28 de octubre de 2012

¿Ayuda la autoayuda? Segunda parte



¿Ayuda la autoayuda? Segunda parte
José Antonio Luengo

Las obras no se acaban, se abandonan. (Paul Valery)


Nuestra vida es una permanente construcción. Como una pintura. Como un lienzo que se cubre, en el que se deslizan contornos, colores, sombras, brillos, en el que se plasman dudas, recortes de la vida. Como el propio organismo, que crece y madura en cada segundo, cada minuto de nuestra existencia, nuestra mente, nuestro espíritu, la forma en que leemos e interpretamos las cosas que ocurren y nos ocurren y, por supuesto, la manera en que afrontamos el reto cotidiano de responder y crear, es una construcción. Un proceso de edificación que, ladrillo a ladrillo, sigue un patrón, un diseño, básico y esencial en los orígenes, pero sometido a un principio mágico que le da especial valor: la competencia adquirida en cada segundo de nuestra vida, la capacidad para reordenarse, afinarse, conducirse o reconducirse, siempre en función de las experiencias vividas pero, sobre todo, al amparo de las influencias y los estímulos que nos afectan e impresionan, de las cosas que vemos o vivimos, de lo que nos cuentan, de lo que leemos, escuchamos, experimentamos. A veces capturamos una idea, nos emociona, nos ilumina. Puede encajar o no en nuestros esquemas mentales pero, ese día, esa idea… Penetra. La hacemos nuestra, la rumiamos, masticamos, digerimos. Y surge otra idea. Muy cercana a la anterior, pero otra. Porque la hemos hecho, moldeado. A veces, cuando pasa el tiempo, incluso, podemos llegar a pensar que es nuestra. Nos sorprenderíamos de cómo hemos ido construyendo nuestra personalidad, nuestra manera de pensar, nuestros valores e ideas…
Y somos como una obra, que, en realidad, probablemente nunca se termine. En todo caso, se abandone. Y este es el riesgo, abandonarla. Abandonarnos tontamente. No crecer, no seguir.
¿Ayuda la autoayuda? ¿Podemos encontrar en nosotros nuevas ideas?

No olvidemos que las pequeñas acciones de cada día hacen o deshacen el carácter (Oscar Wilde)

