10 de octubre de 2011

ADAPTACIÓN, INTERACCIÓN Y COMUNICACIÓN EN EL RECIÉN NACIDO


JOSÉ ANTONIO LUENGO

Los primeros 30 días en la vida del niño: reflexiones sobre su significatividad biológica, emocional y afectiva

Las singulares formas de comunicación entre el bebé y el contexto en que éste empieza a desenvolverse y con el que interactúa sin cesar desde los primeros momentos de su vida extrauterina han sido habitualmente tratadas e investigadas desde todas las perspectivas y disciplinas que, de uno u otro modo, han ido “encontrándose” con el tema en cuestión.

Con frecuencia, se alude a los primeros meses como un lapso de tiempo (un tanto indefinido), como una etapa en la que van a emerger las principales y más esenciales manifestaciones del ser humano como sujeto percibiente, emisor de información y, ante todo, interlocutor progresivamente experimentado.

Si revisamos cualquier entramado teórico que argumente ideas y conceptos sobre estos primeros meses, no tardaremos en reconocer la trascendencia que, explícita o implícitamente, otorgan a tales momentos vitales. Esos primeros meses “mágicos” en el devenir de desarrollo integral del niño hacen fundamentalmente referencia al período comprendido entre el primer y el octavo mes de vida, los correspondientes al segundo y tercer estadios estructurados en la teoría de Piaget sobre las etapas del desarrollo sensomotor. En este breve conjunto de reflexiones, vamos a enfocar, sin embargo, los primeros días de vida, esos treinta iniciales peldaños de toda la escalera experiencial del niño. Influidos, sin duda, por nuestro cotidiano hacer, las personas que trabajamos en contacto con recién nacidos, que articulamos estrategias para conocerlo, que vertebramos modos y maneras para comprender mejor sus delicados esquemas vitales y comportamentales, objetivamos, en el primer mes de la vida de un niño, todo un sustancioso brote de observaciones y valoraciones que, lejos de servir exclusivamente de puente hacia estadios más evolucionados desde el punto de vista madurativo, presenta una significación absolutamente diferenciada y definida, constituida e integrada.

Basta un repaso a los completos protocolos de evaluación del neonato, para poder comprobar lo diversificados e interesantes que son los patrones conductuales objetivados, la significatividad de sus esquemas en las relaciones empático-relaciones con los “objetos referenciales” del entorno, “la maravilla del proceso filogenético”. Si valoramos detenidamente todas y cada una de las manifestaciones conductuales del niño en las 4 primeras semanas de vida, podremos determinar claramente cómo cada una de ellas, inscrita inicialmente en un repertorio no adquirido, obra un poderoso efecto en el medio que cuida y mima sus más recónditos “pronunciamientos”. Un breve repaso a ese crisol de respuestas denominadas “reflejos” (y más reciente clasificados en tres categorías: reflejos, sinergias y automatismos (*), nos dará la pauta para argumentar hasta qué punto un conjunto de movimientos más o menos amplios, con mayor o menor implicación de segmentos corporales, puede suponer un entramado interactivo evidente y sensiblemente útil. No podemos dejar pasar de lado que la primera de las instancias evolutivas que “hacían necesaria” la aparición de los reflejos como pautas innatas de comportamiento, es decir, la supervivencia del individuo en los primeros momentos de su vida, ha dejado de representar hoy en día su protagonismo indiscutible. El automatismo de succión que trae consigo el neonato, no supone, así, un elemento fundamentar de supervivencia (su ausencia puede ser compensada, en este sentido, por métodos alternativos para garantizar la alimentación y nutrición del bebé). Lo propio puede argumentarse de otras pautas innatas como el reflejo de deslumbramiento o los de orientación a la luz. E idéntica consideración podemos establecer si constatamos la dinámica de la sinergia de Moro, de la tónica-flexora o de los automatismos nociceptivos o locomotores.

¿Qué aporta así esta compleja red de conductas no adquiridas, emergentes de un sistema nervioso aún inmaduro e inexperto, que va a enfrentarse drásticamente con un entorno “inmerso, basto e inicialmente indiscriminado”? ¿Qué atesora esta matriz de conductas y comportamientos futuros, este engendro de actividad viva y persistente? ¿Qué engarce tiene la conducta del bebé durante sus treinta primeros días de vida con todo el componente empatito, afectivo y emocional que le rodea, envuelve y protege?

Piaget e Inhelder aportan una valoración técnica de estos esquemas de conducta iniciales y objetivan una explicación constructivista específicamente representativa de sus fundamentos generales. Los reflejos del recién nacido resulta sumamente importantes como esquemas previos que, en función del ejercicio y la práctica, irán conformando pautas de acción progresivamente más elevadas desde el punto de vista funcional y adaptativo. Aglutinan, así, las condiciones de primeros “ladrillos”, iniciales cimientos sobre los que ir montando, organizando y matizando actos más complejos de inteligencia práctica. Desde las “formas innatas” de conducta vienen, pues, estructurándose las primeras adaptaciones adquiridas, los primeros hábitos, los primeros brotes de perfeccionamiento de esquemas sensomotores aislados, las primeras coordinaciones entre varios esquemas. Poco a poco, y sin solución e continuidad, irán organizándose, asimismo, comportamientos progresivamente más intencionales y proposititos. Aparecerán en este devenir circular, los rudimentos del juego y la imitación, la invención de medios nuevos a través de combinaciones mentales.

