26 de marzo de 2012

LA AUTORIDAD EN LA EDUCACIÓN






EDUCACIÓN Y AUTORIDAD
10 ideas para reflexionar
Por José Antonio Luengo Latorre



Publicado  en Autoridad, disciplina y educación. Tres palancas del entorno escolar. Págs. 37-44. El Corte Inglés, 2012.

            Se ha escrito tanto y tan variado  sobre autoridad y educación (y en muchas ocasiones, tan bien) que a quien suscribe le da cierta vergüenza ahondar este terreno, conceptual y práctico, complejo y esencialmente vivo. Pero como siempre es un reto opinar y argumentar, mejor hacerlo sobre cuestiones importantes y, como he comentado, lúcidamente abordadas desde diferentes perspectivas, que sobre temas irrelevantes que tanta letra y energía gastan. Las ideas que a continuación se exponen forman parte de las cosas que uno ha ido aprendiendo con su práctica cotidiana, como docente, padre, trabajador, incluso como responsable de dirección de grupos en el ámbito profesional. Y deseo plantearlas como ideas discretas, sencillas, sin sustancial carga ideológica y mucho menos política.

            En estos últimos diez años de ocupación profesional, en el ejercicio de mi actividad cotidiana en el Defensor del Menor, he tenido la oportunidad de trabajar con numerosos grupos de niños y adolescentes en el desarrollo de iniciativas ligadas al papel que la Institución tiene en la divulgación de los derechos de la infancia y en la puesta en marcha de acciones para conocer el sentir y pensar de aquéllos sobre la vida que les ha tocado vivir, cómo definen sus relaciones con la escuela, sus amigos, familia; especialmente interesante ha sido la actividad llevada a efecto en talleres específicos sobre cómo se relacionan con sus iguales a través del las TIC, cómo entienden conceptos y experiencias personales tan sustantivas como la intimidad o la privacidad o cómo definen la compleja idea y vivencia de la ciudadanía digital. Son estos momentos de singular riqueza porque chicos y chicas exponen su visión del mundo de manera espontánea, sin sometimiento al rigor de lo cotidiano, de los exámenes o de las encuestas de turno. Y a lo largo de este último año he procurado incorporar en mi conversación alguna referencia al tema de la autoridad por aquello de testar un poco los argumentos que sueltan (y digo sueltan porque no dudan, se expresan con claridad sin necesidad de pensar demasiado, espontáneamente) los chicos ante alguna que otra observación, argumento, reflexión o pregunta sobre el asunto en cuestión.

            Empezando por lo más simple, podríamos señalar lo siguiente. El término comúnmente utilizado por niños y adolescentes cuando se les pregunta qué entienden por autoridad es el de mandar. Tiene autoridad quien manda, quien dirige el cotarro. Matizando un poco, después de conversar al respecto de la pregunta formulada y pensar entre todos sobre algunos ejemplos de lo que se vive ordinariamente en los centros y en las aulas, los chicos introducen claramente la idea de la justicia. Mandar con justicia, dirigir las cosas que pasan justamente. Y esta afirmación es general. Entienden la justicia como un elemento imprescindible en la experiencia de mostrar autoridad. Y, claro, a partir de aquí el diálogo versa sobre lo que se quiere decir al respecto de mandar con justicia o justamente. Se trata, en definitiva, de aclarar más las cosas, extender los conceptos, aproximarnos a lo que hay detrás de las palabras que más o menos reflexivamente eligen y utilizan para contestar y seguir la actividad del grupo.

Las expresiones y detalles de los chicos fluyen sin parar, con un común denominador. Dirigir, mandar pero tratar bien. Tratar bien a aquellos a los que se dirige, a los que se manda. Guiar su trabajo, seguirlo, interesarse por él, atender a las preocupaciones de los alumnos. Y también, no lo olvidan, mantener el orden suficiente para que las cosas salgan, para que se realicen los trabajos y conseguir lo que se quiere. Hablan, por último, de alguien que sabe poner orden y que se preocupa realmente por lo que piensan, sienten y hacen los demás, pero que está ahí por algo, no simplemente para dar órdenes y decir cómo y cuándo se hacen las cosas, sino, y esto, dicen, es muy importante, porque conoce y tiene más experiencia. Hablan de alguien que sabe más, Ahí, en todos estos conceptos imbricados y tejidos está la autoridad en el mejor sentido de la palabra. Al menos, es lo que quien suscribe ha escuchado y resumido de los argumentos de los propios chicos y chicas.