No es tan difícil encontrar cosas en nuestro interior que harán factible una mejor versión de nosotros mismos. No abandonarnos. Al menos hasta que no nos quede más remedio. O hasta que el abandono no cree ya destrozos. Estamos en construcción, esa es la historia, la historia de nuestra vida. Y verlo así, te rejuvenece. Abre tu corazón. Lo hace más flexible y, por tanto, más feliz. Más tranquilo, más seguro. De tus pasos, de lo que quieres, de lo que eres, de lo que no quieres ser.
Saber lo que no quieres ser, es, en ocasiones, una buena forma de saber lo que quieres ser, con sencillez. Esto no es una cuestión de edad. La edad no cuenta. Conforme sumamos años, más obligados deberíamos estar a no abandonar. Sino, más bien, a seguir. Es una cuestión de inteligencia, más bien.
Creo sinceramente que somos capaces de hacer con nosotros casi lo que queramos: perdonarnos, querernos un poco más, alimentar el sosiego, sonreír, también más a menudo, disfrutar de nuestros silencios, de la soledad, de la compañía, de la calle, de la lluvia, del sol. Hasta de los días grises. Ese es un reto. Un día gris, de esos plomizos, brumosos, oscuros… Ver el lado amable de esos días. Ese es un reto, también.
El reto es, sobre todo, querer ajustar un poco nuestra vida, hacerla más amable. Y, por ello, más digna de ser amada. Los niveles excesivos de cortisol en sangre nos funden. Penetran como un elefante en la cacharrería de nuestras arterias, corazón y alma. Y nos funden. La relación entre la concentración elevada de cortisol en sangre y la aparición de averías sensibles en nuestro sistema inmunológico está ya suficientemente probada, y documentada. Y no es una cuestión baladí. Estamos demasiado sometidos a vaivenes e inercias nocivos, que anulan nuestra capacidad para protegernos. Proteger nuestra integridad, nuestra necesidad de parar, reparar nuestras pequeñas heridas del día a día, pensar, situar las cosas en su sitio, con un orden razonable, medir y proporcionar los efectos de lo que vivimos, priorizar, relativizar…
La preocupación se instala, con demasiada frecuencia e impacto, en nuestra vida. Y no siempre encontramos el hueco para respirar un poco. Claro, nos adaptamos, seguimos, estiramos la goma, más y más. Podemos con todo. Hasta que no podemos. Y la gotera nos sale, surge ominosa, y miramos a nuestro alrededor. Bueno, somos uno más con goteras. Hasta eso nos tranquiliza.
No existen recetas mágicas. No. Es cierto. Pero sí recetas. El cocido tiene la suya, los canelones también. Incluso muchas. El catarro también, por supuesto. Como la gastroenteritis, comer poco o nada, hidratarse… Y sigues al pié de la letra el dictado. Claro, también tiene receta el tabaquismo. Y no pocos miran hacia otro lado. Pero si la sigues… ¿Mejoras? ¿Estás mejor? ¿Vives un poco mejor? No he fumado nunca y no puedo situarme con comodidad en esa experiencia pero sí escucho bien a quien me habla. Las recetas dominan nuestras vidas. Cierto orden, cosas que ayudan, cerca, cosas que entorpecen, más bien lejos. No es tan difícil. ¿Por qué somos tan reacios a seguir recetas que, convenientemente hechas tuyas, alivian y reorientan? Vivimos demasiado deprisa para darnos cuenta. La solución, tomar el control de nuestra vida. Esto lo hemos oído muchas veces. Y lo que es más paradójico, le hemos dicho muchas más. Nosotros. Sigo pensando que podemos, la verdad. Solo hay que hacer. Dar pasos hacia delante, cambiar determinadas cosas, introducir otras. Huir de no pocas.
Le preguntaron al Dalai Lama sobre qué era lo que más le sorprendía de la humanidad, y respondió: “El hombre. Porque sacrifica su salud para ganar dinero. Y cuando lo consigue, sacrifica su dinero para recuperar la salud: Y está tan ansioso por el futuro que no disfruta del presente. El resultado es que no vive no el presente ni el futuro. Vive como si nunca fuese a morir, entonces, muere sin haber vivido realmente nunca.”
He podido experimentar eso. Hacer. Introducir algunos hábitos en la vida. Inexcusablemente. Con flexibilidad, pero conociendo su valor y, por tanto, cuidando razonablemente acercarme a aquello que me hace sentir mejor. En medio de un día gris, ventoso, desapacible, si tengo que elegir, por ejemplo, entre quedarme en casa o salir a pasear, mojándome, o correr, incluso, escojo esto último siempre. El resultado, para quien escribe esto, claro, volver cargado, activado, resuelto. Cansado físicamente, la ducha me espera, y un té, o un café, y un buen libro. Y el gris, ya es menos gris. Cada uno puede leer esto último como estime. Claro que el té, el café o el libro valen sin la carrera. Por supuesto. Para mí, la carrera, el entrar en el día gris y sentir el frío, supone enfrentar más activamente, físicamente, esa suerte de tristeza que a veces nos atenaza. Qué día más gris, decimos. Y esa sola expresión, lo hace más gris. Si cabe.

Buscar tu espacio, tus espacios, tu sitio, tu escape, tu encuentro, tu reencuentro… tal vez se trate de eso. Volverte, revolverte, mirarte, escapar, huir, también, por qué no. En mi opinión, sabéis, huir, para volver más fuerte, mejor.

