10 de abril de 2016

Acoso entre iguales (7): el papel de los compañeros en la prevención

José Antonio Luengo




Lo que hagan los centros educativos para prevenir, detectar e intervenir contra el acoso escolar importa y mucho. Puede parecer esta afirmación una perogrullada, si bien parece necesario y conveniente seguir insistiendo en esta idea para alcanzar cotas de eficiencia, utilizando los medios de los que disponemos para alcanzar nuestros objetivos en el menor tiempo posible y con procedimientos aplicables y sostenibles.

El compromiso y disposición con el que las comunidades educativas deciden hacer frente al acoso entre iguales desde la perspectiva de la prevención y la pronta detección, sin perjuicio de la adecuada intervención, por supuesto, son elementos esenciales para fijar los objetivos y actuar con criterio, planificación y fe.

Existen claves y elementos que permiten definir, planificar y afrontar esta tarea en los centros educativos; escenarios para la acción que, de forma integrada, deben permitir la configuración de planes sencillos, pero de largo recorrido. Hablamos de planes que se concreten en acciones sencillas, accesibles y asequibles en los siempre complejos dibujos organizativos de los centros; acciones asimismo bien hechas y, sobre todo, compartidas por todos. Pocas cosas, bien realizadas y colaborativas. Ese parece ser el esquema que funciona.

El equipo directivo y la comisión de convivencia en el centro de las operaciones, y en su órbita, con protagonismo y proactividad, tres equipos, al menos, imprescindibles. (1) Los delegados de convivencia del profesorado, un equipo formado por algunos profesores, tutores a poder ser, coordinados por una figura que pueda representarlos y guiar su trabajo; (2) los delegados de clase,  y representado también por un pequeño equipo; y (3), los delegados de convivencia del alumnado, auténticos motores en los procesos de información y sensibilización para la promoción de la convivencia  y la prevención del acoso escolar. Una estructura pensada por y para la generación de modelos, entornos y prácticas de convivencia pacífica, que no huya ni esconda los conflictos y que muestre el corazón de la respuesta rápida y pertinente, en la planificación e intervención participada. Pocas cosas, insisto, bien hechas, sencillas y conocidas y compartidas por todos los miembros de la comunidad educativa.


Un plan integral, definido por un proyecto educativo y unas normas elaboradas y decididas entre todos; una escuela pensada de modo colectivo; una visión del centro educativo entendido como comunidad solidaria, centrada en el apoyo mutuo, en la confianza entre los miembros; agentes activos coordinados y con funciones claras; y entre estos agentes, el alumnado como motor de la reflexión y ayuda con los compañeros; y, por supuesto, tiempo para hacer y pensar juntos, padres, profesores y alumnos; tiempo para desarrollar la acción tutorial con los grupos de alumnos, para definir y vestir un compromiso conjunto por la convivencia saludable y contra el acoso, prevenirlo, detectarlo, actuar con rapidez y criterio educativo.


El papel de los compañeros en el desarrollo de acciones para el tratamiento de los conflictos en los centros educativos tiene trayectoria suficiente en nuestro país como para alejar definitivamente las dudas sobre su eficacia y pertinencia. Diferentes modelos, bien documentados y asentados en prácticas contrastadas. Modelos que han permitido dar respuesta sustantiva y contribuido a hacer de no pocos centros educativos ejemplos visibles de modos de actuar consistentes y resistentes. Diferentes denominaciones: alumnos mediadores, alumnos ayudantes, tutoría entre iguales... Y diferentes modelos de intervención también. Con un objetivo común: al menos, contribuir a desarrollar buenas prácticas de convivencia y definir pautas para la prevención y resolución de conflictos. 