            No es infrecuente argumentar sobre la autoridad en la educación apelando a términos como auctoritas y potestas. Yo no lo voy a hacer. Pero niños y adolescentes sí hablan de ellos desde sus marcos conceptuales en construcción. Son ellos los que, creo, nos dan la pauta de lo que, probablemente, sea ingrediente imprescindible en el acto de educar y también de enseñar. O de educar enseñando. O de enseñar educando. Saber, dirigir, poner orden, ser justos y respetar. Comprender. Y tomar decisiones. En fin, un juego de palabras que no siempre sigue un discurso razonable. En ocasiones, muy a pesar de las apariencias, sencillamente no sigue ni siquiera un discurso.

            Cuento mis experiencias de diálogo y reflexión con los chavales porque, sin que lo expuesto se asiente en la siempre deseada significatividad estadística, responde con bastante fidelidad a lo que aquéllos piensan y describen cuando se guía básicamente la conversación y argumentación en la que, a primeras dadas, no siempre entran con muchas ganas. Pero acaban haciéndolo casi siempre, y son claros y explícitos en sus apreciaciones. Por supuesto que hay de todo. Ha habido y hay de todo, apreciaciones y actitudes de todo tipo. Pero predominantemente razonables. Nos hablan desde su perspectiva, que casi nunca es la nuestra, pero que no se aleja tan marcadamente de lo que cualquier persona entendería como lógico o razonable en el caldo de cultivo de unas mentes que pugnan, a veces desesperadamente, por entenderse incluso a sí mismas.

Sí, es cierto, para muchos adultos, niños y adolescentes (estoy refiriéndome a chicos y chicas entre los 10 y los 14 años) parecen estar perdiendo el norte cada vez que se levantan y estiran sus crecientes cuerpos un poco antes de aparecer en la cocina con caras de pocos amigos… A muchos padres les parece estrafalario su comportamiento, sus hábitos, actitudes y respuestas a lo que les rodea. Pero no están tan lejos de la realidad como creemos. Nos miran más de lo que pensamos. Y nos acaban imitando, casi siempre. Pero aunque no siempre lo podamos percibir, viven en conflicto, en sus conflictos y, también, viven del conflicto y de sus conflictos. Maduran superando adversidades que los adultos casi nunca acertamos a detectar. Nosotros también las tuvimos, y muchas. Parece que se nos borran de la mente y del sentido. Y crecen superando adversidades, algunas de ellas creadas por nuestra locura de mundo adulto, con nuestras prisas, prioridades y valores. Pero niños y adolescentes piensan en las cosas que ocurren a su alrededor y tienen, cómo no, ideas propias de cómo desearían que en realidad se desarrollasen. Como nosotros.

El caso es que ellos también tienen su opinión sobre lo que es la autoridad y cómo debe ejercerse. En casa y en las aulas. Los adultos andamos a la greña sobre el concepto y su desarrollo en el día a día. Debatimos sobre el porqué de las cosas que ocurren y en torno al modo en que hemos de resolver aquellas que nacen o devienen torcidas, según nuestro propio parecer. Elaboramos teorías y nos enredamos en cuestiones de corte ideológico que no siempre afrontan el reto de encarar la sociedad de hoy tal como es, tal como la vamos construyendo. Apelamos al ayer, al mejor tiempo pasado, o al mañana, preocupados por dónde acabaremos. Y elegimos una interpretación de los hechos y sus consecuencias, la mejor a nuestro entender, sin reparar en las responsabilidades que, como adultos, tenemos en la construcción de los singulares modos de ser, pensar, hacer, trabajar, amar, etc., de nuestros chicos y adolescentes. Y hacemos bandera de términos y conceptos hasta el punto de que si aquel con quien no estamos muy de acuerdo los utiliza en sus argumentos, de forma inmediata dejan de formar parte de nuestro marco conceptual y explicativo de las cosas y del porqué de las mismas. Términos como disciplina y esfuerzo son un buen ejemplo de lo que señalo.

En las siguientes líneas y desde las ideas expuestas al inicio del presente texto, expondré algunas de estas cuestiones que, a modo de reflexión, pretenden contribuir modestamente a integrar en este controvertido debate las necesidades de la infancia y de la adolescencia en un mundo exclusivamente pensado desde, por y para las necesidades de los adultos.