Un acto necesario


Si después de cada expansión, el corazón no se pudiera contraer, no sería posible nuestra vida… Sin un camino de retorno, la vida pierde su sentido. Regresar por los caminos recorridos, para encontrar adentro el lugar donde un día nos perdimos, es ahora necesario.
Jorge Carvajal
Modificar un poco tu vida, encontrate contigo mismo, o pelear por conseguirlo, requiere, a mi entender, un acto de humildad realtivamente sencillo. Pero necesario. Perdonarse. Perdonarse las miserias que has expresado, tus errores más groseros, y los finos. Estos también. Repasarte, como quien se afeita. Y revisa los rincones de la mandíbula, se toca, aún raspa un poco…Soltar lastre. Lastres emocionales, esos que están, y, sin querer, nos hacen andar torcidos, un poquito. Algunos de estos pesos están ligados a experiencias en las que no estuvimos a la altura: relaciones de trabajo, cosas de la amistad, algún que otro asunto de amor, momentos en los que, conscientemente, no fuiste todo lo justo que podías o que la situación requería. La amplitud con la que uno se embarque o el recorrido de lo que pretenda es como el acceso a determinados sitios, personal e intransferible. Puede bastar con un par de acciones. De actos conscientes. Y explícitos. O, si te animas, es posible, incluso, ir un poco más allá. Reconocer que te equivocaste, que la pifiaste. Más o menos. Repasar damnificados. Recordar. El látigo aquí no tiene cabida. Nada de fustigarse el alma. Sí, por el contrario, recolocar las cosas. Yo llamé a varias personas. Con alguna tuve la oportunidad, además, de invitar a un café. Cara a cara es, por supuesto, mejor. Perdón, dije siempre. Por lo que hice y no hice, por lo que no ví, por lo que dije y no dije. Por lo obtuso que pude ser, lo injusto, torpe o, en ocasiones, soso y cansino. En algún caso tuve que explicar bajo juramento que no me encontraba afectado de alguna enfermedad incurable. Ni había sido secuestrado por una secreta e indomable secta. Que no era eso. Que se trataba, simplemente, de tener la oportunidad de decir a las claras que no estuve bien, que no fui justo, que no fui valiente, que no creí, que no amé lo suficiente, o que no amé como se esperaba, que no entendí, no escuché, no ayudé. Y de decir, también, que me importas, que esto me ayudará a entenderme mejor, sí, pero que me sigues importando. Pensar en alguien a quien casi se ha podido olvidar y situarse ante él. Volver a oir su voz. Para, simplemente, pedir perdón. Tuve suerte. No me colgaron el teléfono ninguna vez. Que podía haber pasado, desde luego. Pero sí hubo quien me expresó que el daño se hizo y mantuvo su estela tiempo y tiempo. Pero no busqué el perdón. Busqué pedir perdón. Pero hay una condición esencial para que este acto obre algún tipo de consecuencia positiva. Tiene que ser sincero y generoso. No se trata de reparar tus heridas. Se trata de afrontar, si bien tarde, en ocasiones, las heridas que causaste.
He tenido la oportunidad de reencontrame con personas que ni siquiera recordaban aquello que les trataba de explicar. Y mantener, sin excesos, una razonable relación. Hay quien ha preferido tenerme lejos. Muy lejos. Me parece bien. Lo entiendo. Lo asumo. Y así se lo he reconocido, sin ambages.
No se trata de ser obsesivo, ni exhaustivo; ni de resolver el pasado. Sería peor el remedio que la enfermedad. Pero sí de entrar, afrontar, encarar. Creo que ayuda, y te ayuda también. Pudiste hacerlo antes. Tal vez no estabas en situación de reconocer, de revisar adecuadamente. Ahora, sí. Lo estás intentando. Limpiar la mesa de papeles inservibles, el armario de prendas que no usas, poner ya la bombilla fundida desde hace días… (aconsejan los expertos en coaching). Limpiar tus errores, algunos al menos, tal vez pocos, cuando te has parado a pensar, de verdad, en sus consecuencias. Si llegas tarde, que llegas tarde, casi siempre, te lo dirán, no te preocupes. Y ahí estás tú para gestionar bien esa emoción. No se trata de reparar los errores. Probabalemente haya pasado demasiado tiempo. Se trata, más bien, de pedir perdón, y expresar con sentimiento, sinceridad. Pedir perdón y hablar con el corazón. Y valorar a la persona con quien se habla. De corazón.
No hace falta hacerlo todo de una vez. Lo entiendo más bien como un proceso. Un proceso que nos ayuda a reconocer más rápidamente las equivocaciones del ahora. Y repararlas a la mayor brevedad. Esto es indispensable.

Pequeñas cosas, pequeñas acciones, que nos hacen estar… y sentir mejor

Un día, tal vez a causa de una depresión o porque el dedo de un ángel te haya tocado la frente, tendrás la evidencia del valor del tiempo que te queda antes de disolverte en el espacio. Será lo más parecido a una revelación. De pronto, descubrirás un hecho tan simple como éste: que la vida te pertenece a ti y a nadie más.
Manuel Vicent