En el supuesto que nos ocupa, es necesario resaltar una idea. La acción con el alumnado y del alumnado debe partir de criterios y parámetros que permitan trabajar con grupos de alumnos comprometidos e implicados sin que las costuras de la organización y de las necesidades de unos y de otros, incluidas las derivadas del desarrollo ordinario de los planes de estudio, salten en pedazos o configuren un marco inalcanzable. O escasamente sostenible sin apoyos externos.


Pocas cosas, bien hechas, pensadas colectivamente y compartidas. Ese es, probablemente, el reto. El alumnado de nuestro centro, todo el alumnado, debe conocer el compromiso y el convencimiento de caminar hacia un centro libre de acoso. Y el equipo directivo debe dar muestras de esa visión de modo estable y natural. La apuesta por configurar de un equipo de delegados de convivencia, preferentemente de los últimos cursos de educación secundaria, es, seguramente, un buen principio. No solo. Un equipo de chicos y chicas que puedan integrarse en un proyecto de Aprendizaje por Servicio y contribuyan con su trabajo a afianzar la idea de que esto-de-la-convivencia-pacífica y del-borra-el-acoso va en serio. Que son muchos e importantes los que explican, dan ejemplo, hablan, miran y escuchan. 


Que son muchos e importantes los que defienden la solidaridad, y aceptan también, claro, el error, pero comentado, reflexionado. Con un fin, aprender de lo que pasa y ser, poco a poco, mejores cada día. Individualmente. Y como grupo, como colectivo.


No hablamos aquí de chicos y chicas con perfil de vigilantes, con chalecos visibles que les signifiquen. Hablamos, más bien, de alumnos y alumnas que, formados adecuadamente por los miembros de la comunidad educativa responsables de la convivencia en el centro (delegados de convivencia del profesorado, tutores, miembros de la comisión de convivencia...) desarrollen acciones planificadas para la información, sensibilización y formación de los alumnos del centro, con sesiones específicas y materiales preparados por el propio centro. Alumnos que se convierten en modelos, en referentes. Alumnos que marcan un estilo y muestran el rostro de implicación del centro por extender una idea central. Podemos erradicar el acoso. No el conflicto o los conflictos. Estos habrá que atenderlos, y resolverlos. O más bien, modificar su estructura y características, de modo que puedan ser gestionados saludablemente; y no generen sufrimiento innecesario. Pero adiós a la violencia, al maltrato. Ese es el norte hacia el que dirigirse. 


Ni siquiera en este modelo es necesaria la capacidad para mediar (aprendizaje complejo, sin duda). Sino más bien de comunicar, de ayudar a profundizar en las ideas, en los hechos. Ayudar a pensar. Juntos. No faltan en el mercado programas, planes y proyectos. Pero necesitamos, antes, durante y después, estructuras y agentes. Y acciones combinadas. Y sostenidas. En un plan integral. En el que los padres y madres, por cierto, deben estar también presentes. Alejémonos de la visión corta y mezquina que supuso en los años sesenta y setenta la definición de los denominados programas y materiales a prueba de profesores. Esos-que eran tan-buenos-que suplirían-la-incapacidad-de-los-docentes-para-innovar... Sin desperdicio la cosa.




Alumnos y alumnas que ayudan. Y se comprometen. Y son mostrados. Y se muestran. Se hacen visibles por las aulas. Y en los blogs y webs de los centros. Y traen un soplo de aire fresco a cualquier estructura y organización. Alumnos y alumnas que, con la adecuada planificación representan la reflexión, la información y la formación conjuntas. Y también la detección y derivación, en su caso. Pero especialmente la acción directa con los compañeros para reflexionar sobre conceptos, prácticas, experiencias. Convertidos en referentes como delegados de convivencia del alumnado del centro. Un grupo que con el paso de cada curso dará entrada a nuevos miembros, consolidando y extendido la influencia. Un grupo que en poco tiempo podrá alcanzar niveles de capacitación suficiente que permita, incluso, la formación de nuevos integrantes, y, con ello, la extensión de la idea, del modelo, de la visión. 


Son los mejores agentes.










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