La autoridad del profesor es imprescindible en el desarrollo de un sistema educativo de calidad y, por ende, en la ejecución de buenas prácticas en el día a día de nuestras aulas. A continuación se exponen algunas ideas que soportan la construcción de un buen modelo de autoridad del profesor en la escuela del siglo XXI. Y de un buen modelo de adulto implicado en la educación de nuestros niños y adolescentes en el siglo XXI.

1. Un buen ejemplo de autoridad del profesor solo puede concebirse, por encima de todo, como un modelo de ser y estar con uno mismo y con los demás. Una forma de estar con uno mismo, de exigirse, prepararse, implicarse; de saber dar, de querer dar. Una forma de comportarse con los demás que prima la flexibilidad, la amabilidad, el afecto, el respeto y las expectativas positivas de los resultados a conseguir. Un modelo que pasa por saber mirar, hablar y comunicar, preocuparse por el otro y tener siempre una palabra de aliento en el disparadero. Calma y actitud optimista son sus herramientas fundamentales, las troncales.

2. Debe entenderse en el contexto del ejercicio de habilidades, destrezas, aptitudes y actitudes que favorecen la actividad imaginativa, creativa y crítica de sus alumnos. Pero esto no es posible sin la oportuna dosis de esfuerzo y diligencia en su tarea cotidiana, valores que han de ser inherentes al propio comportamiento del profesor en su quehacer diario, en su modelo de estar y trabajar con sus alumnos.

3. Y, claro, un buen ejemplo de autoridad del profesor ha de promover, asimismo, el esfuerzo, la disciplina, el autocontrol y la automotivación en el alumnado con el que se trabaja. Resulta impensable comprender sin esforzarse, aprender sin disciplina, crecer sin automotivación. En el proceso de enseñanza-aprendizaje que se desarrolla en los centros educativos entiendo imprescindible trabajar específicamente este tipo de valores con los alumnos. Todo ello sin perjuicio del necesario caldo del cultivo que padres y madres han de habilitar con el ejercicio saludable de instauración y desarrollo de rutinas y hábitos con sus hijos.

4. Un buen ejemplo de autoridad del profesor implica también saber. Por supuesto, conocimiento esencial y adecuada formación continua. Adecuado manejo de las disciplinas y contenidos curriculares y de las destrezas didácticas y pedagógicas esenciales. Capacidad para trasmitir, generar interés y motivación. Implica el desarrollo de habilidades y competencias didácticas. Aquellas que son capaces de captar la atención, de habilitar adecuadas dosis de concentración en aquellos con quien se trabaja, para los que se trabaja. En aquellos que ven construir, con sus aun endebles ladrillos conceptuales, un mundo con sus tiempos, normas y procedimientos. Un mundo que puede ser entendible y, por supuesto, mejorable. 

5. El buen ejemplo de autoridad del profesor implica, inexcusablemente, dosis altas de ilusión por lo que se hace, por lo que se cuenta y explica, por lo que se dice. Ilusión que se palpa en el ambiente, en cada palabra, en la forma en que se abordan los contenidos, incluida la propia relación con los alumnos, el interés por lo que entienden y capturan, por lo que incorporan en sus mentes y corazones. Trasmitir ilusión, energía. Interés.

6. La buena autoridad del profesor no puede ni debe estar reñida con la trasmisión de afecto, de preocupación e interés por la persona, no solo por el alumno con el que trabajamos diariamente. Detrás de cada alumno hay una persona con muchas dudas. Y que suele confiar en los adultos con los que convive y mantiene relaciones significativas. Mucho más de lo que nos parece. Y mucho más de lo que ellos son capaces de expresar con palabras. Un alumno que crece, recordémoslo, sobre la base de la confianza en los que nos cuidan, educan, protegen y enseñan. La seguridad emocional como eje del recorrer las vidas que nos toca vivir. Esa es la herramienta básica. Y el profesor, desde su autoridad, ha de contribuir sensible y notablemente a la construcción sólida de aquélla, germen de la identidad sustantiva del que crece. Su as en la manga, el ¡tú puedes, confío en ti! NUNCA olvidaremos a aquel profesor que supo acercarse a nosotros cuando fallamos, cuando no supimos. Aquel que nos miró y acertó a darnos la mano, el abrazo sosegado. Levantarse es más fácil cuando te ayudan.