No suelo rechazar nunca leer aquellas cosas que tratan de cómo solemos afrontar las cosas, cómo y por qué sufrimos, cómo y por qué nos alegramos, cómo nos relacionamos, a qué damos importancia, a qué no, qué nos impresiona y nos afecta… Siempre, o casi siempre, encuentro algo, una frase, una idea, una experiencia que me permite pensar un poco, deducir nuevas propuestas, nuevas respuestas. La realidad suele cambiar poco. Está ahí, tozuda, pesada a veces, insistente. Somos nosotros los que disponemos de espacios para analizarla adecuadamente, y controlarla, mirarla de frente, gestionarla con sentido común y criterio. No puedo decir que esas lecturas cambien mi vida, no. Pero sí que me permiten, en ocasiones, darle una vuelta, o varias, a lo que estoy haciendo de y con ella, a lo que ya he recorrido, a lo que quiero recorrer, a lo que me apetece sentir y hacer. Y ser. Pero, sobre todo, me ayudan a concretar qué cosas, sencillas, pueden hacerme sentir mejor, estar mejor. Qué hacer, qué no hacer. Conmigo mismo, especialmente, pero también con los demás. Porque, al final, ese recorrido, el del yo y los demás, es un círculo de desarrollo personal y social que uno puede convertir en vicioso o virtuoso, según cómo lo enfoque y, por supuesto, trate.
Convertidas a nuestra particular manera de interpretar las cosas, hechas nuestras, ajustadas a las circunstancias personales que nos hacen alguien singular, existen algunas rutinas que, oportunamente orientadas, pueden contribuir a hacer un poco más razonable nuestro diálogo interior, nuestro autoconocimiento, nuestra manera de organizar el tiempo, de valorar prioridades sobre lo que hacer o no. Con el tiempo podemos afianzar ideas, corregir cosas, pulir otras…
Podemos incorporar pequeñas momentos y actividades cotidianas que, sin duda, pueden contribuir a dar oxígeno y pausa al ritmo enloquecido al que nos sometemos de forma ordinaria. Sería algo así como acostumbrarse, crear el hábito. De tomarse, por ejemplo, cada día un buen zumo de naranja natural, comer varias piezas de fruta, no abusar de las proteínas animales, tomar legumbres, ensaladas, arrinconar un poco los dulces… y no fumar, claro. Puede que de un día para otro no notes grandes cambios, pero nadie duda que si estabilizas esos hábitos alimenticios vas a encontrarte mejor a medio, incluso a corto plazo. Es así de sencillo. Acabas durmiendo mejor, teniendo mejores digestiones… En fin, esas cosas que todos sabemos bien. Claro que nos vamos a morir, un día. Pero, mientras, voy procurar sentirme mejor, física y psicológicamente. Con flexibilidad, ritmo y cintura. Flexibilidad, ese es el secreto. Pero con convencimiento.
Se trata de estrategias, acciones que pones o puedes poner en marcha sin grandes dificultades, todas o parcialmente,  y que permiten situar nuestro espacio y acomodo en nuestra vida que, con las pausas y habilidades necesarias para no recalentarnos en exceso. Porque, desde luego, elevamos nuestra temperatura demasiada frecuencia y durante mucho tiempo; paramos poco, o nada. Descansamos poco y mal. En general.

El momento de la soledad.
Se trata de dedicar un espacio de tiempo al día, al menos cada dos días, en el que disfrutes del silencio. Quince, veinte minutos. No leas, no escuches música; siéntate cómodo, túmbate en el suelo. No pienses, no medites. Deja la mente libre. Que se mueva y se libere de los estímulos que nos rodean cada día. Poca luz mejor. Y silencioso. Procura disponer algo bonito cerca, unas flores, un cuadro, alguna foto que te recuerde cosas agradables…No te metas en un zulo, claro. Y, sobre todo, no te sientas raro. ¿Qué hay de raro en detener tu vida, la ordinaria, veinte minutos? ¿En estar tranquilo? ¿En estar callado? ¿En dejar abierta la mente? Nada. Podemos dar también dar un paseo, por la noche, solos, en sitio silencioso, por supuesto. Sin música  ni cascos, abrigado en invierno, pero notando el frío en la cara. No pasa nada si nos vamos a media hora. Se trata de una experiencia que, cuando la haces estable, acabas deseándola. Llegar a tu espacio. En el que estás a solas contigo mismo. En el que te miras. Y miras. Enfrías la mente. Le das tranquilidad. Alivias la tensión del día. Es como poner hielo en una contractura. Liberas, cuando dejas la mente en blanco. Y controlas tu mente. En unas condiciones de las que no sueles disponer  a lo largo del día.

