra? Invocamos la idea de la perfección en cada una de las situaciones en que se ven envueltos. Y, en educación al menos, menos, es muchas veces más. Allanar el terreno, facilitarlo todo, hasta el esperpento, lo extravagante, el ridículo. Educar en el egoísmo, la individualidad, lo mío; desde la certeza de que hago lo que debo. ¿qué es la perfección? ¿Siempre brillante, siempre líder, siempre el mejor, siempre el que más...?

Y en ocasiones acabamos, incluso, por no conocer a nuestros hijos. Y puede pasar que hechos terribles nos muestran la cara más vil de su comportamiento. No teníamos ni idea. No le podemos reconocer. Pero nos enseñan las evidencias. Y miramos desconcertados hacia los lados, intentando encontrar respuestas. Y no tardamos en preguntarnos ¿qué he hecho mal?


1 comentario:

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