7. En este modelo de autoridad que estamos intentando describir, el coleguismo (perdón por la patada al diccionario) no tiene demasiada cabida. No funciona ni a corto ni a largo plazo. Tampoco a medio, claro. Este tipo de relación entre profesores y alumnos representa una suerte de derivada perversa del ser-amigo-de-nuestros-hijos. Tampoco funciona, ni mucho menos. Provoca confusiones indeseables, vías de comunicación y resolución de conflictos escorados desde su origen. Las cosas en su sitio, nosotros en el nuestro y cada uno en su papel. Nos jugamos demasiado en el día a día. Y lo que aportan padres y educadores no puede situarse en la misma órbita de influencia de las relaciones entre amigos e iguales en general.


8.  Un buen ejemplo de autoridad del profesor en el siglo XXI sitúa el trabajo de este en un papel esencial de mediador entre los muy diferentes espacios y rutas para el conocimiento existentes en la actualidad y en claras vías de expansión y desarrollo en los próximos años. Las incorporación de las TIC como hecho y vivencia nuclear en la vida de nuestros niños y adolescentes y su aplicación al mundo de la práctica educativa dibujan un escenario docente en el que la mediación entre los diferentes conocimientos disponibles (y son, más que nunca, incontables) ha de convertirse de manera específica en el eje vertebrador de las acciones del profesor. El acceso de niños y adolescentes al mundo del conocimiento (en sus muy diferentes ámbitos) a través de la Red y las TIC en general (existen, por ejemplo, videojuegos de gran poder didáctico) es inconmensurable. El papel del profesor y el ejercicio de su autoridad como docente y educador debe incardinarse en este marco interactivo en el que no solo el uso, sino especialmente la creación inteligente de contenidos y el manejo creativo de los mismos puede situarnos en la sociedad del conocimiento que todos realmente deseamos.

9. Un buen ejemplo de autoridad del profesor se construye y gana en el día a día, a través del esfuerzo, de las aptitudes y actitudes desplegadas, de los valores inherentes a la persona que ejerce esa autoridad de saber y de saber estar con los demás. Difícilmente se otorga desde el exterior. Por imposición y catálogo. Pero no es menos cierto que hay determinadas cosas que contribuyen a favorecer un clima de respeto hacia la autoridad del profesor (al menos del modelo del que hablamos aquí) que, sin duda alguna, pueden contribuir a mejorar el escenario relacional entre adultos y alumnos que es de referencia. Por una lado (1), el modo en que padres y madres (y el entorno social en general) hablan de y tratan  la institución docente. El modo en que la consideran, la respetan y la interiorizan como esencial en la educación y formación de sus hijos. El valor que atribuyen a su función, el modo en que creen en los profesores y su influencia. No vivimos tiempos buenos en este ámbito. Negarlo es una necedad. Y las cosas no están como para tirar cohetes si pensamos en cómo resolver esta situación. Es imprescindible invertir la tendencia. Y, para ello, somos necesarios todos. Pero también los propios profesores, todos nosotros, con nuestras actitudes diarias, nuestro modo de proceder, de abordar el día a día, con nuestra manera de habilitar la relación con los padres y la comunidad educativa en su conjunto. No sería desdeñable tampoco una reflexión por parte de nuestros medios de comunicación. A lo largo del día son incontables, la gran mayoría, las experiencias exitosas del hecho educativo. Alguna que otra vez sería bueno ver su relato en las pantallas televisivas o en la prensa escrita. Buenas prácticas, buen trato, éxito para todos, incluso en escenarios altamente desfavorecidos. Esto lo consiguen no pocos centros, no pocas comunidades educativas, no pocos profesores, padres y alumnos. Por otro lado (2), tampoco hay que desdeñar las iniciativas legislativas que pretenden poner negro sobre blanco la necesidad en esta materia.  No son la única herramienta, pero ayudan. Así lo creo, sinceramente.
En la convivencia no puede valer cualquier cosa. Y las normas no sobran. Todo ello sin perjuicio de considerar sin ambages ni recovecos que la convivencia pacífica y respetuosa se construye en el día a día, con adecuados MODELOS de trato y relación, con la escucha activa y la resolución dialogada de los conflictos.
           