El momento de la actividad física
Cuando alguien, normalmente amigos, que deben quererme mucho, digo, me regalan alguna buena palabra sobre mi aspecto físico, en un ejercicio de benevolencia e incondicionalidad difícil de expresar con palabras, suelo contestarle que, en efecto, formalicé un pacto con el diablo ya hace tiempo. Él me pediría cosas y, al cambio, me permitiría mantener cierta apariencia de salud física. La pregunta suele ser obligada tras esta explicación. ¿Y qué te pidió a cambio? Que sufriera. Les contesto. Corre mucho, me dijo el diablo, cánsate, corre especialmente cuando llueva o haga frío; nótalo en tu rostro, no te dejes seducir por el calor de la cama o lo confortable que sea el sofá. Sal y corre. Sufre, cánsate. Agótate. Nota cómo el cuerpo te pide, para, para… Si te encuentras con un ascensor, desprécialo. Busca las escaleras siempre. Y súbelas, vayas donde vayas. También me dijo algo sobre la comida. Come poco, y de determinados manjares, muy poco; o nada incluso. Quédate con hambre antes de sentirte lleno. Sufre, amigo, con la contemplación de exquisiteces que, a partir de ahora, vas a tener reducidas, o liquidadas. Me concedió un deseo, les digo: ¿Cuál?, contestan. Le pedí que me dejara tomar vino de vez en cuando. Vale, dijo, pero Rioja en todo caso. Nunca comprendí muy bien esto último pero yo, como no puede ser de otra manera, lo sigo al pié de la letra. Lo que no sabe el diablo, creo, es que yo no sufro con esas cosas. Más bien al contrario... Bueno, esto no es más que un chascarrillo chistoso entre amigos, pero sirve para que hablemos sobre determinadas cosas que ayudan a que uno encuentre claves razonables para reconquistarse un poco, ser más consciente de quién es y qué quiere en la vida. Y para valorar que determinados esfuerzos contribuyen a encontrarse. Y a que te encuentres mejor. Poca explicación más requiere el tiempo de la actividad física. La he comentado en líneas anteriores. No hace falta ser un gran deportista. Ni plantearte retos especialmente exigentes. El único reto es buscar la estabilidad, el hábito de hacer ejercicio, de moverse, de sudar. En su libro, El monje que vendió su Ferrari, su autor, Robin S. Sharma,  nos dice… Una semana tiene 168 horas. Dedica al menos cinco a alguna forma de actividad física. La idea es mover el esqueleto, andar, saltar, correr un poco. Que el cuerpo y el corazón se agiten, que liberen endorfinas, las mágicas sustancias del bienestar. Moverse, esa es la cuestión.

El momento de la amistad
¿Cuidamos las relaciones de afecto y cariño? No sé los demás. En mi caso, he tenido que pensar mucho en lo que quería hacer al respecto. Mucho y muchas veces. No suelo, no he solido descuidar a las personas que me importan. Tal vez, en el terreno familiar las cosas, sin duda, podría haberlas hecho mucho mejor. No tengo duda alguna. Pero nunca he estado especialmente satisfecho. Cosas, razones ligadas al tiempo. Al tiempo que nos come. Nos devora. Nos llamamos, hablamos… Tenemos que vernos… decimos. Pero, ¿cuándo? Las personas que nos estiman y quieren soportan lo que no está en los escritos. Hasta que dejan de soportar. La relación con las personas que queremos es imprescindible en nuestra vida. Como imprescindible es cuidar, mimar los tiempos, las experiencias. Los gestos, las actitudes. El momento de la amistad se basa en hacer estable la relación con las muchas personas que forman parte de nuestra vida, la que hemos ido construyendo día a día. Familiares y amigos. Hace tiempo que reservo un rato, un café, media tarde, una comida, a veces una cena, con alguien a quien quiero. Un rato a la semana. Y si las condiciones lo hacen imposible, o extremadamente difícil, procuro encontrar el momento para hablar largo y tendido con alguien que me importa y con quien hace tiempo que no hablo. Sin motivo. O, mejor, con motivo. Saber de él. De ellos. Decirles que me importan, que les recuerdo, que les echo de menos. No encuentro una actividad más reconfortante en mi vida. Multiplica mis sonrisas, agranda mi corazón. Me hace sentir y llorar más. Con ternura. Y esto, sí, esto es especial.