Pero, ¿Qué otros elementos se encuentran detrás y en la base de esas pautas instintivas? ¿Qué otras respuestas pueden ir argumentando las cuestiones que acabamos de concretar? ¿Qué nos aporta la vivencia práctica de interacción y contacto con padres, madres y sus hijitos e hijitas?

¿Qué sienten y piensa un padre cuando ve a su bebé de cinco minutos de vida agarrarse con fruición al pezón del pecho de su agotada pero entusiasta madre? ¿Qué siente y piensa esa adre cuando nota que de sus senos, y bajo el influjo de unos labios carnosos y chiquitos, mana el más preciado de los alimentos?

¿Qué siente y piensan cuando le ven “andar” con la leve ayuda del médico que le coge por las axilas?

¿Qué sienten y piensan cuando le observan “asustarse”, abrir y extender sus brazos, para terminar ejecutando un enérgico abrazo, al efectuar el médico una rara maniobra dejando caer su cuellecito después de elevarlo levemente de la cama?

¿Qué siente y piensan esos padres cuando, días después, ya en casa, observan absortos cómo su hijito busca con anhelo el pezón que, intencionadamente juguetón y vivaracho se le mueve entre los labios cuando aquél intenta succionarlo?

¿Qué sienten y piensan esos padres cuando observan detenidamente cómo su bebé “agarra” fuertemente el objeto que se le ha colocado en la palma de la mano?

¿Qué siente y piensan? ¿Qué pasa por sus mentes, revolucionadas y ansiosas ante cualquier acontecimiento, cualquier situación en la que se ve implicado su hijo? ¿Qué puede recorrer sus mundos emocionales y afectivos cuando le oyen llorar, necesitado, sin duda, de alguna atención propia de los primeros días de vida? ¿Qué pueden percibir y sentir cuando, apenas transcurridas dos semanas, observan maravillados la “primera manifestación de alegría” explícita, con la emisión de una sonrisa incipiente?

Es complejo, extremadamente difícil, intentar explicar con palabras la articulación del mundo afectivo y sensitivo de aquéllos que han tenido y tienen la suerte de vivir esas mágicas experiencias. Tal vez sientan que su hijo trata de decirles, algo, de comunicarles cómo empieza a entender el mundo en el que ha nacido, de expresarles sus cosas, sus sentimientos, sus particulares maneras de reconocer los objetos, las personas, su propio cuerpo. Tal vez piensen que su hijo les entiende y comprende. Tal vez le vean como un ser humano capaz de regular, matizar y hasta refinar su propia conducta de padre o madre responsable. Tal vez, sólo tal vez, esas conductas teóricamente no intencionales, no propositivas, no adquiridas, supongan el rápido e inmediato engarce afectivo entre los papás y ese pequeño que acaba de asomar entre las piernas de la emocionada y dolorida madre. Tal vez no supongan el elemento indispensable para su vida física, pero sí una variable de valía incalculable para su vida psíquica de relación, empatía y comunicación con su mundo de “objetos referenciales”. Tal vez, seguro que sí, Piaget, Inhelder y sus renovados seguidores tengan toda la razón sobre la importancia de los reflejos como elementos básicos de organizaciones más complejas, sobre su ejercitación y ganancia funcional y adaptativa.

Tal vez, asimismo, deba ser valorada la idea de que las primeras instancias comportamentales, ese conjunto de pautas innatas de acción, ese conglomerado de respuestas que el sistema nervioso facilita de modo absolutamente reflejo en el primer mes de la vida de un niño, sirvan para hacerle más “humano”, más propositivo, más intencionado y, por ende, más comprensible y entendible a los ojos del adulto.

J.A.L.

(*) “Dentro del apartado “reflejos” se pueden distinguir tres categorías. La primera lo constituyen los reflejos comprendidos como la forma más primitiva de actividad motriz, ya que pueden sustentarse en dos unidades funcionales; dentro de este grupo se estudian los reflejos superficiales y profundos de la Neurología clásica, cuya importancia en Neurología evolutiva es un tanto accesoria, y desde luego menor que las otras dos categorías de actividad motriz que vamos a enunciar: los automatismos y las sinergias, cuya separación conceptual establece en sus trabajos LAMOTE DE GRIGNON, si bien otros autores engloban dentro del grupo común de reflejos.

Los automatismos corresponden a una forma de actividad, cuyo sistema funcional está organizado sobre estructuras congénitas complejas. Son los de nutrición, el nociceptivo y el locomotor. Las sinergias son formas de actividad motora que se encuentran en una posición intermedia entre los dos anteriores, ya que en ellos el tiempo de latencia entre el estímulo y la respuesta es más lenta que en los reflejos, y, por otra parte, no darán lugar con el tiempo a pautas “instintivas más elaboradas, como los automatismos, sino que se irán disolviendo. Dentro de este grupo ocupa lugar preferente la sinergia de MORO (reflejo de Moro o de brazos en cruz), con sus dos componentes: braquial y crural, la tónica flexora de la mano (grasping-reflex) y la tónica flexora de pie, junto a las oculocefalogiras, completan el grupo de la sinergias”.

(CAMPOS CASTELLO, Jaime: Metodología y técnica del examen en neurología evolutiva, Madrid, 1970)

Publicado en la Revista "Infancia", 8. Julio/Agosto, 1991

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