            10.  La autoridad del profesor se gana, sí. Se construye, también. Pero se asienta en gran medida en el modelo de autoridad, trato, relación y respeto que se desarrolla en el entorno familiar. No es una exageración desvelar que en estos últimos treinta años se ha producido una modificación sustancial de las condiciones que afectan a la educación de los hijos. Y, probablemente por la incuestionable influencia de un mundo que camina a pasos agigantados hacia la prisa permanente (lo estamos ya, en realidad) y la completa e inexorable ocupación del tiempo en actividades desarrolladas fuera de nuestras casas, las cosas han cambiado mucho, en especial, las prioridades educativas, el qué, cómo, por qué, para qué y cuándo hacemos con nuestros hijos, el relativismo y tibieza de gran parte de los referentes utilizados en los modelos de gestionar el día a día en su educación o el tiempo que les dedicamos. Algunos ejemplos muy próximos de lo que decimos, el tiempo (excesivo a veces) que pasan muchos niños y niñas de corta edad en servicios de atención a la infancia, la carga de actividades extraescolares a la que asimismo se les somete, las condiciones desequilibradas en que niños y adolescentes organizan sus tiempos y actividades (actividad física y deporte, uso de TIC, ver TV, tareas escolares, relación con otros miembros de la familia…), el uso desmedido de la habitación personal (su auténtico sancta sanctorum) como espacio para el ocio y divertimento y, en no pocas ocasiones, para la relación con otros en el mundo virtual…

Javier Elzo define con mucho acierto y pocas palabras lo que él denomina “tesis de la socialización” para explicar los comportamientos de adolescentes y jóvenes en la sociedad actual. Los jóvenes de hoy, dice, se socializan más por experimentación que por asunción crítica de los proyectos heredados de los agentes tradicionales de socialización. En primer lugar porque estos (familia, escuela, Iglesia, etc.) o bien tienen poco predicamento entre los jóvenes o no tienen predicamento que ofrecer y, en segundo lugar, porque han surgido nuevos agentes de socialización (nuevos por no existentes anteriormente o nuevos por el diferente peso que han adquirido) que entran en competición con los agentes tradicionales. Las TIC son un buen ejemplo de lo que estamos diciendo. Los últimos acontecimientos ligados a las redes sociales y su tremendo poder de convicción y “contagio” son un referente claro.

El papel de la educación familiar no puede delegarse. Ni obviarse. Ni olvidarse. Resulta imprescindible en la generación de hábitos saludables de relación, de compromiso, de interés por lo que nos rodea, actitud y ganas por estar, por ser, por hacer y crecer. Y es imprescindible crecer en contextos con autoridad y referentes, esto es, en contextos donde se proporcione de manera razonable afecto incondicional, cuidado atento y disciplina consistente y normas claras (Aguado, M.J., VVAA, 2010, pág. 56). Es imprescindible madurar con guías y límites, estímulo y valores, con ilusión y respeto, optimismo y actitud positiva. Es en este contexto en el que nacen y desarrollan principios elementales de autodisciplina, valoración de los demás, de escucha, solidaridad, empatía y esfuerzo personal.

Cuando en la vida vale todo, enmudecen los valores importantes, a saber, los que nos hacen sonreír, ayudar, querer, comprometernos, ilusionarnos, crear, levantarnos cuando tropezamos, respetar y respetarnos. La mayor parte de padres y madres saben lo que tienen que hacer. No es necesario realizar alardes. Educar con actitud, calma, cariño, respeto y referentes claros. Y alegría. Y esfuerzo.

Bibliografía

-       Elzo, J. (2008). La voz de los adolescentes. Madrid: PPC
-       Elzo, J. (2009). El problema de la disciplina escolar no está en la escuela. Cuadernos de Pedagogía, 396, 16-21.
-       Hernández-Sampelayo, M. (2007). La educación del carácter. Pamplona: Eiunsa
-       Marina, J.A. (2009). La recuperación de la autoridad. Crítica de la educación permisiva y de la educación autoritaria. Madrid: Versátil
-       Tort, A. (2009. Autoridades comprensibles. Cuadernos de Pedagogía, 396, 27-31.
-       VVAA (2010). En busca del éxito educativo: realidades y soluciones. Madrid: Fundación Antena 3

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