El momento de dar, y darse
Fortalecer las actitudes de ayuda, sensibilidad, empatía, bondad, alimenta nuestra alma. Y nos permite vivir con más sosiego. Y tranquilidad. Esta idea puede resultar extravagante. Mi experiencia es abrumadoramente favorable a trabajarla y hacerla fuerte. Hacerla fuerte mejorando la paciencia, la humildad, el coraje, la actitud de dar[1], de ofrecer, ofrecerte. Por el mero y especial hecho de dar, de regalar. Si quieres, si mimas, si abrazas, si te fijas, si percibes, si observas, más que mirar, si escuchas, más que oír. La vida te regala, te ofrece, te da. Te da sonrisas, te da  miradas, te da, te ofrece. Casi se abre en canal para ti. Se muestra. Escuchas el corazón de la gente, su ritmo, su cadencia.  Y, entre otras cosas, dije, nunca pierdes. Nunca te juegas nada. Porque no pides nada. Solo abres el bolsillo y ofreces. La respuesta, bueno, de todo hay. Pero la sangre corre a más velocidad, porque estás vivo, porque estás pendiente, porque te interesa lo que les pasa a los demás, porque cuidas el detalle, porque percibes, porque ves, con los ojos bien abiertos. El color que sienta bien, la cara o el día triste (de los demás), la sonrisa bella (de quien está contigo, a tu lado, que pasa por tu lado…) El valor de los demás, de sus vidas, de sus inquietudes, la amabilidad sencilla, discreta, la escucha, la sonrisa cerca, presta, sincera. Al final, un efecto. Siempre. Los demás cobran más importancia en tu vida. Y esto, siempre, es lo mejor. El proceso sigue un recorrido increíblemente reconfortante. Las cosas, a tu alrededor, se mueven con más soltura. La tranquilidad te busca, te quiere. Te encuentra. Y te da, claro. Lo que te rodea tiene, siempre, algo de bello, acertado, sereno, ágil, divertido, fácil, vivo, entendible, lógico. Encontrarlo es un tesoro.

El momento de la meditación
Podemos confundirlo con el momento de la tranquilidad[2], por eso es importante diferenciarlo. Al menos, esta es mi opinión. La meditación representa una actividad que requiere tranquilidad pero que, no obstante, implica actividad mental sutil. E importante. Meditar es un arte sencillo. Y, estimo, extraordinario. Meditar es un lujo. Para la mente, para el cuerpo, para nuestra vida. Sonará raro, lo sé, pero te regala detalles inimaginables. De forma simple, delicada, humilde, casi sin decir nada. Discretamente. Meditar infunde respeto a tu vida. A tus momentos. A tus pensamientos, a tus sentimientos, a tus afectos, a tus emociones. La mirada interior se hace sencilla. Y en ocasiones te abruma. Claro. Pero te acerca al espacio en el que quieres estar, vivir, al modo en que quieres estar con la gente, con tu gente, y con la que no lo es. Y contigo mismo. El resultado. El corazón te sonríe más. Siempre. Y tú también.








[1] http://blogluengo.blogspot.com.es/#!/2012/10/la-actitud-de-dar.html
[2]  Ramiro Calle: El gran libro de la meditación. Ed. Martínez Roca; Ramiro Calle: La filosofía del sosiego;  Temas de hoy.
 http://www.oshogulaab.com/OSHO/TEXTOS/QUE_ES_LA_MEDITACION.html.

1 comentario:

  1. Cuando se cae en desempleo una de las primeras cosas que vemos afectada es la autoestima. Al qeudar en desempleo y desprotegidos aparecen una serie de problemas para la persona de los que las instituciones no se hacen cargo: ansiedad, depresión, insomnio, miedos... para afrontar todo esto es importante tener una autoestima sana, una autoestima fortalecida.
    Cuando yo caí en desempleo hace un año y medio, lo viví en primera persona y ante la falta de medios para costearme un tratamiento me agarré a todo consejo o practica que caia en mis manos. ¿Se puede salir? si; ¿es fácil? no, pero si la persona lo pretende, vence la situación. He creado un manual con practicas qeu yo utilicé para fortalecerme, espero que os sean de utilidad. Podeis ver el video aqui http://necesitaempleado.blogspot.com.es/p/descargas.html (copiar y pegar el enlace si no funciona)

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